Tebas

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Hay un eje esperable en ese escenario a ras de piso que es un aula: hola chicos, cómo están, bueno hoy tal cosa, ponemos fecha, leemos, hacemos un ejercicio. Entonces ellos van del celu a la carpeta, de la carpeta pivotan ojos al pizarrón y mientras se muestran algo en la pantalla: ahí la boca y los ojos se ríen, abren complicidad. Ese flujo comunicativo del que participo indirectamente porque el cuerpo de ellos hace público el gesto, la torsión de la espalda al banco de atrás y la risa, es algo casi íntimo pero expuesto. No me pertenece, aunque lo observo. Las caras y los cuerpos dicen que lo esperable siempre funciona solo. Con ellos o sin. Lo que va de mostrarse algo en el celu y despegar un rostro diferente por sobre la copia de todos los rostros esperables en una clase, y que luego se reduplicará como laberinto de espejos, con otro mensaje sobre la risa, probablemente un sticker, y miles más.

Pensaba: lo público, si le cambiás el acento, también es lo público. ¿Podrá ser eso también lo divergente de la clase, lo que se escapa, la escritura fuera del margen o en el guardapolvo? ¿Será que escriben en el cuerpo de la clase, eso imposible de ordenar en la escritura?

Una ficción se derrota con otra ficción. En términos políticos, lo sabemos: un relato nos esperanza, y quien lo escriba y lo reescriba, tiene un talismán. Hacer política es escribir sobre el cuerpo social. Seguramente hay una cita que insertar acá, supongo que Barthes tendría mucho que decir sobre este eros político. De qué sirve el poder en Tebas sin sus ciudadanos, le dice el sacerdote a Edipo en las escalinatas del palacio, frente al pueblo que escucha y pide ayuda por la peste.

¿Sería un relato nuevo esto que se escucha y se lee: “fingir demencia”? ¿Sería un relato nuevo para el aula o la calle? Un relato que aparentemente nos aparte de la razón, nos ubique fuera del sistema. ¿No estamos diciendo lo mismo que señalamos a nuestros alumnos: que se van por fuera del relato? ¿Será que supieron antes cómo evadirse? ¿Fingiremos demencia para crear una nueva ficción? ¿Saldrán de nosotros las flores del mal? ¿Una ficción se derrota con otra ficción?

Hace unos días fui a leer a la facultad de Humanidades, por invitación de una de las cátedras de Comunicación. Tres escritoras leímos nuestros textos poéticos y narrativos, y luego charlamos sobre lo que los alumnos iban a hacer con eso, con las palabras.

Preparaban fotos para postales para una muestra sobre vida universitaria, sobre estar allí, sobre ser alumnos en una universidad pública. Al finalizar, en pequeños grupos, escuchábamos a los alumnos decir: organicen más de estas cosas. Me fuí pensando: esta generación pide organización y pide lo que, parece, no entra habitualmente en el sistema universitario hoy: una clase con otras ficciones. Y también me fui pensando: ¿qué ímpetu, qué brillo, qué iniciativa podremos mostrar, encauzar, dar lugar para la posta?

Menos sistema, más convivio. Volví a la escuela pensando que docentes y alumnos tenemos un tesoro entre las manos públicas: algo así como el conocimiento festejante del otro. Eso que va de la pantalla a la charla, al patio o a un acto, del pizarrón a la carpeta y de la carpeta al sticker del celu, de la lectura de autores y su discusión a la organización de lecturas de poesía y muestras de fotos. No se eliminan uno a otro, sino que conviven. Pueden hacerlo, hay que desearlos, pensarlos, ponerlos en acción, decir qué queremos y cómo lo imaginamos.

¿Para qué existe Tebas sin ciudadanos, Edipo?

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