—¿Por qué no tocás La balsa?

—No me hagas cantar eso, por favor.

—Dijiste un tema comercial ¿no? Además, es tuya La balsa.

—No, voy a cantar este...

—Además es tuya La balsa.

—No, no tiene nada que ver...

—Lo compusiste vos, en el baño de La Perla de Once. En el baño de La Perla de Once compusiste La balsa. En el baño de La Perla de Once compusiste La balsa. En el baño de La Perla de Once compusiste La balsa.

La escena es más que conocida, así como las derivas, leyendas y exhumaciones jurídico-policiales-estéticas de la canción que fue considerada por la Rolling Stone y MTV como la mejor del rock argentino de todos los tiempos.

El que repite tres veces la frase es Javier Martínez y a la segunda, Tanguito, intimidado, empieza a tocar los acordes al ritmo del fraseo del baterista de Manal. La calumnia o el escrache ya se habían consumado y llegando a los '90, cuando se empezó a comentar la inminente filmación de Tango Feroz, las brasas de la injuria se hicieron incendio.

En aquel tiempo conseguí un cassette grabado de Tango y lo gasté escuchándolo a la vez que odiaba a Litto Nebbia por haberle robado la mitad de los derechos, por habérselos comprado por un sánguche, según la versión más canallesca. También coleccionaba con fascinación las anécdotas alocadas y borders del mítico roquero que la historia por fin estaba a punto de poner en su justo lugar.

Las versiones son demasiadas, pero se supone que el asunto, en efecto, empezó en el baño de La Perla o en el infinito pasillo que conducía hasta ahí. Nebbia se hartó de contar que Tanguito le dijo que tenía el principio de un tema que no sabía cómo continuar y que él supo cómo hacerlo. Esto sucedió el 2 de mayo de 1967 y a los dos meses salió el disco simple de Los Gatos que vendió 250.000 copias y el resto ya se sabe, La balsa. También se sabe que, aunque en el primer disco no figuraba el nombre de Tanguito (ni José Alberto Iglesias, ni Ramsés, ni Ramsés 7mo, ni Donovan, ni Susano Valdez, ni Drago) el tema fue registrado en SADAIC a nombre de los dos y en poco tiempo por primera vez cobró un montón de plata que se patinó comprándose ropa, guitarras, tocadiscos y casi todos los discos de una disquería que luego olvidó en el taxi o tuvo que dejar como forma de pago al escapar, tal como era su costumbre.

Los músicos y entendidos no dudan de que los acordes, la melodía y el eco de Bossa Nova que resuena en La Balsa, son pruebas concluyentes de la coautoría, mejor dicho, del aporte musical de Nebbia. En el fondo, creo que la discusión no se trata de autoría, ni de plagios, ni de herencias, sino del espíritu mismo de la canción, el método versus el delirio, el orden versus el caos, el éxito versus la autodestrucción, una tensión imposible de resolver: la luz y la oscuridad.

Las versiones de cada uno refuerzan la sospecha y el resquemor. Escuchadas hoy, la de Los Gatos es prolija, educadita, etérea, casi optimista. La versión de Tanguito no se puede escuchar fuera del contexto de esa grabación precaria que es su disco Tango, editado póstumamente. Su voz desgarradamente pura, rasposa, melancólica y final, es una voz que suena a Once a las cinco de la mañana, cuando ya no queda nadie y el viento arrastra hojas de diarios por la avenida. Creo que tiene algo de la voz de Kurt Cobain en el famoso unplugged. Quizás ninguno de los dos está frente a un micrófono, sino espantando los fantasmas con los pies colgados del abismo. Quizás ninguno está cantando sino dejando un mensaje en una botella, cuando saben que es tarde para cualquier rescate, un mensaje que solo dice “yo estuve acá, y así dolió”.

Alguna vez leí que Tanguito era un drogón para los que se drogaban, también un lumpen para los intelectuales, un grasa para los snobs, un burro para los músicos. Tanguito era un negro, por eso usaba una media en la cabeza y se planchaba el pelo, porque vivía en el mundo de los Beatles y los Rollings. Tanguito era negro, tenía rulos y labios anchos de negro. La palabra tango en el río de la plata tiene origen en el baile de los negros esclavos. Tanguito ganó ese apodo, bailando rockandroll donde se bailaba tango. “Bailate un tanguito” le decían, ese era el chiste. La madre de tanguito era negra, la abuela de tanguito era caboverdiana. Tanguito venía de la pobreza y el barro, su casa quedaba lejos, muy lejos de la cocina de lo que hoy se llama rock nacional, eso que con su guitarra criolla al hombro también ayudó a inventar. En palabras de Miguel Grinberg: “por haber sido testigo de los buenos momentos de Tango, se me ocurre que Moris, Litto y todos aprendieron de Tango a cantar en castellano. Es una fantasía que no puedo corroborar, pero tengo la sensación de que Tango fue el referente".

Para aportar a la confusión agregaré lo siguiente. Un viejo limón, protagonista de aquellos años y andanzas venenosas, con el que tuve que convivir algún tiempo, me contó algo que ya sabía y es que en su último y derrumbado tiempo Tanguito se picaba anfetaminas. También me contó algo que no sabía y es que el nombre farmacéutico de las anfetas era metedrina y que sus usuarios o pinchetos le decían metedra. Entonces, según su exégesis o conocimiento de causa, donde la letra dice “madera”, la versión original decía “metedra”. También hay que reemplazar balsa por metedra en “con mi balsa yo me iré a naufragar”. Cierta o no, la versión es verosímil y bastante inquietante. Cada vez que suena la canción me acuerdo de esto y recuerdo que Nebbia cambió “mundo de mierda” por “mundo abandonado”, lo cual especialmente en un baño, no deja de ser un alivio metafórico. Se me ocurre también que es justamente la metáfora del naufragio y la balsa, la madera que sostiene a flote la canción a través de las décadas, la que permitió a nuestro rock salir de la cueva y la que nos ofrece un respiro cada vez que parece que el agua nos llega al cogote.

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