"Apuntes de una mediadora de lectura", nuevo libro de Cecilia Moscovich

cecilia moscovich
Cecilia Moscovich.

En su nuevo libro publicado por Ediciones UNL, Cecilia Moscovich sistematiza dos décadas de militancia cultural, talleres en el territorio y expediciones poéticas. Un recorrido indispensable por el acceso al libro como derecho humano, las bibliotecas andariegas y la invención de mundos colectivos.

Después de despacharse en varios registros literarios, Cecilia Moscovich entrega con este título una suerte de ensayo que goza de un tono dócil, que se puede transitar como un compendio de lecciones pero también como una colección de escenas didácticas. Esa ambivalencia se nutre formalmente, tanto de su experiencia como docente y mediadora de lectura y de su recorrido como lectora, sí, pero a nivel general abreva también de su recorrido integral como ser humano interesado en lo que el mundo deja a disposición suya, pues de todas las vivencias podemos extraer enseñanzas o nociones que nos mantengan en el renglón.

Así lo confiesa ella misma en las primeras páginas de este volumen perteneciente a la colección Itinerarios de Ediciones UNL: "En este libro intento socializar —a través de esa extraña y difícil artesanía que es la escritura— experiencias, pensamientos, ideas, enfoques, recursos, herramientas, que fui encontrando en mi camino". Y esa artesanía no es otra cosa que el sedimento de una trayectoria donde dialogan maestros como Graciela Montes, Laura Devetach, Michèle Petit, Paulo Freire y Gianni Rodari, pero también los ecos de canciones, viajes y encuentros territoriales que van marcando el ritmo de su prosa.

La democratización del libro y la chispa del encuentro

Echándonos propiamente sobre el contenido del texto, podemos aventurar el siguiente recorte: del capítulo 1 al 3 tenemos un desarrollo de lo que la mediación de lectura implica y de las distintas formas que hay de lo que alguien que media lecturas hace, o sea una definición. En estos apartados encontramos definiciones y postulados, declaraciones de principios que son esenciales para dimensionar la tarea, yendo desde el acceso al libro como un derecho humano hasta la importancia de atender a las historias que nos cuentan nuestros mayores.

En ese tramo inicial, Moscovich desarma la sola presencia física del objeto impreso para poner el foco en la trama social que lo sostiene. "A través de los libros (...) conocemos lugares a los que nos dan ganas de viajar, profesiones que nos dan ganas de tener, actitudes que queremos imitar", nos recuerda, mientras deja en claro que la cultura escrita es la puerta de entrada al ejercicio pleno de la ciudadanía. En un país donde los precios del mercado editorial suelen levantar fronteras invisibles pero concretas, la mediación aparece como esa otra cara de la moneda indispensable: la que garantiza que los libros no duerman un sueño eterno en cajas o estantes.

Ahí es donde la autora perfila la figura del mediador no desde el pedestal académico o civilizador, sino como un facilitador de la hospitalidad y el deseo. Para Moscovich, un mediador es "alguien que genera las condiciones para que el deseo de leer se abra paso". Un celestino entre las personas y los textos que sabe poner sobre la mesa una alfombra a medida para que cada cual explore a su ritmo.

Ese trabajo de campo cobra carnadura cuando la autora rememora proyectos germinados en nuestra geografía litoraleña. Aparece la experiencia de Pescando lectores con los jóvenes de Alto Verde, las intervenciones en los pasillos de la Escuela Normal N° 32 de Santa Fe impulsadas por bibliotecarias comprometidas, o el minucioso rescate de la memoria oral en Lo escuché por ahí. El punto más alto de este rescate identitario se condensa en el recordado Bestiario de las islas, ese trabajo colectivo que puso en valor el patrimonio cultural y natural del valle de inundación del Paraná, demostrando cómo los mitos sobre la Mujer de Blanco, el Ceibo Ardiente o el Lobisón conviven con la sabiduría costera de los pescadores.

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Mapeos artesanales y la poesía sobre ruedas

En el segundo momento, capítulos del 4 al 6, ya podemos hablar, si se quiere, de una larga ejemplificación de modelos que a través de distintos planteos, buscaron asegurar ese derecho humano del que hablábamos antes. En el caso de las distintas bibliotecas ambulantes dándose mañas a medida de las geografías que las desafían o en el caso de las editoriales cartoneras, nutriéndose del contexto socioeconómico (también favoreciéndolo) que atraviesan los pueblos.

En el capítulo 4, el objeto libro recupera su dimensión táctil y política. Moscovich repasa la irrupción de las editoriales artesanales y la revolución de Eloísa Cartonera en plena crisis del 2001, un fenómeno que desarmó la jerarquía de la producción industrial para demostrar que con los cartoneros como proveedores, con témperas y una fotocopiadora se podía democratizar la palabra. También recupera la cocina de los fanzines, la imprenta manual con tipos móviles y el activismo de proyectos como Barba de abejas de Eric Schierloh o la local Vera Cartonera.

El capítulo 5 despliega un verdadero inventario de la resistencia andariega: las bibliotecas ambulantes que cruzan geografías en barco, bici, lancha o a lomo de animales. Desde la Bibliolancha de Quemchi en Chiloé hasta las experiencias locales como El carrito de los libros de Acción Educativa, Abracuentos, el Lectobus, la combi Doña Galinda, o la propia Biblioteca Rodante Tacuarita conducida por la autora.

Hacia el final, algunos tips, algunos deseos y el final abierto a este oficio que implica tantas aristas como situaciones posibles pueden darse (solo el Doctor Strange podría enlistarlas todas) conforman la promesa irrenunciable de Moscovich en esta causa que tiene que ver tanto con la disciplina literaria como con el encuentro, el trabajo artesanal, la organización cooperativa y al movimiento de la palabra de mente en mente.

El capítulo 6 propone una auténtica "caja de herramientas" para el tallerista: desde la física de los susurradores, el dominó de rimas y los dados de la generala de palabras, hasta el uso del teatro de papel kamishibai, los frascos clasificadores de adjetivos, los herbarios y los haikus. Todo un arsenal poético puesto al servicio de afinar la escucha y "hacer algo con el asombro". Apuntes de una mediadora de lectura no es solo un libro sobre libros; es una invitación a prender fuegos colectivos en un mundo que a veces insiste en apagarlos.

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