El documental llega al Cine América y desarma la inmensidad de una médica argentina que entregó su juventud a la revolución de Rojava. Sin heroísmos de cartón, el film se mete en los pliegues de una búsqueda existencial que desafía al asfalto de la muerte.
A veces la vida tiene dimensiones tan desproporcionadas que las etiquetas cinematográficas le quedan chicas. Decir que Lêgerîn, en busca de Alina es un documental, es quedarse a mitad de camino.
La búsqueda de la médica argentina Alina Sánchez, fallecida en 2018 en un accidente automovilístico en Kurdistán, fue realmente de película; y lo más potente que demuestra este film es que todavía lo es, porque su historia no terminó en ese choque de mierda en una ruta de Rojava mientras las bombas explotaban alrededor.
Hay un detalle semántico en la película que funciona como un cachetazo conceptual a nuestra herencia occidental: a lo largo de todo el metraje, los compañeros y compañeras de militancia kurdos insisten en usar la palabra "martirización" en lugar de "muerte" o "fallecimiento". No hay ahí un regusto místico o religioso, sino una posición política ante la memoria. Para la causa kurda, el mártir no es el que deja de existir, sino el que se funde en el territorio y en la lucha colectiva. Alina no murió; se corporizó en las cooperativas de salud que ayudó a parir. Los mismos militares kurdos que prestan su testimonio frente a cámara lo asientan sin titubear: "Continuaremos peleando por cumplir sus sueños".
Esa obstinación por el futuro se entiende desde la potencia de su "nombre de guerra": Lêgerîn, que en kurdo significa, precisamente, "búsqueda". Y ahí es donde la película nos espeja a todos. Hay cuestiones de esa búsqueda existencial que, en mayor o menor medida, todos asumimos durante nuestra vida. Nos movemos por los márgenes de este planeta que nos contiene con tantas posibilidades que se nos vuelve evidente una certeza: es imposible una sola existencia para experimentarlas todas. Alina Sánchez lo sabía y por eso multiplicó su geografía, saltando de su Córdoba natal a la formación médica en Cuba, para terminar abrazando la revolución de las mujeres en Medio Oriente.
Todos los condimentos de esa intensidad se exhiben en esta obra sin golpes bajos ni heroísmo forzado. Se logra un equilibrio delicado que va desde el miedo parental y la comprensión maternal, pasando por el recuerdo de los amigos de la infancia, el asombro de los que la vieron una sola vez y aún la recuerdan, hasta la admiración de quienes ni siquiera la conocieron personalmente.
Así, el film nos permite reconstruir un semblante nítido de esta médica que, en apenas 31 años, plantó una cantidad de semillas en Argentina, Cuba y Kurdistán que todavía hoy florecen. Son brotes tercos, que se resisten a ser calcinados como esos árboles bombardeados que fogonearon su ánimo en favor de esta revolución. Se puede ver en el Cine América este viernes 22 de mayo a las 20:00, vayan










