Escuela

"Escuelita rural", de Antonio Berni.

Los jueves voy contenta, me dicen no me gusta, no me interesa, pero sé que oyen. Silencio cuando entro, no reaccionan, tardan en salir del sueño, mucha madrugada en el cuerpo. En el mío hay quietud. Leemos el Martín Fierro. Decido leer y responder lo que me guste.  Llevo Hernández, Katchadjian y Cabezón Cámara. No me gusta profesora, no me interesa. Lo dicen como un modo de decir estoy en otro relato. El relato literario este año lo convierto en una práctica de conocer. Eso quiere decir que hablamos de lo que leemos, hacemos taller y escriben.

En cuarto las mujeres mandan. Siempre que hay matriarcas los cursos funcionan más relajados. En éste la creatividad y la apertura para pensar desde puntos de vista diferentes todas las cosas no se perdió por cargas familiares, aunque aparece el desgano. Aparece, pero se van relevando y no se apagan todos juntos.

El quinto es de varones únicamente. Juegan mucho al truco, hacen chistes todo el tiempo. Tengo que decirles que no estoy ausente en el aula. Usan un vocabulario referido a las mujeres, las drogas y la policía en un código que no es nuevo para mí. Me dan ganas de irme afuera, respirar y volver. Hemos hablado muchas veces de ser invisibles o no serlo, de ser invisibles en ese lenguaje de varones que expulsa de lo común, de lo comunitario, y pone en una caja, en un cuadro, en una vidriera, tenés el teléfono de ésta, está buena la prima, las tetas que tiene, es rapidita. Les recuerdo el modo de conteo de los cuerpos que tienen. Se quedan callados. Bajan los ojos. No quiero que lo hagan, quiero que me pregunten, no quiero disciplinar. Cuando estaban las dos compañeras en ese quinto, los varones se callaban, pero ellas se sentaban apartadas, con una fila de bancos en el medio. A mitad de año dejaron las dos chicas. Una se puso de novia con un chico de ese quinto, se embarazaron, a fin de año tuvieron una bebé. La vi reír a mi alumna por primera vez en mucho tiempo cuando volvió a la escuela para recursar, con la nena.

Sexto año está ocupado en sus prácticas profesionales en empresas constructoras. La conversación es fluida en sexto. Las chicas se han ido yendo, son todos varones. Las cargas de hermanos, embarazos y cuidado de la familia las absorbe.

Los viernes en la escuela técnica de zona centro hay una mole en un tercer año que escribe sobre la guerra y sobre las presencias en las habitaciones mientras dormimos. Es mejor escritor que cualquier adolescente que haya leído antes y ahora. Otro escribe sobre camionetas que le hablan. Otro sobre su bebé perrito, diseña la tapa de la edición cartonera que hacemos con una pata de cachorro encerrada en un corazón. El de la camioneta tiene mano de arquitecto o científico, dibuja a mano alzada con líneas y proporciones como el hombre de Vitruvio.

Otro hace poesía humorística, hace unos versos como ese escritor de los sesenta que publicaba con el nombre de César Bruto. Hace unas rimas picarescas, le digo que entre más en ese humor, que no le voy a bajar la nota, que le sale bien. Se reprime, pero lo intenta. Otro escribe con desánimo y lee su texto final como si fuera de su doble, con una voz despegada de sí. Otro que me informaron hace dos semanas que es disléxico, se entrega a la alegría del ritmo barrial y se dedica como nunca antes. Me dice que sí, que sí, que sí con la cabeza y se ríe, se sienta y escribe.

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