A todos nos llega nuestro gol de media cancha

Quizás, como todo en nuestras algorítmicas vidas, también hemos perdido la capacidad de aferrarnos a la felicidad por más de quince minutos.

En mi casa, a los breves momentos de jolgorio los llamamos “momentos Molina”. Siendo estrictamente sincera, sólo yo les digo así. La gata y la araña del balcón poco pueden aportar a mis fútiles intentos de imponer esa nomenclatura. Empero, yo insisto. Mis convicciones están intactas, mis valores impolutos, mis puras motivaciones no cederán frente a sus impertérritas reacciones cada vez que yo, en voz alta y a la nada, digo “este… es un momento Molina”.

De vez en cuando me gusta hablar en difícil o, como también le decimos en casa, a lo Iván Schargrodsky.

El Molina por el cual ha sido bautizado el momento no es otro que Nahuel Molina, lateral derecho de la Selección campeona del 2022, actual jugador del Atlético de Madrid del Cholo Simeone. Nada tiene que ver con Juana Molina (aunque quizás podría serlo) o con el linaje político-sindical de larga trayectoria en nuestra ciudad. No, Nahuel es el tipo que ha conseguido, con aquella síntesis poética que a veces sólo tiene el fútbol, motivarme.

No sé cuánto de ese Mundial tienen presente. Intuyo que el tiempo y los devenires políticos y sociales de nuestro país y, sobre todo, de nuestra Selección han empañado un poco el recuerdo de esa última gesta deportiva que, a mi criterio, también fue el último momento de genuina felicidad colectiva que este país cosechó. No soy ingenua: nunca esperé que un Mundial “cierre la grieta” o nos devuelva algo del fervor patriótico que las diversas coyunturas nos han ido quitando. Pero tampoco pude imaginar en aquel momento de sudor, cerveza y jolgorio que la alegría nos iba a durar tan poco.

Quizás, como todo en nuestras algorítmicas vidas, también hemos perdido la capacidad de aferrarnos a la felicidad por más de quince minutos.

Nahuel jugó ese Mundial un total de 568 minutos de los cuales probablemente 567 y medio fueron correctos, prolijos, olvidables. Pero hay un destello, una pincelada de la suerte, un empujón que lo dejará en lo más alto del relato colectivo de aquella gesta deportiva: hizo uno de los 15 goles que nuestra selección cosechó en Qatar. Fue el único defensor en hacerlo, si no contamos los penales pateados tras los tiempos suplementarios. Asistido, mágica y lógicamente, por Lionel Messi.

Acá es donde la cosa empieza a tomar forma, les prometo.

Apenas comenzaban los 34 minutos del primer tiempo del partido contra Holanda (aquél que terminó en guerra campal y que estuvo atravesado por un nivel de épica futbolística como pocos) cuando Messi hizo lo que Messi hace: ver lo que nadie ve. Arranca la jugada en mitad de cancha, apilando jugadores como si fueran conitos naranjas, y cuando está a un par de metros de la medialuna suelta la pelota sin levantar la vista para asistir a un Molina que se encuentra con el balón limpio, despejado, casi lustrado contra su pie hábil. Molina había corrido también desde mitad de cancha, con las zancadas largas de quien espera ser al menos útil. Útil, no histórico. El pase de Messi, filtrado e imposible, era la jugada más improbable de todas. La lógica indicaba que debía buscar a algún delantero, descargar la pelota hacia los costados, incluso buscar la jugada individual y probar un remate al arco. Pero Messi no hace nunca lo que esperamos de él. Salvo ganar ese Mundial.

Volviendo al bueno de Molina, por un instante todos temimos lo peor. Cómo siempre pasa en el fútbol: tanto si lo estamos mirando como si lo estamos jugando, aparece ese lapso de segundos en donde las cuerdas de las tripas nos avisan que la jugada es perfecta, pero que puede terminar muy mal. Depende de mil factores, pero sobre todo depende de un pie y una pelota. Definir, como en la vida, no es tan simple como los jugadores de fútbol nos quieren hacer creer. En casa, en el Estadio, en los bares, todos esperamos lo mejor y nos preparamos para lo peor: que Molina destrabe el partido, o la tire por arriba del travesaño para que aterrice en el shopping a 20 cuadras de la cancha.

Pero Molina recibe, y por inercia la empuja. Define pegado al palo izquierdo y sigue corriendo. Es un gol hermoso, no tanto por Molina si no por el pase de Messi que, para variar, fue votado como la mejor asistencia del Mundial. Una podría argumentar que el gol lo podría haber hecho Molina como cualquier otro. Cualquiera que hubiera corrido lo que él corrió. Cualquiera que hubiera recibido el pase magistral al pie. Pero no había cualquiera, estaba él. Así se escriben las mejores historias. Así nacen los protagonistas.

Todo este relato pormenorizado (que requirió el visado del video de ese gol no menos de 34 veces) es desprolijo y poco técnico. Es total y completamente visceral. Es innecesario, porque el momento Molina lleva su nombre no por el gol, si no por lo que viene después: el festejo.

Molina sigue corriendo, como si su trabajo sólo fuera correr, y en lugar de festejarle a la tribuna, en lugar de buscar a sus compañeros, en lugar de hacer una reverencia a Dios o a la camiseta, en lugar de imitar un baile de TikTok o cualquiera de esas boludeces que hacen los jugadores de fútbol que se preocupan más por pegar un video viral que por hacer feliz a su hinchada, tiene un instante de profunda humanidad: cierra los ojos, levanta la cabeza, suspira aliviado, relaja los hombros, aprieta los puños. Molina pensó que no iba a poder, se ve. Molina dudó, creyó que la iba a cagar. Molina quizás rezó para que le salga lo que quería hacer… y le salió. No se me ocurre nada más humano que eso. Y  todo dura medio segundo. No lo vimos mientras estábamos festejando. Lo vi un tiempo después, cuando me senté a mirar de nuevo los partidos de ese Mundial en un intento estéril de recrear por un segundo esa felicidad. Encontré algo mucho más potente: encontré la sociedad inquebrantable entre la alegría y el alivio.

Por estos días es muy difícil encontrar algo que nos alivie entre tanta hostilidad. La violencia, la crueldad, el desapego, forman parte de nuestras rutinas cotidianas como pequeñas moscas que sobrevuelan sobre la mierda general de nuestros días. A eso se le contrapone el discurso prefabricado y utilitarista del mandato de la felicidad. De los carteles hogareños que gritan “Vive, Ríe, Ama, Sueña”, como pequeñas órdenes que recibimos constantemente para mantenernos en pie, activos, productivos. Poco hay de felicidad genuina, visceral, inesperada.

Y poco hay de un momento de felicidad que nos traiga, además, alivio. La bronca no trae alivio. El enojo no trae alivio. Incluso la apatía o el desinterés no traen alivio. No se puede descansar en aquellas cosas que nos mantienen electrificados. Sería como intentar dormir una siesta sobre un alambre de púas.

Entonces, en esta casa llamamos felicidad a los Momentos Molina: al suspiro que descomprime, a la sonrisa que se dibuja sola, al breve instante en el que el mundo no parece tan terrible.

A ese paréntesis en el tiempo en el que logramos colocar la pelota pegadita al palo. Aunque para eso primero hayamos tenido que correr media cancha. Aunque nos encuentre plantados en el lugar más impensado. Podría una decir que ese es el principal argumento en contra del mandato bobo de la alegría prefabricada: ningún triunfo, por más efímero que parezca, surge de la nada. No viene la felicidad instalada en nuestro ADN. No se compra ni en carteles ni en pastillas, aunque a veces parezca que si.

Hay que correr y correr y correr hasta encontrar la pelota. Hay que definirse por un palo. Y después si, mientras el Estadio se cae y el relator se desgarganta, tomarnos un segundo o menos para dejarnos abrazar por la brisa suave que es, sin dudas, la verdadera recompensa.

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