Ciao Rafaella, y gracias

La icónica cantante italiana Rafaella Carrá murió hoy a los 78 años. Una rubia sin pudor que en los 70 le cantaba a la libertad sexual, la masturbación femenina, la homosexualidad y el sadomasoquismo, ahí nomas del Vaticano. Una fiesta fantástica con la que bailaron las tías y todo el universo marica. 

Tengo muchos recuerdos de estar bailando Explota, explota, me expló!, moviendo cabezas y cabelleras, junto a mi hermanas. Los hits de Rafaella no faltaban nunca en nuestras reuniones y pequeñas fiestas familiares. Tiempo después, ya un poco más grande, me encontré revoleando pasos con amigos maricas, tortas y de toda la fauna amante de la fiesta que la Carrá proponía.

Hoy, que nos desayunamos amargamente con su muerte, vale la pena recuperar parte de su legado, un legado de rebeldía y desfachatez propio de una reina del pop, más de una década antes de la aparición de Madonna y en Italia, a metros del Vaticano, nada más y nada menos.

Una rubia escultural, cantando y contorsionándose con ropa ajustadísima o que llegaba justo al límite de lo permitido, no eran algo común de ver a principios de los años 70, cuando la carrera de Rafaella comenzó su imparable ascenso.

Sus letras hablaban sobre liberación sexual, de manera más o menos explícita. «Tuve muchas experiencias», decía en su hitazo Hay que venir al sur, afirmando además que lo importante era que lo hagas «con quien quieras tú».

La época de auge de Rafaella en nuestro país coincidió con la última dictadura militar. La censura local de esa época le hizo cantar a los argentinos «para enamorarse bien hay que venir al sur», cuando en realidad la letra original era bastante más directa: «para hacer bien el amor hay que venir al sur».

En Santo Santo una mujer se queja de su marido, que va a trabajar y vuelve sin ganas de nada. «El santo me engañó… ¿Dónde está el sadismo, dónde el masoquismo, lo que él me prometió?». Tranqui Rafaella. En la versión con censura la urgida esposa reclamaba «el cariño y el amor mismo». Aburrido.

Rafaella Carrá se convirtió en símbolo de esa rebeldía, de la liberación sexual, el deseo y, claro, un ícono gay. Sus bailarines eran un despliegue de maravillosas mariconadas, en trajes ajustados y danzas increíbles. En la canción Lucas la diva italiana cuenta que ve al homónimo «abrazando a un desconocido» y luego desaparece. Si, un frustrado romance con un chico gay.

La masturbación femenina también estaba -solapadamente- en algunas de sus canciones. En el legendario 0303456 una mujer cuenta que llama a su amante y éste no la atiende, según la letra original en la espera el dedo terminaba quedando «enrojecido de tanto marcar», para rematar con un «se mueve solo sobre mi cuerpo y marca sin parar». En Caliente Caliente utiliza la vieja y conocida almohada para apagar tanto fuego: «Por las noches me despierto abrazada a la almohada y con deseos de amar».

En 1970 causó conmoción al presentarse a cantar con un top que dejaba ver… ¡su ombligo! Se convirtió así en la primera mujer que enseñó esa parte del cuerpo en la televisión pública italiana.

Un año después, también en un programa de la RAI, presentó su tema Tuca Tuca. Una coreografía totalmente inocente y que hoy podría ser parte de un juego en una canción de Piñón Fijo, para el Vaticano fue «demasiado provocadora» e inició una campaña de desprestigio. Así lo recordaba Rafaella: «A través de su periódico, L’Osservatore Romano, censuró el Tuca Tuca. Según ellos, era muy atrevido y transgresor porque el bailarín que estaba frente a mí me tocaba diversas partes del cuerpo. Tuca Tuca entró directamente al número cuatro de las listas de ventas de singles. Entonces, cuando se leía el hit parade [listado de éxitos], se daban los primeros cinco puestos, pero ellos saltaban del tres al cinco para no tener que nombrarlo. Los movimientos del baile subliman la relación entre hombre y mujer. El baile es algo erótico en sí, pero sin caer en la vulgaridad, esto es muy importante. Lo que me encantaba es que yo hacía el Tuca Tuca tocando caderas, rodillas, espalda, cara… Y los niños lo repetían, se divertían porque era algo muy natural. Ese es el secreto».

Rafaella Carrá fue consumida por un público amplio y diverso, muchos se sentían atraídos por su música festiva y -aparentemente- naif, y otro tanto por ese lado salvaje pero sutil que tan bien proyectaba con sus canciones y pasos de baile. «Era una liberación sexual feminista rock, no como género musical sino como filosofía. El rock está en mi cuerpo, aunque cante cosas sencillas, menos duras. Lo importante es la fuerza», decía la italiana. Y si, era una estrella pop con mucho rock, con la impunidad de decir casi cualquier cosa mientras sonreía y hablaba con una calidez casi familiar.

Una institución cultural que fue amada en Italia, España y, claro, en Argentina, donde realizó giras, presentaciones, una película y que nos dejó esta joya bizarra de confusa procedencia, aunque algunas fuentes aseguran que se grabó en Buenos Aires, en 1980.

Gracias Rafaella por tantas fantásticas fiestas. No vamos a dejar de bailarte con hermanas, mamá, tías, y a pura pluma y taconeo.

 

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