Joel sostenía que nuestra confianza en la memoria era injustificada. Según él, recordar no consistía en recuperar un hecho del pasado, sino en reconstruirlo.
El grupo nació en Carlos Pellegrini en el año 2000 gracias al sistema operativo Linux. Joel y yo asistíamos al mismo colegio. Tristán era un poco más grande y ya manejaba un camión. Instalábamos distintas distribuciones en computadoras que funcionaban perfectamente hasta que caían en nuestras manos y pasábamos luego días enteros intentando hacer andar una placa de sonido o conectarnos a internet. Adrián llegó al grupo un poco más tarde. Los tres lo habíamos conocido en distintos momentos de nuestras vidas y, cuando descubrimos que también utilizaba Linux, lo integramos.
Después, nuestras vidas siguieron caminos distintos. Joel se doctoró en filosofía y emigró a los Estados Unidos. Tristán se casó y se mudó a un pueblo vecino y siguió transportando cargas de distintos tipos. Adrián se ordenó sacerdote. Yo me mudé a la ciudad.
Durante algunos años hablamos cada vez menos. Pero con el advenimiento de las videollamadas, volvimos a juntarnos. Y desde entonces mantenemos la costumbre.
Actualmente, nos reunimos de noche, cuando mi hijo y la hija de Joel ya están durmiendo. A veces uno de los dos se despierta y la reunión se interrumpe. Tristán, que está por cumplir cincuenta, se conecta desde la cabina del camión, estacionado en la playa de alguna estación de servicio. Adrián, que ya pasó esa edad, lo hace desde su oficina en la casa parroquial. Detrás de él siempre hay una biblioteca de libros de teología y una impresora de matriz de puntos.
Todos tomamos café, aunque nunca nos ponemos de acuerdo sobre cuál es la mejor forma de prepararlo. Joel prefiere el espresso. Yo, el filtrado. Adrián toma lo que haya quedado en la cafetera de la parroquia. Tristán usa un termo de acero abollado y sostiene que nada le gana al Dolca caliente.
No tenemos una frecuencia fija. Tampoco hablamos de nada en particular. Una noche alguien cuenta un problema laboral. Otra, Joel intenta explicarnos algún concepto filosófico y Tristán le pide ejemplos concretos. Cada tanto, alguien plantea un misterio.
La noche del ejemplar dedicado fui yo.
—Hoy encontré un libro mío en una librería de usados —les dije.
—¿Y lo compraste? —preguntó Joel.
—Sí.
—Te va a castigar Dios por vanidoso —dijo Tristán. Adrián asintió con la cabeza y se sonrió. Levanté el libro frente a la cámara. Era la segunda edición de mi primer libro de cuentos. La editorial había cambiado la ilustración de tapa y agregado dos cuentos a los doce originales.
No era la primera vez que encontraba un libro mío usado. Me producía una mezcla de orgullo y tristeza. Por un lado, significaba que alguien lo había comprado. Por otro, que después había decidido desprenderse de él. Tal vez incluso sin leerlo.
—Lo raro está adentro —dije.
Abrí el libro y acerqué la primera página a la cámara.
La dedicatoria decía:
Para Lucía, que conoció el final antes que yo.
Debajo estaban mi firma y una fecha: 14 de septiembre de 2011.
La segunda edición se había publicado en 2015.
—La firma es mía —dije—. También la letra.
Joel dejó el pocillo de espresso sobre el escritorio y se inclinó hacia la pantalla.
—¿Conocés a la tal Lucía?
—Conozco a algunas. Pero no recuerdo haber escrito esa dedicatoria.
—Uno no recuerda todas las dedicatorias que escribe.
—Ni que fuera un best seller. Por otro lado, algo tan específico lo recordaría.
—Eso es exactamente lo que diría un desmemoriado.
Joel sostenía que nuestra confianza en la memoria era injustificada. Según él, recordar no consistía en recuperar un hecho del pasado, sino en reconstruirlo. Cada recuerdo era una edición nueva que reemplazaba a la anterior. Le dije que esa explicación servía para cualquier misterio y, por lo tanto, no servía para ninguno.
—Además, el problema no es Lucía —agregué—. El problema es la fecha. Yo no pude haber dedicado en 2011 un libro publicado en 2015.
—Podrías haberte equivocado al escribir la fecha —dijo Adrián.
—Cuatro años de diferencia.
—En enero sigo poniendo el año anterior durante varias semanas.
—Esto fue en septiembre.
Adrián aceptó la objeción. Después preguntó si alguien podía haber falsificado mi firma.
Le conté que, cuando estaba en la escuela primaria, aprendí a imitar la firma de mi madre. No lo había hecho para ocultar una mala nota, como podría esperarse, sino para evitar que tuviera que firmar todos los meses la libreta de comunicaciones. Mi madre estaba de acuerdo con el procedimiento. Durante un tiempo, mi falsificación fue más usada que su firma verdadera. Si alguien hubiera comparado ambas, probablemente habría concluido que la de ella era falsa.
—Puede imitarse —dije—, pero esta firma es mía. Hay un movimiento en la jota que nunca me sale igual cuando trato de hacerlo a propósito.
—Podrías haber firmado una hoja suelta en 2011 —dijo Joel—. Después alguien la incorporó al libro.
—¿Quién?
—Lucía.
—¿Con qué objetivo?
—Todavía no llegamos a esa parte.
Adrián propuso que la segunda edición hubiera empezado a imprimirse varios años antes de su publicación. Le expliqué que el libro se había armado en pocos meses. Los dos cuentos nuevos ni siquiera estaban escritos en 2011.
—Entonces no es estrictamente una segunda edición —dijo.
—La tapa dice segunda edición.
—Tal vez la tapa es falsa.
—¿Quién falsificaría la tapa de un libro del que se vendieron cien ejemplares?
—Alguien que quisiera confundirnos esta noche —dijo Adrián.
Tristán no había hablado durante varios minutos. Su imagen estaba iluminada tímidamente desde abajo por las luces del teclado de su notebook. Cada tanto pasaba un camión por la ruta y todo se llenaba de luz naranja.
—Mostralo otra vez —dijo.
Le mostré la tapa.
—No la tapa. El lomo.
Giré el libro y lo puse frente a la cámara.
—Más cerca.
Lo acerqué hasta que la imagen quedó enfocada.
—Ahora andá al índice.
—¿Qué buscás?
—Primero abrilo.
Lo hice.
—¿Cuántos cuentos dice que tiene?
Los conté aunque no me hacía falta.
—Doce.
Joel dejó de sonreír.
—La segunda edición tiene catorce —dijo.
—Es así.
Revisé el libro con más cuidado que hasta ese momento. Después del final del cuento número doce venía una hoja en blanco y, enseguida, la contratapa. Faltaban los dos cuentos agregados a la segunda edición.
—Mostrá la primera página —dijo Tristán.
Volví al principio. La hoja de la dedicatoria era un poco más corta que la tapa. Cerca del lomo había una línea irregular de pegamento seco. La página de legales original había sido arrancada.
—Ese libro está armado con dos libros —dijo.
Años antes, Tristán había transportado una carga de manuales escolares. Durante una tormenta entró agua por una rotura en el techo del semirremolque. Algunas cajas se mojaron de arriba y otras de abajo. Cuando llegaron al depósito, separaron los ejemplares dañados. Los que tenían las tapas destruidas conservaban el interior seco. En otros, las tapas estaban intactas, pero las páginas se habían hinchado.
El dueño de la mercadería no quiso perder toda la carga.
—Despegaban las tapas buenas y se las ponían a los libros que tenían sano el interior —dijo Tristán—. Con dos libros arruinados hacían uno más o menos vendible.
Alguien había hecho lo mismo con el mío. Había tomado el cuerpo de un ejemplar de la primera edición, publicado en 2010 y dedicado al año siguiente, y lo había pegado dentro de la tapa de la segunda edición.
—En bibliografía se llama ejemplar casado —dijo Adrián.
—¿Cómo sabés?
—Tenemos libros viejos en la parroquia.
Dijo que, en cierto modo, seguía siendo el mismo libro. Tenía el cuerpo de la primera edición y la apariencia de la segunda. Tristán respondió que si a un camión le cambiaban la cabina, el número de chasis seguía siendo el mismo.
Discutieron durante unos minutos acerca de dónde residía la identidad de un libro. Adrián defendía el texto. Tristán, la apariencia del libro. Joel dijo que el asunto se parecía demasiado al problema del barco de Teseo.
Yo volví a leer la dedicatoria.
Para Lucía, que conoció el final antes que yo.
La fecha ya tenía explicación. La tapa también.
Lucía, en cambio, siguió sin aparecer.



