Caóticos e irreverentes, la música de Los Rogelios no se deja encasillar en ningún género: tanto arriba como abajo del escenario, les gusta jugar con sus propias reglas. Cada uno de sus shows es una aventura resumida en uno de sus mantras: "Rogelio sos vos, Rogelio somos todos".

Por María Victoria Gómez.

Presentar a Los Últimos Rogelios solo como una banda sería demasiado escueto. Sus comienzos se dieron en plena pandemia y terminaron de ver la luz a mediados de 2022. O sea, nacieron en medio de un lío bárbaro. Y quizás “lío bárbaro” es una gran manera de empezar a hablar de ellos.

—Yo andaba repartiendo una convocatoria que hasta tenía bandas de ejemplo para cazar gente —dice Martín Suárez, el armador y vocalista de la banda—. Puse "se busca baterista para banda con influencias como The Cure o Él Mató" y otras bandas más, que no son las que más me gustan, no quería sonar así ni quiero sonar así, y no lo digo despectivamente. Pero eso capaz sirvió, porque me escribieron un par de personas y, entre ellas, una amiga que me dijo "escribirle a este pibe" y me pasó el link de uno tocando en la batería un tema de Dave Brubeck que se llama "Take five", y ahí le escribí a Mati. Y después el proceso fue el mismo con todos los demás, me junté con cada uno para contarle el proyecto.

Decir que sus recitales son solo música es meterme en otro brete. Sus presentaciones son musicales, sí, pero también teatrales. En general, el grupo de actores que los acompaña responde a una temática acorde a la fecha; por caso, en una edición del “Especial Gastro” reivindicaron a los trabajadores gastronómicos a partir de la representación de chefs y mozos, y en el último “Rogelio Solidario”, recital a beneficio del Hospital de Niños, los actores se caracterizaron como infantes. Si bien arengan a quienes quieran sumarse para realizar actuaciones amateurs en sus recitales y creen que la inclusión del teatro es a modo de diversión, hay cierta profesionalidad: algunos de los actores y actrices tienen formación en artes escénicas y la mayoría de las presentaciones están capitaneadas por Gastón “Firu” Álvarez, director y creador de la compañía teatral Tuercas Sueltas Teatro.

Pero también es un inconveniente decir que son sólo una banda de rock. Una banda que nació caótica e irreverente, que encuentra cómico usar un nombre de pila, Rogelio, en la composición de su nombre, que le divierte crear su propia productora, Fantástica Falafel, y que no se siente cómoda en las complacientes casillas de géneros y subgéneros que existen, decide, por eso, crear un género propio: rock esquizocriollo. “Lo definimos como ‘esquizo’ porque la mente cambia sin pedir permiso y ‘criollo’ porque seguimos hablando de las cosas que nos pasan”, asegura Martín.

Rogelios
Foto: Martina Vicente

Armen bandas, hagan amigos, adopten perros

Santa Fe vive un gran presente como meca de bandas independientes. Al ser una ciudad capital, propicia el encuentro de jóvenes estudiantes o trabajadores que vienen a probar suerte desde otros lares. Hay algo de ello en la historia de la banda: Martín es entrerriano y reside en Santa Fe desde hace varios años y conoció a Luciano, el guitarrista, cuando trabajaron juntos como mozos.

—Yo laburaba en un bar muy mierdoso. En realidad, cuando abrió estaba muy bueno y después se fue cagando. Empezaron a demorar en pagar, nos empezamos a ir de a uno y después se vino abajo. Pero bueno, ahí lo conocí a Lucho, estamos cortados por la misma tijera. Y me acuerdo de que me dijo que tocaba la guitarra y yo estaba armando la banda y le conté, y en mi mente no importaba si tocaba bien o mal. No importa si sabe de verdad tocar la guitarra o si sólo sabe dos acordes, porque yo le voy a enseñar y va a tocar conmigo, porque esta persona tiene que estar en la banda.

Cuando pienso en otras razones por las que Los Rogelios —como nos gusta llamarlos— surgieron en Santa Fe, encuentro varias, pero quizás la más evidente es que el “sello rogelio” comparte características con esta ciudad-pozo, con la tierra de la cumbia y el porrón. La banda es sinónimo de carisma, de despliegue libidinal, de color, de alegría. Quienes fuimos a muchos de sus shows o quienes asistieron solo una vez saben de qué se trata cuando hablo de su magnetismo.

Rogelios
Foto: Martina Vicente

Cada show tiene como condimento el efecto sorpresa. En alguna de sus fechas vi con cara de estupor al amigo de una amiga cuando escuchó gritar a una chica y yo, muy canchera, le dije: “tranqui, es una de las actrices”; pero en ese mismo show yo misma quedé perpleja cuando subió un muchacho con la remera de Colón a tocar el arpa en alguna canción, o cuando tiraron al público un colchón intervenido con la gran muletilla rogeliana: ARMEN BANDAS.

En todos los recitales de Los Rogelios hay una puesta en escena, una decoración minuciosamente pensada: sangre ficticia, maquillaje, teléfonos analógicos, témperas, vestuarios extravagantes, un menú rogelio, frutas y caramelos arrojados desde el escenario. En general, es realizada por ellos mismos, o por su “cooperativa de trabajo”, como describe Martín: sus familiares, sus parejas, los amigos de los primeros shows y los que se fueron sumando en el camino. Son quienes los ayudan en cada detalle de sus presentaciones: la escenografía, el bufet, el traslado de instrumentos, los registros fotográficos y audiovisuales.

Me gusta decir que en la experiencia rogelia hay que entregarse, hay que abandonar la solemnidad y abrazar todo ese absurdo sin vergüenza. Y creo, como observadora y participante, que es algo fácil: el público los ve y se desinhibe, crea una afinidad inmediata, algo que se nota en los bailes, en los pogos y en las historias de Instagram que comparte la propia banda en las horas posteriores.

Ácido y picante pa’ activar el aguijón

Los Últimos Rogelios serán los primeros siempre que se trate de una causa justa. Como si del aguafuerte se tratara, la técnica de impresión usada a principios del siglo XX que dio nombre a los textos periodísticos de Roberto Arlt, en estos cuatro años los Rogelios también han dejado impresiones, dibujando su propia cartografía de la ciudad a partir de la organización de eventos en nodos culturales del microcentro, pero también en vecinales de barrio, como en Fomento 9 de julio o en el mítico Centro Cultural y Social El Birri.

No es arbitrario que se hayan sumado a los shows posteriores a la segunda Marcha Federal Universitaria en 2024 en el Rectorado de la UNL, o que hayan participado en las dos últimas ediciones de la vigilia por la memoria, evento organizado previo al 24 de marzo por HIJOS y NIETES. Incluso, decidieron cerrar su 2025 con un concierto benéfico para la fundación del Hospital de Niños Dr. Orlando Alassia, justo en un año que estuvo signado por la lucha de los médicos del Hospital Garrahan frente al desfinanciamiento llevado adelante por el gobierno nacional.

No es casualidad que hayan reivindicado a los trabajadores gastronómicos, que entre su público haya jóvenes laburantes con pluriempleos y estudiantes y que nos identifiquemos con sus arengas cuando dicen “no se dejen basurear en ese laburo”, “no necesitan ir a Buenos Aires para escuchar buenas bandas” o “cuídense entre ustedes”.

En palabras de Martín, “para nosotros la manera de hacer que las cosas pasen es de forma independiente, es más entretenido, porque cuando vos organizás eventos en los que está involucrado el Municipio o los peces gordos de la cultura, siempre tenés que jugar con sus reglas, y nosotros al hacer las cosas independientes jugamos solo con las nuestras”. Jugar con sus propias reglas significa, también, abrir camino para bandas que recién comienzan cuando los invitan a formar parte de la grilla de sus shows, o poner como condición para tocar en el escenario más grande de la ciudad que la entrada sea gratuita.

Rogelios
Foto: Martina Vicente

La Auténtica Aparición

“Los relatos de Arlt confirman que buscó siempre la narración en las formas duras del melodrama y en los usos populares de la cultura", dice el análisis de Ricardo Piglia sobre el estilo arltiano; "sus relatos captan el núcleo paranoico del mundo moderno”. Me gusta encontrar paralelismos y pensar que, salvando las distancias, hay nuevos Arlts tratando de retratar la época en la que les tocó vivir. Permítanme esta sentencia: Los Últimos Rogelios son muy arltianos.

El 8 de junio del año pasado lanzaron su primer disco, La Auténtica Aparición, compuesto por diez canciones. En sus letras juegan con metáforas y elementos absurdos, sórdidos, freaks: "Estuvimos abajo masticando el anís / malos trabajos, carne de cabra / abracadabra dijeron los chinos / Usamos las fosas que cavan los gringos / almíbar celoso de invisible sabor / ¡Nacemos valientes y morimos suicidas!". Lírica descabellada e incoherente para retratar y retratarse como lúmpenes, como tipos de los márgenes. Sin embargo, no dejan de ser letras profundamente mundanas. Al igual que en la esencia del género aguafuerte, hay una alternancia entre lo real y las subjetividades del mundo literario.

Los paralelismos con Arlt no están solo en las canciones. El universo rogeliano es difícil de encasillar y es distinto a sus contemporáneos. Lo que comenzó por la avidez y el deseo de un desconocido intercambiando mensajes en Instagram y con unos primeros encuentros, terminó constituyendo un colectivo cultural indómito.

Los Últimos Rogelios forjan un sentido de comunidad muy fuerte. Nos reúnen, nos hacen bailar. Nos dicen “Rogelio sos vos, Rogelios somos todos”, en ese enunciado que me encanta porque desafía hasta a la metafísica. Gracias, Rogelios: por su desfachatez, por negarse a ser solemnes, por ser uno con su público y por ponerse al hombro la loable tarea de divertirnos en estos tiempos fríos y violentos.

Los Rogelios se presentarán el próximo sábado 13 de junio a partir de las 20 en el Centro Cultural y Social El Birri (Avenida General López 3698), junto a La Bicha (Buenos Aires) y Salas Velatorias (Córdoba). Las entradas pueden conseguirse escribiendo al Instagram de las bandas.

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