Solos, silenciosos y angustiados. El suicidio creció en 2025 un 22%, es la principal causa de muerte violenta en el país y el 78,6% fueron varones, con mayor concentración entre los 18 y los 34 años. ¿Cuáles son los sufrimientos y mandatos en ese momento de entrar al mundo laboral? ¿Qué pasa con el sistema de salud?
Por Instituto Masculinidades y Cambio Social
Agustín tiene 31 años, terminó la secundaria, hizo un curso de gasista pero no puede ejercer porque sacar la matrícula cuesta más de lo que gana en un mes. Trabajó seis años en una fábrica que cerró; después hizo changas en una app de delivery y en un local que le pagaba una miseria y con atraso. A los 28 años se separó porque no llegaba a aportar nada para la casa. Tiene una cuenta en el banco embargada y otra deuda con la familia de la que nadie habla. No fue nunca al psicólogo, un par de veces pensó en pedir turno pero nunca hizo la llamada. En un grupo de Telegram sobre inversiones encontró gente a la que le pasaba exactamente lo mismo que a él. Ahí, dicen que si te esforzás y seguís los pasos indicados en sus mentorías, podés salir adelante, recuperar el valor y hasta ser tu propio jefe. Pero para costear esos cursos debería pedir prestado; más deudas. Nadie en su entorno cercano sabe bien lo que le está pasando ni cómo se siente. Él tampoco tiene las palabras o recursos para explicarlo ni para pedir ayuda.
Agustín no es un caso real, pero es, casi con exactitud, el perfil que describen quienes trabajan sobre los casos detrás de las estadísticas de suicidio de 2025: varón, entre 18 y 34 años, atravesado por precariedad laboral y endeudamiento, por el aislamiento vincular y la soledad no deseada, sin paso previo por el sistema de salud, y buscando en el mercado financiero una salida individual a un problema que es colectivo.
Suicidio, una cifra que no para de crecer
En 2025 se registraron en Argentina 5209 suicidios, un 22,6% más que el año anterior y la cifra más alta desde que existen estadísticas comparables en el país, según el Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC). La tasa nacional llegó a 11,8 casos cada 100.000 habitantes, por encima del promedio mundial que informa la Organización Mundial de la Salud. Desde 2023 el suicidio es la principal causa de muerte violenta en Argentina: en 2025 casi triplicó a los homicidios dolosos.
Del total de las víctimas, el 78,6% fueron varones, con mayor concentración entre los 18 y los 34 años. No es una novedad que los varones encabecen esta estadística. Desde hace años, la brecha respecto a las mujeres es sostenida y refleja un fenómeno estructural. En la provincia de Buenos Aires, por ejemplo, la proporción de entre cuatro y cinco varones fallecidos por cada mujer se sostiene invariablemente desde 2017. Lo que sí cambió es la magnitud del aumento y el cambio en la edad de las víctimas. Si en 2019 un estudio de UNICEF ubicaba la mayor prevalencia entre los 15-19 años, hoy esa franja se corrió a los 20-34 años.
El dato obliga a preguntarnos qué pasa cuando esos jóvenes terminan la escuela o dejan la secundaria e intentan insertarse en el mundo laboral, justo donde aparece la mayor dificultad para imaginar un horizonte. Y, sobre todo, ¿qué pasa cuando ese mundo se les presenta como conflictivo?, ¿con quiénes hablan?, ¿cómo afrontan las dificultades?. En fin, ¿cómo tramitan el dolor los varones? Sabemos cómo mueren muchos de ellos; sería bueno que eso nos ayude a pensar cómo viven, o qué haría que desearan seguir viviendo.
Hay, además, un dato que suele quedar en segundo plano detrás de las cifras generales y que para nosotros es la clave de lectura más útil. Las mujeres registran más intentos de suicidio que los varones, pero los varones consuman el hecho con mucha más frecuencia. Parte de la explicación tradicional sobre este dato está en el método, estadísticamente más letal entre ellos. Pero hay otro factor, muchas veces invisible para los números fríos, y es que, en la enorme mayoría de los casos, los varones que mueren por suicidio nunca habían tenido contacto previo con el sistema de salud. Entre las mujeres, en cambio, la mayor frecuencia de intentos genera más instancias de consulta, posibilidades de detección y de intervención posterior (inclusive, aunque no esté presente en los datos estadísticos, más instancias de diálogo con familiares o amigas). No es solo que “los varones no pueden pedir ayuda” porque no tienen permitido socialmente mostrarse vulnerables, es que buena parte de ellos no llegan al sistema de salud, salvo para engrosar las estadísticas de mortalidad.
Un mandato inalcanzable, por el que se deja y quita la vida
¿Por qué ahora los varones se suicidan más y por qué lo hacen en mayor medida entre los 20 y los 34 años? La hipótesis que manejamos observa lo que está sucediendo desde hace tiempo con las trayectorias de los varones como una tensión. El mandato de masculinidad hegemónica –proveedor y exitoso, protector y autosuficiente, omnipotente y temerario, con restricción emocional como condición de pertenencia– aunque a veces nos cueste creerlo parece seguir intacto, sin embargo, las condiciones materiales que alguna vez lo hicieron alcanzable se degradaron. Durante décadas existieron empleos más estables y mayores posibilidades de proyectar una vida. Hoy esas condiciones cambiaron, pero el mandato permanece. La masculinidad sigue subjetivando a los varones para alcanzar posiciones dominantes, cuando viven cada vez más hundidos en la precariedad material, vincular y emocional. Cuando el mandato no se cumple, aparecen la frustración, el fracaso y, en algunos casos, el derrumbe.
El contexto económico no es un dato aislado si pensamos en estos términos, es más bien la trama sobre la que se arma y robustece esa frustración. El deterioro del mercado de trabajo acompaña ese diagnóstico. Según una nota de elDiarioAR que releva datos del Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA) y del INDEC, desde noviembre de 2023 se perdieron 314.000 puestos de trabajo formales y la desocupación cerró 2025 en 7,5% –el nivel más alto desde la pandemia–, con casi 1,7 millones de personas sin conseguir empleo. La misma nota cita el informe sobre Nivel de Endeudamiento de los Hogares Argentinos (marzo de 2026): el 91,7% de los hogares mantiene al menos una deuda activa y el 23,5% acumula tres o más deudas simultáneas, el doble que un año atrás, con una mora del 40% entre los jóvenes de 18 a 30 años, la más alta de todos los grupos etarios. También recoge un dato de la Facultad de Psicología de la UBA: el 55,9% de quienes atraviesan una crisis personal la asocia a motivos económicos, por encima de las crisis vitales o familiares, con el mayor riesgo suicida concentrado entre los 18 y los 29 años.
Aun ante la contundencia de estos datos, no es posible reducir el sufrimiento subjetivo a una ecuación de indicadores macroeconómicos. En este sentido, queremos destacar que, cuando el valor personal queda atado casi exclusivamente al rendimiento y la autosuficiencia, la pérdida del trabajo, la imposibilidad de saldar una deuda o sostener un proyecto de vida no configuran solamente problemas de orden material, sino un quiebre en el lugar que los varones creían tener asegurado en el mundo. La "razón de masculinidad" en las tasas de suicidio no puede explicarse únicamente por factores individuales, sino por procesos sociales y económicos que condicionan de manera distinta la forma en que varones y mujeres tramitan el malestar.
Cuando pedir ayuda se lee como debilidad
Los mandatos de restricción emocional y de autosuficiencia tienen un correlato concreto en cómo los varones se relacionan –o no– con el sistema de salud. Desde la infancia se les enseña que pedir ayuda, expresar miedo o tristeza y reconocer limitaciones son signos de debilidad y feminización. El resultado termina siendo una suerte de “analfabetismo emocional”, es decir, una dificultad creciente para identificar, nombrar y comunicar ciertos tipos de emociones y afectos, que valida casi exclusivamente la irritabilidad y el enojo como respuestas aceptables al malestar.
Eso tiene efectos directos en las trayectorias de salud. Los varones consultan mucho menos que las mujeres y suelen acudir bajo una lógica de urgencia. Cuando el síntoma ya es intolerable. En el ámbito específico de la salud mental, el estigma se profundiza –persiste la idea de "estar loco" o "no poder solo" como las causas para iniciar una terapia–, lo que empuja la consulta profesional al último recurso, cuando el malestar ya está agravado y las redes informales de apoyo fallaron o nunca se activaron.
A esto se suma un sesgo institucional: los equipos de salud suelen operar sobre modelos de diagnósticos construidos a partir de formas más visibles (y feminizadas) de la depresión –tristeza manifiesta, llanto, verbalización explícita de desesperanza– mientras que buena parte de los varones expresa el malestar de otras maneras: irritabilidad, aislamiento, consumo problemático, conductas de riesgo, somatizaciones. Cuando esas señales no se leen como posibles indicadores de sufrimiento psíquico y riesgo suicida, la oportunidad de intervención temprana se pierde antes de que exista.
Además, la ausencia de varones demandando servicios de salud mental, reproduce el sesgo institucional de que no es necesaria la oferta. Quizás no se trate tanto de esperar que los varones vayan a tocar la puerta del consultorio, sino de invertir en políticas de salud preventivas y comunitarias, yendo a buscarlos a dónde están.
La promesa de salvarse solo
Queremos retomar algunos de los argumentos que planteamos desde el Instituto de Masculinidades y Cambio Social en la nota titulada Ningún pibe nace libertario (2024). La ausencia de políticas públicas y de espacios colectivos que alojen el malestar de los varones jóvenes deja un vacío, y ese vacío no queda sin ocupar. Hoy, una de las formas más visibles que toma es la especulación financiera. Ante la falta de Estado y de comunidad, la promesa de "salvarse solo" aparece en la forma de gurúes financieros, esquemas de inversión y criptomonedas que venden hojas de ruta individuales al éxito, sin que medie ninguna institución.
Un estudio de Equimundo sobre la llamada manósfera identificó tres vulnerabilidades que estas comunidades digitales explotan con particular eficacia: el aislamiento y la necesidad de pertenecer a un grupo, la sed de una hoja de ruta clara hacia el éxito, y el rechazo o el fracaso vincular con las mujeres. No es casual que aparezca ahí, en el mismo terreno donde también se explica por qué tantos varones nunca llegan a un servicio de salud: la salida que se les ofrece es siempre individual, nunca colectiva. Cuando no hay comunidad ni Estado, las finanzas terminan organizando el presente con la deuda y el futuro con el crédito y la especulación.
Por lo expuesto y frente a la masificación de la financiarización y el endeudamiento por abajo, creemos fundamental avanzar en estrategias de escucha, acompañamiento e intervención en territorios digitales a la vez que promovemos la construcción de comunidades online de varones que desactiven la misoginia y la violencia digital como aglutinantes identitarios frente al no-lugar que encuentran los jóvenes. No podemos permitir que el machismo se instituya como una compensación simbólica para los varones ante la falta de oportunidades.
No te calles, varón
Mientras el problema crece, las respuestas estatales retroceden. La Ley Nacional de Salud Mental establece que el área debería recibir al menos el 10% del presupuesto sanitario; para 2026 la asignación prevista representa el 1,42%. Ese desfinanciamiento no es nuevo: el Hospital Bonaparte, referencia nacional en salud mental y consumos problemáticos, viene arrastrando la misma asfixia presupuestaria desde 2024, cuando el Gobierno intentó cerrarlo y una movilización lo frenó. En enero de 2025 llegó de todos modos la intervención por decreto, con el despido de unas 200 personas y un recorte de más de 700 millones de pesos en su presupuesto; panorama agravado por la falta de personal de salud mental en el primer nivel de atención y las largas esperas para recibir atención en los centros de salud.
Frente a este panorama, sostenemos que la respuesta no puede limitarse a la detección clínica del riesgo inminente. Como muestran los propios datos, el abordaje médico llega tarde y, en el caso de los varones, casi siempre cuando ya no hay vida que salvar. Hace falta poner la escucha en el centro de la política pública, no como gesto asistencial sino como práctica política. Entender que la identificación de las trayectorias singulares de los varones –qué buscaron, dónde fallaron esas búsquedas, con quién no pudieron hablar– es, en contextos de precariedad como el actual, una condición necesaria para cualquier prevención real. Gabriel Giorgi lo plantea en Parar la oreja (2025): toda crisis de hegemonía es, ante todo, una crisis de la escucha. Retomar ese desafío no supone salir corriendo con la verborragia, con la consabida pasión por llenar a los gritos los huecos que dejamos vacíos, sino detenernos a escuchar y a comprender desde dónde escuchamos. Solo desde ahí podremos producir otra lengua pública que aloje lo que hasta ahora dejamos a la intemperie.
Eso implica, concretamente, promover y sostener espacios de escucha continuos sobre masculinidades en espacios de pertenencia –escuelas, clubes, sindicatos, centros comunitarios– y no charlas informativas aisladas; capacitar a docentes, entrenadores y referentes barriales para leer la irritabilidad, el consumo o las conductas temerarias como posibles pedidos de ayuda y no solo como problemas de conducta; fortalecer dispositivos accesibles y no estigmatizantes, con líneas de escucha telefónica y plataformas digitales que bajen la barrera de tener que presentarse físicamente en un servicio; y sostener políticas de empleo y desendeudamiento que ataquen la base material del problema, porque ninguna intervención clínica compensa la falta de un horizonte de vida.
Las efemérides del movimiento de mujeres y feministas, así como casos resonantes de violencias basadas en género o femicidios, reavivan la pregunta acerca de qué hacer con los varones, si tienen o no lugar en la agenda feminista. Mientras desde expresiones más radicales y separatistas se escucha un “Callate, varón”, los sectores de derecha antifeministas –fortalecidos por el antifeminismo de Estado que gobierna en Argentina– les incitan a habitar la lengua del odio misógino, instrumentalizando sus malestares y precariedades para dar sus batallas ideológicas reaccionarias. De nuestra parte, decimos que las vidas de los pibes importan, también desde y para los feminismos. Y con ello no estamos diciendo, en absoluto, que sean las mujeres feministas las que deban destinar su tiempo y energía a escuchar y atender el malestar de los varones. Sino que la demanda de políticas públicas de salud mental para prevenir los suicidios masivos de varones jóvenes y ofrecer horizontes de vida sostenibles, es y debe ser parte de la agenda de preocupaciones y propuestas de las políticas de género feministas. En esa misma sintonía, en el marco del décimo aniversario del primer Ni Una Menos, nos preguntamos junto al colectivo de activistas que lleva ese nombre: “¿Qué podemos hacer (con) los varones cis?”. Y concluimos esta declaración afirmando: “para nosotrxs los feminismos son un proyecto de liberación para el conjunto de la humanidad, no sólo una política identitaria de y para mujeres. De esta contraofensiva patriarcal, salimos juntxs y en comunidad, o no salimos”.
Los feminismos, como proyecto amplio de mayorías, pueden ser un modo de alojar, tramitar y organizar malestares, miedos y potencias para pensar un proyecto político futuro. El cuidado no puede depender de si un varón logra, individualmente, torcer un mandato que lo socializó para no pedir ayuda. Es una responsabilidad colectiva y, sobre todo, estatal.








