Desvío

Paro docente

Mi escudo y mi fractal es un relato. Un relato, una historia, una charla continuada, una lectura, una película, un argumento, un razonamiento.

“Me han de preguntar por qué me hago cargo del mundo: es que nací; así, todo es de mi incumbencia. Y soy responsable por todo lo que existe, incluso las guerras y los crímenes de leso cuerpo y lesa alma. Soy inclusive responsable por el Dios que está en constante cósmica evolución para mejor”. Clarice Lispector (1970)

“No es Dios quien hace todo eso. ¡Es el patrón!”. Paulo Freyre (1992)

¿Qué pienso siempre que entro a un aula, mientras hablo y también pienso? Pienso en que saquen los ojos de esa línea que parte del ojo y lo acerca y lo estalla en esquirlas sobre el dedo y el escroleo. Eso que ya se sabe que está y que fragmenta el modo en que hacemos y deshacemos la realidad.

¿Hay que dinamitar la realidad? Sí, con pensamiento. Dar clases es apostar a un estallido de diamante, como la tapa psicodélica de un disco de los ’70. Una de las direcciones a las que apunta la destrucción del pensamiento por parte de los gobiernos fascistas es hacernos creer que la realidad es encontrarse con amigos on line. Lo que la pandemia de bicho encontró como reunión, como virtud de las redes, ese bicho, debe despertarnos ahora.

Quizás rascarse los ojos, que piquen cuando leemos en clases, que se cansen, que los cerremos porque se nos cansan y se nos cierran de tanto leer en clases. ¿Cómo hacer para que los adolescentes dejen de tener miedo de hablar frente a otros, para que salgan de sí, del individuo virtual? ¿Y la rebelión que consistía en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos, Alejandra? ¿Será el celu, la rosa?

Mi escudo y mi fractal es un relato. Un relato, una historia, una charla continuada, una lectura, una película, un argumento, un razonamiento. Es un barbijo invisible para el celu de la rosa, o la rosa del celu. No oprime ni quita la respiración ni hace transpirar. No molesta físicamente. Molesta intelectualmente, porque hay que sostener una clase conversando y dando lugar a un relato. Eso hacemos los docentes, todos los días, en el aula. Por eso nos cansamos. Y un relato no cae nunca porque siempre hay quienes lo mantienen vivo incluso en voz baja. Lo sabe muy bien la derecha, que suele ser dueña de las tecnologías comunicacionales y, por tanto, pedagógicas.

Suelo saludar a mis cursos, desde hace un tiempo, con un “buen día, seres humanos”. Algunos se ríen, otros se siguen quedando serios (aunque ya me escucharon muchas veces decirlo), otros esperan ese saludo y levantan la mano como el señor Spock. La mayoría saca la vista del celu, se desautomatiza. Con eso me alcanza. Me sirve para no olvidar (y que no se olviden) que estamos hechos de una materia que pertenece a este planeta, quizás sólo a este planeta, un desvío de la creación, capricho y plan.

Me gusta la palabra desvío porque presupone un camino del que salirse y al que regresar. Me gusta pensa que dar clases es como una olla gigante en la que entran y salen alimentos y vamos probando el gusto, el sabor. ¡Ey, que quema, soplá! Hacer el guiso al pie del carro y en el camino. Sabemos: el guiso carrero, ése de pedazos groseros flotando en su panza aguachenta, el mismo que alimenta, el mismo que no hace un plato si no hay qué poner en la olla.

En la clase planificás la ruta y lo que llevás para el viaje. Terminar el viaje es otra cosa: llegás pero no tanto, llegás pero cerca, no llegás pero parás a pasar la noche en un refugio en el medio de la montaña, acampás en el desierto polar y arriba tenés todo el cielo. Aprendés a guiarte por las estrellas. Aprendés a esperar el sol por el este y la noche por el oeste.

Dar clases es ese desvío. Al pie del carro, bajo las estrellas. ¿Preguntaremos por el dios también? Preguntaremos. Y también preguntaremos por el patrón.

Un solo comentario

  1. Hay que dinamitar la realidad? Si con un pensamiento...TODA una definición de lo que significa educar. Gracias por el texto...y vamos por los desvios

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