Romance

A partir de un sueño de amor con Keanu Reeves escribí un poema y ese poema me hizo revisar mis amores ficcionales. Igual que Toto, el protagonista de La traición de Rita Hayworth, de Puig, me he enamorado mucho de personajes de la pantalla y de los libros. Aún disfruto de esa disfunción fantástica porque, para vivir, me apego a la realidad y supongo que por eso escribo: para amar. Haré una lista caprichosa y al azar, mecanismo que me dictó el mismo Keanu en mi sueño.

La solapa, el duende rubio y pendenciero de la siesta, que se lleva a los niños que no duermen. Recibí ese personaje por una canción que me cantaba mi abuelo, después lo leí versionado por María Guadalupe Alassia en las Aventuras de Paí Luchí (1980). En 2001 compré el de Laura Devetach. En los dos libros, el protagonista era Luchí, un mentiroso contandor de historias que le disputaba la siesta a la Solapa. A mí me gustaba el duende amarillo, no el contador de historias. Nunca terminaba llevándose ningún niño porque siempre se le escapaban. Tenía una mano de lana, otra de hierro, y según cuál levantaba, era el desenlace. Aparecía hecho un remolino de calor, se retiraba generalmente hirviendo, explotando de rabia al ser derrotado. Esa capacidad de embravecerse, de competir con otro niño, me gustaba. No era un personaje infalible, como Luchí.

Jesús, el mago, el disidente. La fascinación por Jesús comenzó la primera vez que leí que se impone sobre los padres, quienes lo buscan varios días creyéndolo perdido. Lo encuentran en la sinagoga, intercambiando saberes con los ancianos. Es ahí que él por primera vez dice “mi reino no es de este mundo”, o una frase parecida. ¿Hay frase más mágica que esa? Amor total, también, a Jesús el justiciero, el joven que, hecha a los mercaderes del templo, al aprendiz de carpintero, al multiplicador de vino, peces y panes. Cristo el caprichoso, el que desconcierta, es mi preferido. El modo narrativo de los evangelios, que no son prescriptivos, se parece a los relatos de sueños. Presentan una situación salida de la nada, como el “había una vez” de la infancia: “Otro día estaba Jesús en Galilea cuando…” y uno sigue enganchado en la lectura.

El pícaro y el renegado, Tom Sawyer y Huck Finn, intentando escapar siempre de la escuela o de los deberes o abusos de los adultos, disfrutando de la naturaleza, buenos contadores de historias. Años después leía en la facultad el género español de la picaresca: el Buscón, el Lazarillo y Celestina. La idea de la itinerancia me fascinaba. Yo quería ser vaga, andar, no hacer nada. Leer, dejar sin hacer las tareas de la casa. ¿Cómo sería una niña que anduviera así, como ellos? Yo me debatía entre amar a Tom, el integrado, el enamorado de Becky, o amar a Huck, el desterrado.

Dos amores de películas y de discos: Rick Hunter de la saga japonesa Robotech y Jareth, el rey de los Gnomos, de Laberinto. Mi pre adolescencia tiene esa música y ese aspecto: pelucas batidas, musicales, primeros planos dramáticos, ojos enormes y delineados. Mi amor eterno a David Bowie, imposible de salir de ese tul ficcional.

Luis Miguel, el latino incondicional. Hace poco conversaba con una amiga, con la misma con la que fuimos al cine a ver “Ya nunca más”, la peli donde Luis Miguel se enamora de Lucerito, pero pierde una pierna y en la cama del hospital canta la canción que da título a la película. Mi amiga creyó, por mucho tiempo, que por causa de ese amor desmesurado que salía de los discos y la adoración de las fotos, que tomaba cuerpo en su cuerpo, había quedado embarazada. Es decir, alguien en la realidad, mediante una operación de la imaginación, logra modificar la realidad. Una idea que está en “La máquina del tiempo”, por nombrar una, pero le dije a mi amiga que escribiera un cuento sobre eso.

Yo hace dos noches soñé con Keanu Reeves y, de ese sueño, salió el poema que sigue.

 

Mi nombre clave es Salazar

Gotas de lluvia caen como finas líneas de lápiz

sobre papel, aletean entre las hojas

de la parra cargada de uvas, las atraviesan.

Keanu Reeves charla sentado en un sillón

junto a mi madre, habla como si con ella

tuviera un romance, yo no puedo creerlo.

Desde la cocina los miro y giro mi rostro,

para ver caer la lluvia que alivia.

Esto no da para más, pienso. Me niego:

mi madre muerta y yo que estoy viva

¿qué hace Keanu vestido así como John Wick

con ese sobretodo y dos chalinas, en verano?

La parra da su sombra,

hay en ella hojas verdes y porosas,

racimos de uvas tersas, rosadas.

Salgo al patio, a la lluvia fresca,

pongo mi mano a la trasluz del sol de la tarde.

Las gotitas caen de pie, en cámara lenta,

rebotan y replican la expansión vital de la luz.

Keanu se levanta, se acerca a mí,

imprime su cuerpo al mío: es la tibieza.

Así él camina conmigo bajo la luz.

Un baile sin música de fondo y en silencio.

El calor del sol da su contorno a los objetos.

El brillo de las uvas irradia un espesor planetario.

Yo elevo mis manos a la lluvia y él entonces

habla con aire y sin altisonancia:

debemos encontrarnos en tu libro.

Escribí, me dice Keanu,

mi nombre clave es Salazar.

Escribí para encontrarnos

hacé volver a Salazar,

mové hacia atrás el tiempo,

y después hacia adelante,

eso puede hacerse en la ficción,

y yo te amo.

Me despierto y escribo, porque

un mandato como este, una promesa así,

no debe desoírse.

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