En su primer documental, Lucrecia Martel narra el asesinato del líder indígena Javier Chocobar en 2009 en Tucumán y explora la vida en su comunidad, la lucha por la tierra y los resabios de la conquista. Se estrena esta semana en el Cine América.
Por una línea de luz nos damos cuenta de que estamos viendo nuestro planeta desde afuera. Después aparece, en cenital, un satélite. Suena la “Misa Criolla” de Ariel Ramírez en la voz de Mercedes Sosa: “Señor, ten piedad de nosotros”. Así empieza el documental “Nuestra Tierra” de Lucrecia Martel, una procesión hacia adentro de la humanidad, el mundo y nuestra historia. La cámara baja y llegamos al verde de los campos tucumanos, marcados por áreas sembradas como una cicatriz. Unas mujeres juegan al fútbol en una cancha cerro arriba. Una señora, con un pulover del norte lindísimo, blanco con ribetes rosados, mira el partido. Un gol no entra y la señora se lamenta o consuela a la jugadora, “casi”, le dice.
A Javier Chocobar, cacique diaguita de la comunidad Chuschagasta, lo mataron a tiros el 12 de octubre del 2009 en El Chorro, Tucumán. 12 de octubre: al día de hoy, fecha de la Fiesta Nacional de España, que se celebra con un feriado largo que estira el verano. En las tierras donde vive la comunidad hay una cantera de lajas envuelta en una larga historia de disputa con Sergio Amín, un empresario de la zona que, el día del crimen, quiso ingresar a la cantera. Estaba con dos socios, Luis Humberto “El Niño” Gómez y José Valdivieso, policías retirados. A Chocobar ya se la tenían jurada. La película, el primer largo documental de Martel, sigue el juicio oral por el asesinato, que se hizo en 2018 y condenó a Amín a 22 años de cárcel, a Gómez a 18 años y Valdivieso a diez años. Casi fue justicia: los ex policías apelaron y quedaron libres. Amín murió de covid durante la pandemia.
Dentro de lo que fueron catorce años de trabajo para el documental, Martel registró el juicio en la Sala IV de la Cámara Penal tucumana. Como si así pudiese abrir un portal de acceso a la institución judicial, agotó visualmente el espacio: encuadró las tacitas de café llevadas en bandeja a los jueces, el papelerío que llegaba a sumarse a una constelación de expedientes, a uno de los acusados sonándose los mocos atrás de una puerta.
Después, para hacer evidente la desigualdad de posiciones entre los acusados y los querellantes y sus respectivos testigos, hizo que sus voces sean lo más importante en cada plano. Los acusados se presentan hablando fuerte, son ex trabajadores públicos, primos o hermanos de alguien cuyo nombre tienen a mano. Son padres de familia, agricultores, incluso, argumentan, tienen hijos en escuela religiosa. Los diaguitas hablan suave. Están ahí porque les mataron un hermano, un tío o un compañero. Desde el estrado les repiten: “¿Entiende lo que le pregunto? Hable más fuerte, míreme”.
Hay un video de la discusión grabado con celular -que se puede ver en YouTube y de hecho así fue que Martel conoció el caso- que no sirvió como prueba porque el teléfono se cae y no se ve nada cuando se escuchan los tiros. Durante el juicio se hizo una simulación en el lugar de los hechos. El documental la sigue y vemos que los ex policías aclaran: siempre siguen siendo policías. “El Estado argentino nos entrenó para actuar así”, dicen, mientras explican sus reacciones en la discusión con los comuneros. En su defensa, los acusados, los únicos que llegaron armados al lugar, intentan argumentar que el tiro que le dio la muerte a Chocobar pudo haber venido de cualquiera ya que sus armas fueron robadas.
Los testimonios de “especialistas” usados en el documental no son muy convencionales. Antes que voces de autoridad, algunos entrevistados son un poco raros, no son muy serios. Con el humor que la caracteriza, en vez de acudir a algún versado en cuestiones indígenas para que explique lo que la presencia de los comuneros ya explica por sí misma, Martel suma declaraciones que ayudan a dejar en evidencia la falta de sustento de quienes afirman, durante el juicio, que hace rato que los indios se “extinguieron”.
“Nada nos constituyó como nación salvo el enorme desprecio por el indio”, resume Martel en una de las charlas y clases reunidas en el libro “Un destino común” (Caja Negra, 2025). En otro pasaje comparte una escena de la conquista, un relato que leyó mientras investigaba crónicas de las Américas antes de escribir el guion de “Zama”. No se acuerda bien de quién es el cronista, cree que el deán Funes. Él habla de los indios insomnes: indios que caminaban a cualquier hora por las ciudades mineras andinas, sin poder dormir y sin tener adónde ir, sin entender. El poder y lo sagrado habían sido pisoteados, las horas de trabajo ahora se organizaban por y para otros. “Las cosas habían cambiado demasiado”, explica Martel, y desliza que ahora somos un poco todos los indios insomnes, iluminados por la pantalla del teléfono.
Ella decide, en un momento del documental, dejar la instancia judicial y llevar la cámara hacia adentro de la comunidad. “Nunca he ido al cine yo” le dice una comunera, que sí escucha algo de radio y hace poco conoció la televisión. Vemos que las cosas no han cambiado tanto. “La palabra pobreza nos atonta bastante a la hora de observar lo que sucede en el territorio nacional y que es que el tiempo funciona de maneras diferentes”, dice Martel en otra de las charlas compiladas en el libro, en su explicación de los estereotipos presentes en el cine a la hora de filmar cosas domésticas como preparar la comida o darse un baño de agua caliente.
“Mi mamá y mi papá nos enseñaron a conversar, a no quedarnos mudos”, cuenta otra señora diaguita, que compartió con la directora un tesoro de archivo fotográfico familiar. Las conversaciones en la comuna hacen que la película crezca hacia otras historias, que nacen en Tucumán pero podrían ser de cualquier parte del continente. Las condenas repetidas del destino de los que se fueron a Buenos Aires, a trabajar a una fábrica o en casa de familia. También los fotógrafos y las fotos coloreadas de jovencitas hermosas, estrenando el vestido que se hicieron con la tela que les trajo el novio de la capital. Los que pudieron ser atletas o hacer el secundario y las tejedoras.
Aparecen los músicos, en una guitarreada en rancho de piso de tierra, que el montaje pone en comparación con una misa en una iglesia que tiene un fresco de la defensa contra un malón. En la escena pintada, los ángeles defendieron la frontera con rayos. Frente a eso, curiosamente, nadie repregunta. Y entre todas esas idas y vueltas, el momento en que alguien se reconoce indio, originario, se siente parte.
A todo esto, Martel le suma un drone. que sube y baja por los cerros tucumanos, más grises y fríos cuando se hace la simulación del conflicto, dorados por el sol cuando se acerca a las casas de la comuna. Usa el drone -un invento bélico- como un joystick o como un ovni em misión exploratoria. Es una viajera del tiempo y el espacio que puede leer la historia desde el principio y entender que los registros de propiedad que cita la defensa fueron creados después, cuando los diaguitas ya estaban ahí. Puede ver que los caminos por donde los comuneros bajan hoy del cerro son los mismos por donde pasaban las carretas que llevaban mercadería a Potosí. Hay algo del Eternauta, obra a la que Martel se acercó y finalmente no llevó a la pantalla grande.
Martel no quiere tomar el lugar de la comunidad y asume la responsabilidad de quien carga la cámara y el conocimiento expresivo del lenguaje. Nos conecta a la historia de esta comunidad, su lucha por la tierra, la identidad y la vida y contra la presencia opresora del Estado en su burocracia. Tira líneas para una posible historia de las religiones y de las migraciones internas de nuestro país. Y nos propone un lugar para la tecnología: el del encuentro. Aunque su mirada es la de un ser sensible, los movimientos robóticos del drone y el barullo que hace al volar no intentan ser disimulados, al contrario. Tanto que el aparato no está exento de sorpresas en su recorrido.
¿O es que el drone se vuelve pájaro y podemos ver la tierra desde su perspectiva? Al final, son los pájaros y los sueños los dueños del cielo, tanto como las mujeres que jugaban al fútbol cerro arriba. Hay planos fantásticos de caballos que nos miran, parece que algo nos dicen. Hasta que la tierra misma se da vuelta para que se escuche la voz del indio: “Su señoría, usted me escucha?”.
Cuando “Nuestra Tierra” se acerca a su final, suena “El payador perseguido” de Atahualpa Yupanqui en la voz de Jorge Cafrune. Pero yo salí del cine cantando en mi cabeza otra canción: Somos indios latinos con guitarra eléctrica, / comunicados a través de internet./ Para odiar hay que querer./ Para destruir hay que hacer. Martel no esconde la tecnología que usa y con eso busca devolverle parte de su potencial creativo, un poquito de esa esperanza utópica que tuvimos como humanidad cuando se inventó la internet y pensamos que ahora nuestra inteligencia tendría la capacidad de procesar toda la información disponible para tomar las decisiones que nos conecten con el futuro de una nueva humanidad, una mejor. Nos propone que busquemos, pensemos, conversemos, preguntemos e inventemos cosas nuevas para hacer y nuevos modos de usar el tiempo.












