El gato que está

Durante un tiempo observaba que muchos balcones se cubrían con redes y me preguntaba cuál podría ser la razón. Llegué incluso a comentarlo y preguntar y tuve diversas respuestas, algunas similares a las que se me habían ocurrido, por ejemplo, evitar que se metan pájaros o cosas que vuelan. Pero no, después de que me mudé a un edificio, entendí que su función más común es evitar la caída o el suicidio de los gatos.

Una noche escuché la voz angustiada de mi vecina de abajo, me asomé al balcón y vi a su gata caminando por la baranda del suyo: había hecho un agujero en la red. Logró rescatarla, no sé cómo, no quise mirar más. A la gata ya la había conocido porque una vez, confundida, se metió en mi departamento cuando abrí la puerta. No me parece buena idea tener animales en departamentos. Ayer un gato voló de un balcón a otro, todavía no pude saber cuántos pisos. No estaba ahí, seguí la historia por el Whatsapp de vecinos.

La primera variable que establece mi humor cotidiano es la cantidad de mensajes que veo al despertar, independientemente de qué tipo de mensaje sean y de quién. En general no puedo seguir los grupos, pero desde que me sumé al de vecinos del edificio todo cambió. Por un lado, a  diferencia de casi todos los otros, es verdaderamente útil, pero también suele ser de lo más divertido. Quizás pase lo mismo con todos los grupos vecinales; es mi primera vez. Pedidos desopilantes como porotos o preguntas inverosímiles como si está abierto el kiosco de abajo, peleas, broncas e indirectas, internas que no logro descifrar, respuestas acribilladoras, gente que da consejos de vida y gente que se caga de risa, condimentan generosamente la comunicación necesaria.

Un departamento se inunda, el dueño no está, el agua llega al pasillo, un estudiante de Ingeniería explica que hay que apagar los ascensores porque se van a quemar, una vecina que sale a combatir el agua se queda encerrada afuera con la llave adentro, un vecino avisa que hay otro que sabe abrir puertas. Cuando la situación se resuelve, se aprovecha el contacto iniciado para hablar de algo menos urgente, pero no menos necesario: el ascensor hace días que se detiene indefectiblemente en el piso 4 y demora más de lo normal en reiniciar su marcha, se entretejen distintas teorías, por supuesto algunas, las mejores, incluyen fantasmas.

La historia del gato volador fue, hasta el momento, la más dramática. Empezó así:

—Chicos, se cayó un gatito, por Dios.

—¿Cómo es?

—Nooo…

—En el segundo C. No lo veo, mi vecina está bajando.

—Ay chicos, si es blanco es mío. Por favor avísenme.

—Es gris con blanco.

—¿Cómo es?

—Ay, casi me muero.

—Pero está bien.

—Está llorando.

—No sé de dónde cayó, pero se escuchó un ruido fuerte.

Tengo entendido que el pequeño felino está internado, al parecer no agotó todas sus vidas, hay expectativas de pronta recuperación y vuelta a casa. Una vecina aprovecha para concientizar al resto sobre la tenencia responsable de mascotas. Alguien pide un cargador de Iphone y nadie responde. Alguien pide una escalera y le aconsejan que se suba a una silla o a una mesa, alguien contesta que no tiene, no se sabe si cargador o escalera, pero lo mismo da.

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