En alguna esquina de Obispo Gelabert, creo que todavía, con algo de esfuerzo, puede leerse uno de los graffitis sobrevivientes de los 80: “Oh, un colectivo”.

Pasé buena parte de mi vida esperando el 16, llegué a odiarlo con el alma. Cuando era chico soñaba con ser millonario, comprar la empresa y prenderla fuego. Antes de eso, cuando era mucho más chico, para mí todavía no era el 16 sino “el verde” y no era el único que pasaba por las esquinas de mi casa, sino que también estaba el 17, que era rojo y se llamaba “el colorado”. Entre los viejos coches fileteados de trompa salida, el colorado fue el primero que yo vi con el frente chato, era la evolución, la modernidad absoluta, la viva encarnación del futurismo y todo el mundo, secretamente, esperaba que por fin le tocara ese coche y no otro. En ese momento todo hacía suponer que si una de esas dos líneas, casi gemelas, iba a desaparecer, no iba a ser el 17, como finalmente pasó. Si no recuerdo mal, el 16 la compró para ser, finalmente, una gran línea, o al menos decente, pero tampoco sucedió eso. Es curioso que no se haya reparado en lo útil que era poder distinguir de lejos los colectivos por su color y no tener que estar adivinando hasta último momento.

En algún período también hubo 16 bis y 17 bis, con frecuencia menor aún al recorrido regular, es decir, una frecuencia casi azarosa. Era difícil que alguien esperara esa opción y la mayoría ni siquiera advertía el mínimo, pero decisivo cambio hasta que era demasiado tarde, entonces la furia no tardaba en estallar cuando de pronto doblaba en otra calle, y buena parte del pasaje bajaba a las puteadas, después de largos descargos. Los choferes tenían mayor protagonismo, para bien y para mal. Lidiaban constantemente para que la gente descendiera por atrás, para que pagara boleto, para que pagara con cambio, para que cediera el asiento y, principalmente, para no se amontonara adelante, prometiendo patéticamente que atrás había lugar. Además de eso, cortaban boletos, cargaban los tubos de monedas, daban cambio, soportaban el calor de los motores en verano, los constantes saltos, y las recurrentes y altisonantes quejas. Se viajaba un poco mejor que los pollos y peor que las vacas. Un verdadero paraíso para pungas y depravados.

En un momento crítico, en el barrio apareció el 9; era azul, de frecuencia fantasmal y recorrido infinito. Cuando doblaban por Salvador del Carril a la Costanera, iban más bien vacíos y casi nadie subía ni bajaba en ese tramo, entonces le metían pata como si no hubiera un mañana, una experiencia vertiginosa y extrema, aumentada por el ruido de los coches que parecían destartalarse enteros en los sucesivos y descomunales pozos. Había que calcular unas cinco cuadras antes de bajar para tocar el timbre y tener suerte.

Mucho tiempo después, vivía con unos amigos en Barranquitas, uno de ellos era artesano y creo que por eso le habían regalado varios frascos de leche nido repletos de monedas viejas. Un día descubrió que las máquinas las leían como de 25 o 50 centavos (el boleto saldría 1 o 2 pesos). Anduvimos durante largos y felices meses con esas monedas de los 70 en los bolsillos. Era un mínimo viaje en el tiempo meterlas y escucharlas caer pesadas y efectivas, además de un notable alivio para nuestras jóvenes y precarias economías. En esa época yo tomaba más que nada el 3 y el 5, pero prefería guardarme todas las monedas viejas para el 16, como tardía y modesta venganza.

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