Educado por Mozart y Atahualpa, combinó sus cartas para convertirse en uno de los músicos más trascendentes (y misteriosos) de rock and roll del país. Skay Beilinson, una de las encarnaciones de Patricio Rey, cumple 70 años.

Eduardo Federico Beilinson, Skay Beilinson, festeja hoy su cumpleaños número 70 y lo hace en vigencia plena. Es verdad, no hubo ni festejos en el CCK ni grandes movidas de prensa como se le organizaron a Charly y León Gieco en estos meses. No es que no las necesite, es que no le gustan, apenas si después de las 12 mandó a su CM a postear en redes una canción nueva. Mucho laburo y pocas palabras son las insignias de este guitarrista, acaso el más trascendente de la historia de la música argentina.

Con sus manos construyó algunas de esas canciones que para nosotros no podrían no existir: «El pibe de los astilleros», «La bestia pop» o «Jijiji», por tirar algunas. Y decimos «construyó» porque es el mismo Indio Solari el que siempre se encargó de recalcar que su trabajo terminaba con el punto final de las letras de Los Redondos y de la música, se encargaba el flaco: «Él sabía qué tenía que hacer», dijo en alguna entrevista, escuetamente pero no sin emoción, al borde de quebrarse por el recuerdo de su viejo amigo.

Hijo de Aarón Beilinson, un empresario azerbaiyano, y de Berta Zbar, una enamorada de la música clásica, Eduardito creció con todas las comodidades y adorando la música clásica que su mamá le daba de escuchar: Mozart y Vivaldi más que otra cosa, sentía una particular fascinación por «Carmina Burana» (y cómo no). Escuchando a conciencia, no es difícil asociar esa impresión entre gitana y oriental en su toque: «Mi padre, que nació en una zona donde hoy están los kurdos, me legó seguramente a través de los genes ese tipo de escalas de Medio Oriente. Me salen solas, me resultan familiares», contó alguna vez en una entrevista hecha por Mariano del Mazo.

En su toque podemos encontrar la dedicación de George Harrison, el sentimiento de Santana, la delicadeza de Mark Knopfler, la personalidad de Jimmy Page, sí, pero lo primero que aprendió en la guitarra fueron canciones de Atahualpa Yupanqui y Eduardo Falú, hasta que Los Beatles le partieron la mente en dos. En ese momento de idilio hippie se empapó de poesía, teatro, música y del arte en general, vio a Hendrix 24 de febrero de 1969 en el Royal Albert Hall. Su amiga Marta Minujín fue la que le puso el sobrenombre de «Skay», para que su leyenda tuviera un apodo a la altura, aunque todavía a fines de los ’60 todavía Los Redondos no existían.

Skay es un ninja de la guitarra, sigiloso en su preparación, fatal cuando empieza a mover los dedos. Skay es un domador de fieras, capaz de encantar a miles y miles con un riff y sostenerlos en el temblor de una cuerda. Dedicado siempre a cuidar su perfil bajo abajo de su sombrero y atrás de sus lentes (a veces cubierto también por su bandana característica) igualmente las tribus ricoteras andan detrás suyo por todo el país y lo festejan como «Es una noche especial/ no te la vas a perder/ toca el corazón/ de Patricio Rey», que hace más de 20 años que está dormido.

Solari – Beilinson: fueron 25 los años que duró la dupla más icónica de la historia de nuestro rock.

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