Comenta: Oscar Bergesio

Los veranos de fines de los 80 eran interminables para quienes no acostumbrábamos a salir de vacaciones. Nadie quería volver a la escuela, pero había momentos en que la vida del barrio se disipaba y quizás porque el calor se tornaba invencible o porque el aburrimiento compartido saturaba, cada uno de los pibes se quedaba en su casa, por algunos días, o se iban vaya a saber dónde.

Que no hubiera fútbol hacía todo más intolerable. Sin hablar de los cortes de luz ni del horario reducido de la tele. Mi vieja una vez me dijo que parecía un jubilado. Me pasaba la tarde esperando dos cosas: que llegara El Litoral para leer alguna novedad de Unión y que empezara Diez en Deportes (no sé si ya se llamaba así). Entonces me sentaba en el patio, con la radio, la pava, el mate y la azucarera, a escuchar atento. Supongo que tenía razón.

“El canto virginal de los sauzales”, cantaba una mujer mientras mi abuela me servía la leche muy temprano antes de ir a la escuela. Campamento Litoral era el programa. Me resultaba un verdadero misterio que no me generaba la más mínima curiosidad. Tirado en su cama, mi papá escuchaba música a la tardecita y a la noche. En su casa, mi abuelo detenía cualquier actividad y prendía la radio a la hora del boletín informativo. A los seis o siete años, me regalaron la primera. La radio portátil era un elemento cotidiano.

El ritual del mate en el patio, se repetía, por supuesto, cada vez que había un partido. Las transmisiones eran interminables; no quisiera arriesgar cuántas horas antes del partido empezaban, pero eran muchas. Cuando había Clásico, aunque pareciera imposible, eran aún más largas. Desde ese momento y hasta no hace mucho, la voz de Oscar Bergesio y, antes de eso, el jingle que anunciaba su comentario, generaban inmediatamente en mí algo muy parecido a la felicidad. La voz en sí era particular y notable, voz de radio, cautivante, sin impostura ni firulete, sin ningún efecto de locutor, solo ritmo. Pero más que la voz, era lo que decía y más que lo que decía, era cómo, vaya sí.

Me resulta imposible clasificar a Bergesio. Trabajaba de periodista deportivo pero no sé si en rigor lo era. Quiero decir: era periodista y periodista deportivo, pero también muchas otras cosas, que juntas no tienen un nombre o yo no lo sé. Prendía la radio en el entretiempo cuando estaba en la cancha, o cuando lo veía televisado, porque necesitaba saber qué había visto él y recién ahí sentía que entendía lo que acababa de ver: siempre había algo que no había notado, muchas veces ese algo era decisivo. Pero además de su análisis, siempre lúcido, agudo, cuando no brillante, lo que más disfrutaba era su humor exquisito, a veces sutil, hasta lo apenas perceptible, implacable; su rotunda pasión por las palabras, un talento mucho más cerca de la literatura que de cualquier otra práctica.

Era enemigo de las modas y de cualquier forma de tecnicismo, tilinguería y vanidad, más que recurrentes en su ámbito. Le gustaba desmontar lo inútilmente complejo, lo pretencioso. No simplificaba, demostraba con simpleza lo que no siempre era evidente. Disfrutaba sin disimulo de lo que hacía, remarcaba la belleza antes que el dramatismo barato, amaba el fútbol, pero desconfiaba de las pasiones exacerbadas inútil o malintencionadamente. Entendía el juego mejor que nadie, quizás porque sabía que no era mucho más que eso. No pocas veces su comentario valía mucho más que lo comentado.

Cuando su voz dejó de sonar en la radio, asumí que mi ritual ya no tenía sentido y dejé de escuchar las transmisiones. La noticia de su muerte me llenó de pena, pero más que nada de gratitud; me consta que sus oyentes recordarán por siempre sus tonos y muchas de sus frases. No voy a poder evocar ahora todas las que me acompañan, pero algunas sí y, recién llegado a este punto, pienso que esto es lo único que en realidad quería escribir. En fin, sabrán disculpar. No cualquiera es Oscar Bergesio.

  •  Los centrales se miran debajo el arco como preguntándose, qué hacemos, dónde estamos, qué pasa.
  •  Vuelve Moner recuperado a la cancha, con una frase resonando en su cabeza: “Me las vas a pagar”.
  •  Se apellida Cuba pero tiene menos izquierda que el general Franco.
  • El estadio explota con el ingreso de los equipos. Rojo y negro por aquí (por Colón) rojo y negro por allá (por Newell’s), parece el sueño de Sandino.
  • Lo dejaron más solo que a Pinochet el día del amigo.
  • Los pocos hinchas que todavía permanecen en la cabecera empiezan a retirarse lentamente, miran de reojo, maldiciendo una vez más ese travesaño.
  • Instituto y Unión empataron 0 a 0 dirá la estadística. Nos queda el consuelo de que, en poco tiempo, nadie en la tierra va a recordar nada de lo que acá sucedió hoy.
  • Muchas gracias señor referí, por poner punto final a esta verdadera tortura.

 

2 Comentarios

  1. Me alegra mucho no ser el único (en mi caso, ni siquiera me interesa demasiado el fútbol) que recuerda con reverencia a Bergesio. Definitivamente tenía algo que describiste muy bien y a mi yo adolescente lo cautivaba. No mucho más que decir, salvo que fue un gusto leerte, y otro tanto escucharlo al “Flaco”

Dejar respuesta

Por favor, ¡ingresa tu comentario!
Por favor, ingresa tu nombre aquí