La oposición mordió el anzuelo de un panelista cuyo máximo logro en el último año fue haber recibido dos préstamos de Estados Unidos. Milei logró su objetivo de basurear a la política. ¿Cuál será la traducción electoral de un discurso que irá chocando cada vez más con una malaria que empeora día a día?
El presidente Javier Milei gana cuando desata su show grotesco y pierde cuando queda expuesto en su crueldad. En su cénit político, con todas las leyes que quiso en sus bolsillos y con las bancadas en su favor, dedicó su alocución completa a tener una diatriba salvaje con toda la bancada opositora. Estaba brotado. Pero es eso lo que sus seguidores esperan de él.
El espectáculo de agresividad no tiene punto de comparación con ninguna apertura de sesiones de la historia. La oposición alimentó al presidente continuamente, que hizo un despliegue de violencia verbal con todos los matices. Se regodeó con su “Kukas, me encanta domarlos, me encanta hacerlos llorar y a la gran mayoría les encanta hacerlos llorar” y con “Chilindrina Trosca”, dirigido a Myriam Bregman. Delante de la Corte Suprema de Justicia (de tres personas), adelantó cómo terminarán los procesos judiciales futuros de CFK, que fue blanco continuo de sus insultos.
Total normalidad.
Las provocaciones opositoras son corrientes en todas las aperturas de sesiones, las hubo mucho peores. Fernando Iglesias hizo de sus vociferaciones una carrera. La oposición le recordó el 3% de coimas de Karina Milei en el área de discapacidad, la valija con dólares del ex senador Edgardo Kuider, decisivo en la votación de la Ley Bases, y el escándalo con el narcodiputado José Luis Espert. También apuntó a las cuestiones laborales.
En resumen, a Milei le conviene que el Congreso y la política partidaria, en general, tengan estas escenas de enchastre. Legitiman su postura de origen. La oposición cae en esa trampa con una ingenuidad pasmosa. Porque en este momento el contraste entre la sarasa libertaria y la realidad es cada vez más notorio.

En lugar de correrse y dejarlo en un hueco en el que resuene su palabrerío delirante, se entregaron a su continua vituperación de micrófono y cámara única. Fue muchísimo más inteligente lo que hizo la oposición el año pasado, cuando pegó el faltazo en bloque.
Milei hizo su show. El resto de las cosas que diga no le importan a nadie. Es el mismo tipo que dijo que la política iba a pagar el ajuste y que su principal propuesta era dolarizar. No tiene contenido, tiene acción, performatividad. La oposición se convirtió en panelista de su show. Se espera que el trabajo de los dirigentes sea otro.
Un momento se distingue del resto, porque no fue improvisado, sino que estaba en el guión. En el discurso escrito. Milei acusó a la oposición de “golpista” por la corrida desatada después de la victoria de Axel Kicillof en la provincia de Buenos Aires, en septiembre. La oposición es “golpista” por los resultados de una elección. Si de democracia hablamos, calificar de “golpista” a una fuerza política opositora porque te gana una elección es algo que excede la categoría de chicana.
A partir de ese justificativo, introdujo la mención al salvataje de Estados Unidos, en aquellos locos meses en el que los anuncios de nuestra economía doméstica eran formulados vía Twitter por voz del Secretario de Tesoro, Scott Bessent. Una arrastrada nunca vista de la dignidad y la soberanía nacional, funcionarios mendicantes yendo semanas a besar mano, el presidente Donald Trump diciendo directamente “Argentina se está muriendo”.
En la misma línea, fue muy notable la total ausencia de toda mención al rescate del FMI de marzo de 2025. Al gobierno de Milei lo salvó dos veces Estados Unidos en los últimos 12 meses. Es ridículo cualquier análisis positivo sobre las medidas macroeconómicas tomadas por el gobierno local, porque en el fondo es un exceso decir que existe un gobierno local. Fueron dos salvatajes en un año. Sin Estados Unidos no hay Milei. ¿Para qué pelearse con el muñeco, en el ring y con las reglas donde mejor pega?
La industria es el nuevo enemigo del gobierno. Muy significativo fue el momento especial dedicado a un ataque directo al sector. En su defensa de la apertura importadora, se hundió en un ataque directo a figuras principales del poder real de nuestro país, que también son agentes de desarrollo concreto.
Este ataque a la industria no es gratis. Es un ataque al trabajo argentino. Eso debería convertirse en un activo y una alianza inmediata para la oposición.

Lo que dice y el mundo real
Poco se puede decir del contenido programático de un discurso cuyos puntos destacados fueron esos intercambios patéticos con la oposición. Prometió nueve meses de reformas estructurales que van a rediseñar la institucionalidad. Diez reformas por cada ministerio, 90 reformas en total. No dio cuenta de la naturaleza de esos cambios, que contarán con el habitual apoyo incondicional de propios y colaboracionistas. Ah, aquellos tiempos en los que se hablaba de "la escribanía"...
A la hora de los diagnósticos, enumeró sus habituales dislates. Todos los datos oficiales son contrarios a su versión. Las empresas cierran sin parar, el desempleo creció, el trabajo no registrado también, el poder adquisitivo de todos los trabajadores activos y pasivos se derrumba todos los meses. Hizo hincapié en el crecimiento de la economía medido por Indec. Cualquiera que sepa leer esos datos sabe que es un promedio donde los sectores que no generan trabajo ni derrame (petróleo, minería y campo) están disparados y los sectores que más laburo y valor agregado generan (industria, comercio y construcción) están hundidos. Otra vez, como en 2025, dijo que con el fin de la ley de alquileres hubo una caída del 30% real en su valor. Cualquier inquilino sabe que no es así.
Y hacia ése lugar hay que apuntar: la disonancia entre lo que el gobierno dice y la realidad se irá agravando. El espiral de destrucción de la economía está lanzado y en aceleración. No queda otra. La industria no va a repuntar, los salarios no van a mejorar, el comercio va seguir cayendo, el Estado va a seguir ajustado. Quiebras, caída de consumo, más quiebras, más caída de consumo.
La traducción electoral, sin embargo, sigue siendo una incógnita. Milei está para hacer llorar a los kukas, no para mejorar la vida de los argentinos. Eso es problema de los argentinos en su intemperie. Una intemperie en la que se avizora un nuevo año sin obra pública. Probablemente, sea uno de los hechos más demenciales y naturalizados de todo este tiempo de espanto: Javier Milei no hizo ni hospitales ni escuelas.
Hace exactamente seis años, en 2018, la oposición estaba completamente extraviada. Hoy ya zanjó materialmente su interna y uno solo es el candidato con peso concreto como para tener construcción nacional. Este lunes a la tarde habla Axel Kicillof. La oposición necesita construir un puente para que los que se están cayendo puedan recordar que sí existe y existió otro país posible y mejor, sin el aturdimiento de una motosierra que no para de destrozarnos.










