"Sentada en la casa de Ezequiel Alemián me sentí como cuando navegaba por el viejo internet: a la deriva absoluta en un mar de conocimiento", dice Laura Cerioni, que aquí reseña su último libro, “El trabajo de Rimbaud”.
Por Laura Cerioni.
Si esto es tecno feudalismo, vayan por su clérigo.
Internet lleva muriendo un par de años. Es el fin de una era, al menos para quienes la conocimos a través de un módem que se conectaba vía dial-up a 9600 bps, porque eso que llaman internet, ya no lo es.
El “internet muerto” ya no es una teoría de las profundidades de YouTube: es palpable. Si antes era un parque enorme con mil recovecos, millones de lagos y atrios donde pararse a recitar, sentarse a escuchar y husmear sus bibliotecas abiertas; hoy es una plaza cualquiera de CABA enrejada por el macrismo —no importa cuál generación—, con un policía en un cuatriciclo con luces azules titilantes, 84 carteles con indicaciones y tres candados en cada uno de los ingresos. Es el fin.
Como alguien que entendió que ese flujo de conocimiento era vital, siempre me preocupó el final y me anticipé a este evento. En mi imaginación, hace años que el futuro es analógico. Y claro, todos sabemos que el futuro es hoy. Lo comprobé porque sentada hace tres días en la casa de Ezequiel Alemián me sentí como cuando navegaba por el viejo internet: a la deriva absoluta en un mar de conocimiento. Imposible contar las ventanas abiertas e indexar contenidos; él mismo se niega por parecerle "muy snob". Es que Alemián lee desde los 15 años. La matemática no es mi área, pero si nació en 1968, estaba sentada ese día frente a alguien que lleva 43 años incorporando millones de páginas reales, nada de burbujas dot-com.
Podemos decir también que Ezequiel Alemián empezó a twittear antes de Twitter. En su libro Rayar, escribe una frase cada día de su vida "que no pueda ser corregida ni descartada". El experimento empieza el 19 de abril de 1999 y llega al miércoles 30 de noviembre de ese año. Cada línea construye la salida de su viejo mundo, como si caminara un escalón a la vez para lanzarse, casi sin saberlo, de lleno y exclusivamente a la literatura.
La más peligrosa me atraviesa: "hacer las cosas para demostrarse que uno puede hacer lo que no quiere, o teme, olvidándose o postergando aquello que uno realmente desea, hasta que ese deseo se pierde de vista".
Me trabo en postergando. Lo escribo mal tres veces. En fin, bear with me. Espérenme.
No quiero que abandonen este texto, así que lo hice por uds: "Twitter fue creado el 21 de marzo de 2006. Ese día, su cofundador Jack Dorsey publicó el primer mensaje en la historia de la plataforma —conocido como tuit—, que decía: 'just setting up my twttr'".
Nada mal, ¿no? Pareciera natural entonces que en 2026 Alemián pueda clickbaitear un libro entero. El trabajo de Rimbaud, editado por Nube Negra, recién salido de imprenta en marzo de 2026, tiene ese efecto. No quiero spoilearlo. Me niego.
Sobre la operatoria y la metodología creo que es la gracia que garantiza el disfrute de su lectura. Pero tengo que entregar algo, así que me permito el vínculo con todo lo que seguro no sé: ¿Cuál es la referencia a esa otra vida? ¿Qué pasó en el medio? ¿Cómo lo hizo?
En el trabajo de Rimbaud se cuelan algunas respuestas. "Pasaba por la librería los sábados al mediodía, quizás porque durante la semana trabajaba demasiado y no me desviaba del recorrido que me llevaba de mi casa al diario en que escribía y del diario en que escribía a comer y a mi casa". "Que trabajaba demasiado quiere decir que de esa manera tendía a convertirme en alguien específico en quien de todas formas finalmente jamás podría llegar a transformarme. Tendía a ser otro, pero otro inaceptable, con quien no podría reconciliarme".
Solo diré que Alemián adquiere el objeto de su libro “en una situación de vida completamente distinta” y escribe sobre él ya habiendo cruzado ese umbral.




