"La mujer que saltó", la última novela del escritor santafesino Juanjo Conti, es el diario de un hombre a la deriva en un país extraño, solo y confundido, a quien solo le queda escribir.
Por Norberto Velázquez.
“La mujer que saltó”, la novela de Juanjo Conti (Editorial 7vidas, Santa Fe, 2026), cuenta la historia de un viajero perdido por partida doble: primero, a causa de una desgracia reciente —estando de vacaciones, y sin previo aviso, su mujer saltó por la ventana—, y segundo por el hecho de haber quedado a la deriva en un país extraño, por el que se aventura sin destino fijo mientras la soledad lo invade con sus preguntas. ¿Por qué no saltó él también?
El estilo del autor supone ese mismo juego evanescente: el de la fuga o la fugacidad de sentido ante lo obvio, ante lo que aparece sin permiso y deviene en caos. Con una escritura que por lo fragmentaria se vuelve fluida (a causa de su conocida lógica paradojal), el narrador nos cuenta con retazos una historia que no lleva a ninguna parte.
En todo caso, lleva a sí misma: la escritura se detiene y vuelve a empezar, así como inexplicablemente se reanudan los días del protagonista, un matemático al que le falló el cálculo. Pero la falla le permite empezar de cero la próxima vez; o desde cero, allí donde algo no está. ¿Cómo escribir sobre lo que no tiene sentido? ¿Con qué propósito? Justamente, para cercenar con palabras algo de ese misterio.
"La mujer que saltó" es un fiel retrato de una experiencia literaria que invita a meterse en la mochila del personaje y transitar con él por estaciones de trenes en busca de respuestas. Línea tras línea, de ramal en ramal, es imposible no sentir que acompañamos a un hombre solo y confundido, que despierta cada mañana sin reconocer con claridad los motivos de su existencia. Pero escribe, así como lo hace Juanjo Conti, para significar aquello que es un problema, para ordenar el desorden de la vida. Porque para escribir sobre aquello que espanta hay que escribir desde el filo del abismo.
Allí donde el tiempo y el espacio son un fiasco, allí donde la majestuosa Europa se cae a pedazos, y un hombre se desvanece en preguntas, solo queda escribir para poder hacer del mundo un lugar más habitable. Al terminar la novela, uno tiene la sensación de que ha hecho un amigo, no solo por el estilo amable del autor, sino también porque cada línea, cada expresión, e incluso cada espacio vacío entre capítulo y capítulo, nos sumerge en la intimidad de un hombre que se pierde para encontrarse.






