1º de Mayo: día mundial del trabajador que no explota, implosiona

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    El 28 de abril se conmemoró el Día Mundial de la Seguridad y la Salud en el trabajo, por los riesgos psicosociales que provocan más de 840 mil muertes por año. Nunca revolucionarios, enloquecen o mueren: el invento más perfecto del capitalismo.

    A ver si empezamos bien: ¿existe una salud mental para el trabajo y otra para la vida? ¿Una mano para ajustar tuercas y otra para acariciar la cabeza de un hijo? Al primero que conteste que con dos manos se pueden hacer las dos cosas a la vez, se le retrucará sin humor ni piedad: “¿Y si tenés dos hijos?”.

    Son las religiones y el mercado quienes se empeñan en demediar individuos, que son indivisibles pero resulta que tienen cuerpo y alma, son padres o madres y luego arquitectos o mozos, maestras o técnicas en higiene y seguridad. Y peor aún, una técnica que seguramente ha leído el artículo 4 de la Ley 19.587 de Higiene y Seguridad en el trabajo: ese que impone “proteger la vida, preservar la integridad psicofísica de los trabajadores", pero se empeña en medir riesgos física y materialmente mensurables.

    Resulta sencillo estipular cuál es el límite admisible de exposición laboral a polvo particulado en el trabajo, o cuánto se desplaza un disco intervertebral por movimiento manual de carga. Pero, ¿cuántos milímetros se desgarran la dignidad y la psiquis de una trabajadora por acoso sexual laboral repetido o sobrecarga laboral con salarios que no compran una canasta básica?

    Cuatro días de trabajo por semana mejoran la salud mental sin afectar la productividad, según estudio

    La culpa no es tanto los profesionales como de la currícula con la que se forman técnicos y licenciados en Higiene y Seguridad, del poderosísimo lobby de las cámaras empresarias y las aseguradoras de riesgos y del plexo normativo del sistema de riesgos del trabajo argentino, que pese que la ley vigente no reconoce al trabajador y a la salud como un complejo psicofísico indivisible. Las psicopatologías asociadas al trabajo suelen agregar algún puntito de estrés postraumático en los dictámenes de las comisiones médicas, que son las instancias prejudiciales y obligatorias que ofrece el sistema de riesgos argentino; pero los psicosociales no son agentes de riesgo para ninguno de los tres decretos que definen el listado de enfermedades profesionales (658/96, 1167/03 y 49/14).

    Nota: El Decreto 1278/00 en su artículo 2 define que las comisiones médicas dependientes de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo pueden ampliar las patologías listadas, cuando las consideren “provocadas por causa directa e inmediata a la ejecución del trabajo”. No se dice “psicosocial”, tampoco emocional o psíquico, sería casi un delito de lesa para la rentabilidad empresaria.

    Cuando se astilla o se rompe, la psiquis no luce como una fractura expuesta o un pulmón necrosado. Si no se puede medir con un depresiómetro o un subjetivómetro calibrado por autoridad competente, no pasó, no existe, no se cubre, no se paga. La famosísima litigiosidad laboral que repulsa empresas (y que casi la mitad de la fuerza laboral fuera del sistema de riesgos laborales no hará más que seguir batiendo récords) pero también espanta a aseguradoras y gobiernos provinciales, jamás permitirá que un bournout seguido por consumo de sustancias le jorobe el promedio.

    Salud mental para la vida y el trabajo: la verdadera crisis mundial de salud pública

    El 28 de abril pasado, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) publicó un informe dedicado al lema del Día Mundial de la Seguridad y la Salud en el trabajo: “El entorno psicosocial en el trabajo: avances mundiales y vías de acción”. En ese informe hay cifras que rivalizan con las que todas las notas que hoy van a poner en letras de molde. Porque, ¿qué podemos ofrecerle al algoritmo y la morbosidad común dominante los que escribimos sobre estos temas? ¿Qué oponer ante datos tales como que el desempleo global afecta a 186 millones de personas, que 300 millones viven en la pobreza y que más de 2000 millones de personas trabajan en la informalidad?

    Porque digámoslo de una vez: ni el amor vence al odio, ni ninguno de estos dos son los que mueven el mundo. Lo que alimenta el capitalismo del siglo XXI, ese que da vueltas sobre este cascote perdido en el espacio, es el trabajo informal, que en Argentina afecta a 6 millones de personas, el 43% de la fuerza laboral existente. En el segmento que representa el bono demográfico con el que tendríamos que convertirnos en Alemania u Holanda (25-44 años), la informalidad alcanza a casi 5 de cada 10 personas.

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    Sólo el 25% de las empresas privadas tienen dispositivos para prevenir o erradicar violencias en el trabajo y en la mayoría de los organismos estatales no se conforman las comisiones CyMAT y CIOT previstas para mejorar las condiciones laborales.

    A esta altura es donde decimos que los factores de riesgo psicosocial producen 840 mil muertes evitables por año, básicamente asociadas a enfermedades cardiovasculares y trastornos mentales asociados; que estos riesgos provocan la pérdida anual de 45 millones de años de vida ajustados en función de la discapacidad que ocasionan; y que el impacto combinado de muertes y trabajadores secuelados con incapacidades de por vida supone una pérdida mundial del 1.37 del PIB mundial (USD 1.3 billones o 18 PBIs argentinos completos).

    Si estas no son cifras de escándalo es porque lo que se daña generalmente no se ve a simple vista. Se ha convencido a millones de que “no hay plata” ni para daños visibles, de que la salud emocional es un problema personal y de autopercepción subjetiva, y finalmente de que “el loco o la loca es el otro o la otra”. Si no podés trabajar 16 horas por día y salir de pobre sin consecuencias emocionales discapacitantes, la culpa es exclusivamente tuya.

    Según la OIT el 35% de los y las trabajadoras labora más de 48 horas semanales, una conquista que este año cumple 140 años y que la reforma premoderna libertaria acaba de pulverizar permitiendo jornadas “patronalmente sugeridas” de hasta 12 horas. El Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas que dirige el economista y militante político-gremial Claudio Lozano había estimado que en Argentina, 2,4 millones de personas tienen más de un empleo y realizan sobre jornadas de más de 45 horas semanales. Un millón de ellos trabajan pluriempleados entre 13 y 16 horas por día.

    Las jornadas esclavistas, disfrazadas de la libertad de “ser esclavo de la demanda” (Uber, Rappi) son uno de los principales factores de riesgo en la organización del trabajo, con impacto directo en la fatiga y los accidentes y enfermedades laborales. Libres de patrón físico, amos de sí mismos, esclavos de decenas o centenas de clientes, soberanamente autoexplotados y listos para personalizar todos los fracasos. El combo ideal para fabricar entes aislados, nunca revolucionarios, casi siempre frustrados y depresivos. El dolor y la sensación de injusticia por ser una pieza defectuosa de la sociedad del rendimiento: se psicoanalizan, se psiquiatrizan (de haber recursos para afrontarlo), y a la vez se despolitizan.

    Tres de cada cuatro trabajadores de apps tienen otro empleo

    ¿Implosionan en vez de explotar? Da casi lo mismo. Cualquiera de estas dos situaciones, en condiciones de aislamiento o fragmentación de identificaciones positivas y en plena crisis de representaciones sociales -de relatos masivos que no recurran a la dogmática laica del mérito individual (los Macris de la vida) o las teologías de la prosperidad (los Gebels del mercado)-, disuelven la potencialidad transformadora de esas energías.

    En este pasaje de la nota escuchamos un lúcido lamento, un insulto sofocado. Es el de un joven Carlos Marx, que a los 25 años publica en los Anales Alemanes (no, Milei, no esos anales) un texto sobre Hegel en el que reclamaba “hacer la represión real aún más opresiva, agregándole la conciencia de esa opresión”. Eso desataría una “fuerza crítica” compartida por la clase trabajadora, capaz de una “subversión práctica”.

    Pero no es el único que lo lamenta. Queda recluida al museo del 17 de octubre la arenga improvisada de un Perón cincuentón, que les pedía a los trabajadores “únanse y sean más hermanos que nunca, sobre la hermandad de los que trabajan ha de levantarse nuestra hermosa patria”.

    Hoy los que trabajan nutren estadísticas propias de las primeras fases del capitalismo y que atrasan entre 80 y 100 años, y no constituyen una clase según la concepción tradicional marxista, pero tampoco según la dogmática peronista.¿ Y los sindicatos que fustigaban Marx y Engels y que Perón consideraba la columna vertebral de su movimiento? Fragmentados, perdiendo afiliaciones y empeñados en sobrevivir al experimento libertario con seres humanos para seguir conciliando capitalismo y democracia. La fórmula del Siglo XX estirada sobre el XXI: la misma receta pero con un pizca de redes sociales, con un salpicón de IA.

    El auténtico romperse el alma

    Si es inculpable a la vida extralaboral, no hay responsabilidad estatal (aunque los hospitales afronten la demanda por la emergencia en salud mental) ni empresaria, tampoco hay datos. Nadie mide con precisión ni centraliza cifras capaces de justificar políticas preventivas o reparatorias para los que se “rompen el alma” trabajando. El problema es que ni Sigmund Freud ni Alfosina Storni (con menos sustento científico) pudieron mostrar que el inconsciente o el alma sangran. “Alma que sangra y sin cesar delira” escribía la también sanjuanina y maestra (al igual que Sarmiento), mucho antes de suicidarse. Suicidios, otro indicador indirecto de salud mental afectada, a razón de 2 horas en nuestro país, principal causa de muerte en mujeres jóvenes y varones de entre 19 y 25 años.

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    Según un estudio sobre bournout de la consultora Bumeran (2025), Argentina es por cuarto año consecutivo el país con mayores índices de trabajadores quemados de Latinoamérica.

    Y todo en el marco de un país que tiene una Ley de Salud Mental que sólo una vez en 13 años pudo disfrutar de una asignación presupuestaria equivalente al 10% del gasto total en salud (por lo menos) -en el último año del Frente de Todos-, y a muy pocos votos de consagrar una reforma a esa ley que directamente elimina la obligatoriedad de esa inversión.

    A mediados de 2025, la consultora internacional Grow (Género y Trabajo) publicó un artículo titulado "¿Cuán común es la violencia en el trabajo?". Las cifras publicadas pertenecían a una encuesta con un muestro de 3.423 casos en toda América Latina, y el número más preocupante era que el 96% de las personas relevadas vivió o presenció al menos una situación de violencia laboral, entre las cuales predominaron las psicológicas, las sexuales y las digitales. Sólo el 19% las denunció en sus respectivos empleos y el 9% usó canales formales. Más del 50% reveló sufrir impactos en su salud por estas violencias y el 22% fueron despedidos y despedidas por exponerlas.

    Nuestro país se encuentra adherido desde 2019 al Convenio 190 de la OIT para prevenir y erradicar violencias en el trabajo. A casi 7 años de esa adhesión, ¿cuántas empresas públicas y privadas tienen dispositivos institucionales operativos (no manuales de buenas prácticas) para estos fines? Apenas el 25%, y prácticamente ninguno contempla ámbitos paritarios con inclusión de sindicatos representativos de los y las trabajadoras. En el Estado nacional no están conformadas ni operativas las dos comisiones paritarias -Condiciones y Medio Ambiente de Trabajo y Comisión de Igualdad de Oportunidades y Trato- contempladas en el Convenio Colectivo de la APN desde el año 2006.

    Pobres y quemados bien podría haber sido el título de un cuento de Isidoro Blaisten, ese que decía, para alivio de literatos y periodistas, que “escribir es una de las formas de organizar la locura”, esa que suele asolar los oficios terrestres en los que no hay cierre editorial, donde no hay desconexión intelectual. Con más del 30% de trabajadores registrados en la pobreza (un 70% contando los informales), un 25% que no almuerza durante la jornada laboral y 9 de cada 10 que se declaran en bournout, casi que resulta admisible la frase que Blaisten incluye en los créditos de su libro "Cerrado por Melancolía": “no me cure la locura, doctor, es lo único que tengo”.

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