Campagnolo, el intendente santafesino que sufrió el secuestro, las torturas y la cárcel

    Campagnuolo intendente santa fe

    El 24 de marzo de 1976, el mismo día que comenzó la Dictadura, los militares comenzaron con el tormento a la vida de quien era el mandatario de la ciudad de Santa Fe.

    El 11 de marzo de 1973 la ciudadanía argentina recuperaba la ilusión de volver a la democracia a través de la histórica elección que terminó con el triunfo de Héctor José Cámpora. Aquí, en los barrios de la ciudad de Santa Fe, el pueblo -172.928 en el padrón electoral- elegía como intendente a Noé Adán Campagnolo, el representante del Frente Justicialista de Liberación.

    En una nota que publicaba el diario El Litoral el martes 13 de marzo de 1973 el electo intendente tenía como prioridad en su plan de gobierno “la erradicación de las villas de emergencia, con la provisión de agua potable, pavimento y luz”. Otro de los temas principales que planteaba Campagnolo pasaba por la construcción de las defensas hídricas, ya que por aquellos días muchas familias santafesinas atravesaban el desastre de la inundación.

    El nuevo mandatario llegaba al Palacio Municipal como “el intendente de los barrios marginados”. Con ese mote, en su primer discurso como intendente electo destacó que se sentía orgulloso de que lo llamaran “el intendente de los barrios marginados” y que lucharía por mantener ese título “hasta que no haya ningún barrio marginado”.

    La oscuridad y el tormento

    Noé Adán Campagnolo, quien fuera propietario de la panadería “Cañón La Beba”, estuvo a cargo de la intendencia santafesina desde 1973 hasta el desembarco de la dictadura militar. El 24 de marzo de 1976, el día que comenzó el período más oscuro de la República Argentina, secuestraron y torturaron al intendente de Santa Fe.

    Pasada la medianoche, en las primeras horas de aquel 24 de marzo, golpearon la puerta en el domicilio de Noé Campagnolo. El intendente abrió la puerta de su casa y un grupo de uniformados lo obligaron a subir a un auto, lo trasladaron a la Municipalidad y le informaron la nueva situación que vivía Argentina con una frase: “El ejército tomó el país”.

    Lo llevaron hasta su despacho, lo hicieron ingresar y, lo que había sido su lugar de trabajo hasta hacía pocas horas, de repente se convirtió en un cuartel. El lugar estaba repleto de militares que procedieron a mostrarle un acta y obligarlo a que estampe su firma. “Yo no firmo nada, no tengo noción de lo que está pasando”, dijo Campagnolo. Uno de los uniformados le contestó: “Se puede retirar”. La única vez que habló públicamente de su caso, recordó: "Cuando salí del Palacio Municipal un tal Zalazar, al que le decían 'El loco de la ametralladora' me pegó un culatazo en la espalda".

    Obligado, ante semejante hecho de violencia, suscribió la entrega del poder.

    Camino a la tortura

    Aturdido por el contexto Campagnolo volvió a su casa, ya en su hogar recibió la visita de distintos referentes barriales. La preocupación empezaba a escalar, pero en ese estado de desasosiego nunca se le ocurrió irse de su casa. Lo que los dictadores le pidieron a Campagnolo ya era una causa ganada.

    En la tardecita de ese 24 de marzo un operativo militar nuevamente invadió su casa. Cuando se cumplían 20 años del Golpe Militar, en una entrevista con Guillermo Tepper (programa Entre Líneas) dijo que “sólo faltaron los tanques de guerra”. En esa histórica pieza periodística Campagnolo recordó: “Me tirotearon toda la casa y me llevaron. En el auto había un teniente jovencito muy nervioso. Me dijo que me conocía y que yo iba a estar bien”.

    El destino fue la Guardia de Infantería Reforzada -ubicada en Nicasio Oroño 793 (barrio Centenario) y desde 2013 es un Sitio de la Memoria-. Unas horas después, encapuchado, lo derivaron a un lugar desconocido. A Campagnolo lo torturaron. Los empleados policiales contaron que “le habían roto el ano con un bastón de goma y luego colocado una manguera conectada a una garrafa, abriéndole el gas, luego la cerraron y le pusieron la picana eléctrica, de forma tal que explotó el gas lastimándole los intestinos y vejiga”.

    Guardia de Infantería Reforzada

    Las bestias dejaron una historia clínica escalofriante: "Setenta hematomas en distintas partes del cuerpo, siete costillas fracturadas, rotura de vejiga e intestinos, ano contranatural por seis meses".

    La única “buena” noticia en esta atrocidad fue que su detención ingresó en lo que se conoce como “legal”, lo que permitió la visita de un familiar. La historia tiene otra arista conmovedora, Campagnolo le alcanzó su pantalón y saco ensangrentados como prueba de las torturas a ese familiar. El 7 de abril los militares informaron en las páginas de El Litoral sobre el estado de salud del ex intendente, decían que había “experimentado un deterioro”, por el cual se decidió su inmediata internación” en el Hospital Piloto -actual José María Cullen-.

    Foto: El Litoral 1976

    Vale destacar que en ese comunicado explicaban las detenciones de “ex funcionarios, legisladores y dirigentes políticos y gremiales en averiguación de antecedentes y conexiones respecto de su actuación en distintos actos”. Y en el párrafo final que publicaba el diario santafesino, increíblemente decían: “Las autoridades de esta intervención militar impartieron desde un primer momento precisas instrucciones respecto del trato correcto, alojamiento y alimentación adecuadas y atención médica permanente que se les debe dispensar a los detenidos".

    La acción de Zaspe

    Hubo un acto determinante en el caso Campagnolo. Los familiares decidieron llevarle la ropa ensangrentada de la tortura a monseñor Vicente Zaspe. La autoridad católica no dudó en cruzar la plaza del poder para dirigirse a Casa de Gobierno. Zaspe se entrevistó con el coronel José María González. El interventor militar de la provincia de Santa Fe tomó el teléfono, llamó y preguntó quién era responsable de lo que le había ocurrido a Campagnolo: Zaspe fue a esa dependencia policial y constató las torturas por los relatos de los propios uniformados.

    Más allá de esa acción de la máxima autoridad católica en Santa Fe por aquellos años, Vicente Zaspe sabía de las acciones genocidas y fue participe de dos reuniones con el mismísimo Jorge Rafael Videla, en septiembre de 1976 y abril de 1978.

    Durante el juicio a los genocidas, en una nota que publicaba Pausa el 8 de octubre de 2014, uno de los testimonios más reveladores sobre los tormentos que recibió Campagnolo fue el del médico que lo atendió en el Hospital Piloto (Cullen) una semana después de su detención. Raúl Pautasso declaró ante el tribunal y contó que el ex intendente tenía “perforado el recto y la vejiga”.

    Explicó que eran lesiones claras de un empalamiento y que debió practicarle una colostomía. Campagnolo pasó nueve meses internado. Cuando le dieron el alta médica fue llevado a la Guardia de Infantería Reforzada (GIR), estuvo en los primeros días de cautiverio y fue torturado por el policía Salomón bajo órdenes de los altos mandos militares. El 6 de abril de 1977 Campagnolo fue trasladado a la cárcel de Coronda y liberado un año después, el 3 de abril de 1978.

    En la penitenciaría de Coronda compartió el encierro con Rubén Dunda, ex diputado peronista, también secuestrado el día del golpe militar. Dunda, con 26 años de edad, había llegado a la presidencia de la Legislatura. El ex legislador fue liberado el mismo día que Campagnolo.

    Condena

    El 1 de octubre de 2014 el Tribunal Oral Federal de Santa Fe condenó a 16 años de prisión a Jorge Roberto Diab y Ricardo José Salomón por los delitos de privación ilegal de la libertad, tormentos y allanamiento ilegal que sufrió el ex intendente de la ciudad de Santa Fe Noé Campagnolo y el entonces presidente de la Cámara de Diputados provincial Rubén Dunda, ambos secuestrados y torturados el 24 de marzo de 1976.

    Ricardo José Salomón se desempeñó en el cargo de oficial auxiliar y cumplía funciones en la Guardia de Infantería Reforzada de la Policía de la Provincia de Santa Fe. En tanto, José Roberto Diab primero fue jefe de la Primera Sección y luego segundo jefe del Destacamento de Inteligencia 122 del Ejército.

    Los jueces Luciano Lauría, José María Escobar Cello y María Ivon Vella habían dispuesto apartar del debate por problemas de salud al imputado José María González, quien fue el primer gobernador de facto de la provincia y ya registraba una condena a prisión perpetua por otros hechos.

    El 7 de diciembre de 2011 el Tribunal Oral Federal de Santa Fe dio lectura a la sentencia contra González, quien fue condenado a prisión perpetua por el homicidio doblemente calificado del militante de la Juventud Peronista Mario Osvaldo Marini, por el allanamiento ilegal de su vivienda y por la privación ilegítima de la libertad de Marini y de su esposa Ana María Cavadini.

    González se convirtió así en el primer militar condenado en Santa Fe por delitos contra la humanidad.

    La mirada de Froilán

    El 8 de septiembre de 1976 Froilán Aguirre tenía 17 años, ese día fue secuestrado junto a Juan Carlos "Beto" Osuna en Santa Fe. Eran dos amigos militantes de la UES, ambos fueron trasladados en un Dodge 1500 -color verde- a una casa de campo en la zona de San José del Rincón, en esa misma locación comenzaron a torturarlos.

    Luego Aguirre fue llevado a la Comisaría Primera de la ciudad de Santa Fe-. En la seccional más céntrica de la capital santafesina pasó 29 días en una celda de un metro cuadrado, debajo de una escalera. Esposado, ojos vendados y pies atados, en esas condiciones lo habían “depositado” a Froilán. Tiempo después apareció el cuerpo de Osuna acribillado en Paraná, conocido como "La Masacre de la Tapera".

    Aquel jovencito de apenas 17 años de edad compartió algo más que su condición de peronista con el ex intendente santafesino. “En el plano personal con Campagnolo no tuve demasiada relación, salvo el hecho de que estuvimos detenidos en la Guardia de Infantería Reforzada -actual Jefatura de Policía-. En diciembre del 76 lo llevan a Campagnolo, él había estado mucho tiempo en la sala policial del Hospital Cullen. Llegó a la Guardia con buen ánimo y con mucha generosidad. Nosotros, en su gran mayoría, éramos de un sector del peronismo que estaba enfrentado a Campagnolo”, recordó Aguirre en diálogo telefónico con Pausa.

    Durante la conversación agregó que “él, obviamente, era consciente de eso, pero en el grupo de presos que estábamos ahí, donde había una enorme diversidad de compañeros, enseguida hubo muy buena onda con Campagnolo. Aparte, él era dueño de una cadena de panaderías que se llamaba Cañón La Beba. Por haber sido el intendente y después de todo lo que había pasado, logró que desde su panadería nos llevaran todos los días una bandeja enorme de facturas”.

    Estábamos muy contentos con su presencia y su gesto de poder desayunar. El tema es que la relación que teníamos con Campagnolo era algo distante, si bien él era afable y muy entrador, él se daba más con la gente mayor que estaba ahí en la Guardia. Se formaban ranchadas, y obviamente, por una cuestión natural de edades, él se integró más a las personas mayores, y nosotros éramos más más pibes, si bien teníamos un buen diálogo y era muy afectuoso con nosotros, no teníamos esa relación tan estrecha como la gente mayor”, destacó Froilán.

    En las vinculaciones del horror, indicó que “pasaron los años, y en mi caso logré hacer un juicio contra un represor que lo pude reconocer cuando me estaban torturando, y al desarrollarse el juicio, en una oportunidad viene un ex policía, llamado Silvio Ramón Caballero, que anteriormente había hecho declaraciones en la CONADEP a nivel nacional, él entró a declarar y resultó ser que fue testigo de cómo el mismo tipo que me había torturado a mí, estaba presente en la habitación de la Guardia de Infantería Reforzada, donde lo habían torturado a Campagnolo y a Félix Cuello, que era el vicegobernador. Caballero también estaba en funciones en la Comisaría Segunda, pero lo hacían ir y venir a distintos lugares, y él fue uno de los que también estaba asignado a la sala policial del Hospital Cullen”.

    Aguirre recordó muy bien que Caballero “fue uno de los que, según comentó en el juicio, trasladó a Campagnolo mal herido y muy torturado a la sala del hospital. Sinceramente fue una audiencia muy impactante, estaba muy afectado, incluso hasta se largó a llorar en el medio de la declaración, donde contó distintas cuestiones de la represión, de las que él había sido testigo, y lo nombró a Roberto "Morrongo" Martínez Dorr, al que yo denuncié, al “Mono” Paz, que era jefe de la Brigada de Explosivos, y famoso por lo hijo de puta, y también lo nombró a un tal Grandinetti, como el tipo que le produjo las heridas internas a Noé Adán Campagnolo”.

    Froilán cerró esta charla y este artículo de memoria, así: “Me une todo eso a Campagnolo, haber compartido identidad política peronista, haber compartido la cárcel por un tiempo, porque después me llevaron a Coronda, y también haber compartido el mismo torturador”.

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