A 40 días de la primera vuelta, Lula llega con una leve ventaja sobre Flavio Bolsonaro, quien vuelve a crecer en las encuestas. La elección del 4 de octubre se juega en cuatro tableros distintos: el geopolítico, el regional, el nacional y el de los estados.
Por Joel Sidler (*)
Brasil entra en la recta final de una campaña que se decide en varios planos a la vez. El 4 de octubre, 158 millones de votantes elegirán presidente, la totalidad de la Cámara de Diputados, dos tercios del Senado, los 27 gobernadores y las asambleas estaduales. Para las elecciones ejecutivas, si nadie supera el 50% de los votos válidos, habrá balotaje el 25 de octubre.
En la competencia por la presidencia hay 13 nombres, pero la disputa real la protagonizan Luiz Inácio Lula da Silva, que a los 80 años busca un cuarto mandato con el Partido de los Trabajadores, y Flávio Bolsonaro, senador y heredero de su padre Jair, inhabilitado y preso desde septiembre de 2025 por planear un golpe de Estado tras perder las elecciones de 2022.
Las encuestas más recientes (Datafolha y BTG Pactual/Nexus, ambas de mediados de agosto) muestran a Lula entre 5 y 6 puntos por encima de Flávio en primera vuelta, una ventaja que se reduce a 3 o 4 puntos en un eventual balotaje.
Pero los números de las encuestas no alcanzan para entender esta elección. Hay al menos cuatro claves que explican por qué Brasil se volvió, otra vez, el país que la región entera mira con atención.
La clave global: la Doctrina Donroe y el repliegue estadounidense
Durante la primera década y media de este siglo, Washington redujo la centralidad de América Latina en su política exterior. Para 2013, el entonces secretario de Estado John Kerry declaró que la era de la Doctrina Monroe había terminado.
Pero ese repliegue duró poco. El primer ingreso de Donald Trump a la Casa Blanca modificó progresivamente el enfoque hacia la región, que desde su regreso en 2025 se hizo de manera mucho más explícita. En noviembre de ese año se anunció la nueva “Estrategia de Seguridad Nacional”, con la intención de “restaurar la preeminencia” estadounidense en el hemisferio occidental y presentó lo que la administración denomina un “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe de 1823.

La prensa estadounidense bautizó rápidamente esta política como la “Doctrina Donroe”, por un juego de palabras que posteriormente comenzó a ser utilizado incluso por funcionarios de la propia administración. Desde entonces, en febrero de este año fuerzas especiales estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro en Venezuela, y Trump anunció que pasaría a “gobernar” ese país, en sociedad con la vicepresidenta Delcy Rodríguez. En marzo, Trump reunió a una docena de mandatarios de derecha de la región –entre ellos Javier Milei, Daniel Noboa y Nayib Bukele– en la primera cumbre de “Shield of the Americas”. Y en el camino dejó amenazas explícitas hacia Colombia y Cuba.
Brasil no forma parte de ese círculo, más aún, en el último tiempo es el principal país de la región que presenta algunos enfrentamientos con Estados Unidos. En 2024, Elon Musk desató en X una campaña contra Alexandre de Moraes, el juez de la Corte Suprema que investigaba el intento de golpe de Jair Bolsonaro. Un año después, en julio de 2025, Trump impuso un arancel del 50% a los productos brasileños y, en la carta donde lo anunció, calificó el juicio contra Bolsonaro de “caza de brujas”. En febrero de este año, la Corte Suprema de Estados Unidos anuló buena parte de esos gravámenes, aunque un arancel global del 10% sigue vigente, y esta misma semana Lula y Trump volvieron a hablar por teléfono para seguir negociando lo que queda de esa disputa.
El rechazo del gobierno brasileño a las visas de dos observadores electorales vinculados a Trump, unas semanas atrás, fue otro capítulo de esa misma historia, leído como una defensa de la soberanía del sistema de votación electrónica. En ese escenario llega Brasil a esta elección, con un Estados Unidos que crece en su influencia sobre la región y un gobierno que, en ciertos terrenos, elige resistir. Lula convirtió esa resistencia en uno de los ejes de su campaña, con el lema “O Brasil é dos brasileiros” y confrontando directamente con la visita de Javier Milei y su apoyo al bolsonarismo.
La clave regional: un continente que ya giró a la derecha
Mientras Brasil define su rumbo, buena parte de la región ya lo hizo. En diciembre de 2025, José Antonio Kast ganó el balotaje presidencial en Chile con el 58% de los votos. En junio de 2026, Abelardo de la Espriella derrotó al candidato del petrismo, Iván Cepeda, por apenas 250.830 votos (el margen más estrecho desde que Colombia tiene balotaje). Ambos se sumaron a un mapa que ya incluía a Milei en Argentina, Noboa en Ecuador y Bukele en El Salvador.
El mismo día del balotaje chileno, antes de que se conociera el resultado, Kast había contado en una entrevista que con Milei compartían “grandes sueños” para la región. Milei, por su parte, celebró el triunfo del chileno como “un paso más” de la región en defensa de la “libertad” y la “propiedad privada”. Los tres (Milei, Kast y De la Espriella) comparten un mismo repertorio de mano dura, discurso anti-establishment y una relación con Washington que se acerca a la subordinación abierta.

Un triunfo de Flávio Bolsonaro completaría ese cuadro en el país más grande y poblado de la región. Por eso, para la derecha continental, esta elección es la gran batalla que pone en juego su predominio sobre lo que queda del progresismo sudamericano. Lula lo sabe y advierte sobre el riesgo de que, como él mismo lo planteó durante la campaña, los sectores más duros de la derecha vuelvan al poder en Brasil.
La clave nacional: la polarización excede lo electoral
Puertas adentro, la campaña arrancó oficialmente el 16 de agosto con dos actos que resumen el clivaje que atraviesa el país. Lula eligió São Bernardo do Campo, la ciudad paulista donde forjó su carrera sindical, para lanzar su séptima candidatura presidencial. Flávio Bolsonaro, en cambio, hizo su primer acto en la playa de Copacabana, con un discurso centrado en seguridad y en el que propuso declarar como organizaciones terroristas al PCC y al Comando Vermelho, las dos mayores facciones del crimen organizado brasileño.
Las encuestas del último mes cuentan una historia de empate técnico que se mueve casi semana a semana. BTG Pactual/Nexus le da a Lula 41% en primera vuelta contra 36% de Flávio, con la ventaja del presidente ampliándose a 47-44 en un eventual balotaje.
En su última encuesta del 21 de agosto, Datafolha ubica a Lula más arriba, con 39% contra 33% de Bolsonaro. Detrás asoman el exgobernador de Goiás Ronaldo Caiado, el activista Renan Santos y el gobernador de Minas Gerais Romeu Zema, todos con intención de voto de un dígito.
Esta polarización viene desde 2018, se profundizó con el intento de golpe del 8 de enero de 2023 y hoy divide a la sociedad brasileña más allá de la contienda electoral.
Jair Bolsonaro está preso, su condena por el Supremo Tribunal Federal es el dato que ordena buena parte de la campaña de su hijo, que necesita a la vez capitalizar el enojo del electorado bolsonarista y despegarse de los antecedentes judiciales que también lo salpican a él.
La fractura social tiene, además, un anclaje territorial: el nordeste viene siendo, elección tras elección, el bastión más sólido del PT, mientras el sur, el centro-oeste agroexportador y buena parte de la clase media urbana de São Paulo y Río de Janeiro se inclinan hacia el bolsonarismo.
La clave subnacional: los estados también se juegan el futuro
El 4 de octubre no sólo se elige presidente. También se renuevan las 27 gobernaciones y dos casos concentran la atención por su peso político y electoral: São Paulo y Río de Janeiro.
São Paulo es el colegio electoral más grande del país, con 34 millones de votantes (casi un quinto del padrón nacional). Ahí gobierna Tarcísio de Freitas, exministro de Infraestructura de Jair Bolsonaro, que durante meses fue mencionado como posible candidato presidencial de la centroderecha. Su rival es Fernando Haddad, candidato a presidente por el PT cuando Lula fue encarcelado en 2018 y extitular del Ministerio de Hacienda de Lula (dejó el cargo en marzo para competir de nuevo por el estado que ya perdió en 2022). Una encuesta de IDEIA publicada el 10 de agosto le da a Tarcísio 51% contra 34% de Haddad, un resultado que, de confirmarse, le permitiría ganar en primera vuelta.
Río de Janeiro, la cuna política de la familia Bolsonaro, atraviesa en cambio una crisis institucional. El gobernador Cláudio Castro, aliado directo del clan Bolsonaro, no podía competir por un tercer mandato y renunció en marzo para postularse al Senado; días después, el Tribunal Superior Electoral lo declaró inelegible por abuso de poder político y económico en la campaña de 2022. Quien debía sucederlo interinamente, el presidente de la Asamblea Legislativa, Rodrigo Bacellar, está preso desde diciembre de 2025 por una investigación sobre filtraciones de información en beneficio del Comando Vermelho. El estado quedó en manos del presidente del Tribunal de Justicia del Estado de Río de Janeiro de forma interina. En ese contexto se definen las elecciones, con el alcalde de la capital, Eduardo Paes, centrista apoyado por Lula y con buena imagen incluso en escenarios de segunda vuelta, seguido por el exgobernador Anthony Garotinho y por Douglas Ruas, el candidato respaldado por el propio Flávio Bolsonaro.
En síntesis, estas elecciones se juegan en múltiples frentes al mismo tiempo. En la relación con Washington, en el rumbo político de la región, en la polarización interna y en el poder territorial de los estados.
Por eso, mientras Brasil se acerca a las urnas, toda la región coloca su atención en el país que, por su peso económico y geopolítico, define mucho más que su propio futuro institucional.
(*) Politólogo y Doctor en Estudios Sociales (UNL)









