El lector que sabía el final

Lector
"Sin título", de Fairfield Porter.

La reunión empezó diez minutos tarde porque la hija de Joel no se dormía. Cuando él finalmente apareció en la pantalla, tenía el pelo revuelto y un pocillo de espresso en la mano. Lector

—¿El café es para despertarte? —preguntó Adrián desde su oficina en la casa parroquial.

—Para no dormirme.

—¿No es lo mismo?

—Desde un punto de vista filosófico, no.

Yo terminé de preparar un café en la prensa francesa y llevé la taza hasta la computadora. Tristán estaba en su casa. Era una de las pocas veces que no se conectaba desde la cabina del camión. Detrás de él se veía una pared pintada de rosa y una cama de una plaza.

—¿Te echaron de la habitación matrimonial? —le pregunté.

—Estoy usando la computadora de mi hija.

—¿Ella sabe?

—Por supuesto. Además, técnicamente, es también mía.

Entusiasmado por la resolución del misterio de la semana anterior, conté lo que me había pasado unas noches atrás.

Había asistido a una lectura en una librería. El escritor invitado se llamaba Marcos Ledesma y acababa de publicar una novela. Yo lo conocía desde hacía algunos años. No éramos amigos, pero cada tanto coincidíamos en presentaciones o ferias. Lector

La librería quedaba en una casa antigua. Habían sacado los muebles del living y acomodado ahí unas treinta sillas de plástico. Al fondo había una mesa con dos micrófonos. Detrás de la mesa, un ventanal daba a un patio interno.

Primero, una amiga del autor presentó la novela. Leyó durante veinte minutos sin levantar la vista del cuaderno. Después, otros amigos, esta vez desde el público, le hicieron preguntas a Ledesma. Yo escuchaba y observaba todo muy atento desde el extremo derecho de la tercera fila.

Cuando le pidieron que leyera un capítulo de la novela, se excusó y dijo que en su lugar iba a leer un cuento inédito. Lector

—Siempre que dicen inédito sospecho —intervino Joel.

—¿Como cuando dicen cerveza artesanal? —preguntó Tristán.

—Más o menos.

El cuento se llamaba “Los días transparentes”. Ledesma explicó que lo había terminado esa misma semana y que nadie lo había leído aún. Abrió la notebook, se puso sus anteojos y empezó a leer.

El protagonista era un hombre que trabajaba como sereno en una fábrica de botellas. Una noche, mientras recorría el depósito, encontró una botella con una miniatura de sí mismo dentro. La figura repetía todos sus movimientos con algunos segundos de demora.

Marcos Ledesma leía bien. No actuaba las voces ni tenía tics. Aunque sí se notaba que hacía un esfuerzo por mantener la vista en la pantalla, como si tuviera que retener las letras para evitar que se le escaparan.

En la segunda fila, más o menos en el centro, había un hombre de unos sesenta años, con una camisa de mangas largas y un saco sobre las piernas. No lo había visto antes. Estaba sentado al lado de una mujer más joven que él. Durante la lectura, el hombre miraba a Ledesma con la misma concentración con la que este miraba la pantalla.

Al final del cuento, el sereno levantaba la botella para arrojarla contra el piso. La miniatura hacía el mismo movimiento y también se quedaba detenida con el brazo en alto.

Ledesma hizo una pausa. Lector

Entonces, el hombre de la segunda fila le dijo al oído a la mujer:

El sereno tuvo piedad de sí mismo y no rompió la botella.

Por mi ubicación, yo también lo escuché.

Unos segundos después, Marcos Ledesma leyó la última oración del cuento:

El sereno tuvo piedad de sí mismo y no rompió la botella.

—Desde hace unos días —dije—, no dejo de preguntarme cómo pudo anticipar el final.

Joel levantó una mano.

—No lo anticipó, lo adivinó.

—¿No es lo mismo?

—Anticipar es más vago.

—Okey. ¿Cómo pudo adivinar el final? Dejame terminar la historia. Cuando finalizó la lectura, aplaudimos. Ledesma cerró la notebook y empezó a firmar libros. El hombre de la segunda fila se levantó para irse con su acompañante y yo lo alcancé en la puerta. Lector

—¿Había leído el cuento? —le pregunté.

Me miró sin entender.

Le repetí la frase que había dicho.

—Se me ocurrió —contestó.

—Pronunció el final exacto.

—Entonces tendría que dedicarme a escribir.

La mujer que lo acompañaba se rió y se reclinó sobre él como si le dijera "bueno, vamos". Él se puso el saco y salieron a la calle.

Después le pregunté a Marcos si conocía al hombre. Me dijo que no. También le pregunté si alguien había leído el cuento antes.

—Nadie —dijo—. Lo terminé el martes.

—¿Se lo mandaste a algún editor por correo?

—No.

—¿Lo imprimiste?

—Tampoco.

El archivo solo estaba en su notebook. Lo había escrito en su casa y no tenía una copia en internet.

—Puede habérselo contado a alguien —dijo Adrián. Lector

—Dice que no.

—A veces uno cuenta una idea y después olvida que la contó.

Joel asintió.

—Los problemas de la memoria son invisibles para quien los padece —dijo.

Adrián preguntó si el hombre podía ser familiar de Marcos. Tal vez había visto el cuento abierto en la computadora.

—Marcos vive solo —dije.

—Eso no responde la pregunta.

—No era familiar. Marcos nunca lo había visto.

—Tal vez era un técnico reparador de computadoras —dijo Tristán.

—¿Por qué un técnico leería el cuento?

—Mientras esperaba que corriera algún proceso de backup o de escaneo de virus.

Le pregunté a Adrián si creía posible que el hombre hubiera recibido algún tipo de revelación divina. Nuestro amigo sacerdote dijo que Dios tenía cosas más importantes que hacer que soplar el final de un cuento.

Joel propuso que el cuento no fuera realmente nuevo. Marcos podía haber tomado la idea de otro texto y el hombre podía conocer el original.

Buscamos en internet historias sobre personas atrapadas en botellas. Aparecieron cuentos de genios, barcos en miniatura y un caso policial en el que alguien había escondido una figurilla de diamante dentro de una botella de vino tinto. Nada relacionado con el cuento del sereno. Lector

Tristán se sirvió café de un termo. Estaba usando una taza de plástico con la cara de una princesa. La sostuvo con las dos manos y tomó un sorbo.

—¿A qué hora fue la lectura? —preguntó.

—A las ocho.

—¿Ya era de noche?

—Sí.

—¿Y dijiste que atrás del escritor había una ventana?

—Un ventanal.

—¿Tenía cortinas?

Intenté recordarlo. Había dos cortinas blancas recogidas a los costados.

—¿Y el tipo dónde estaba sentado?

—En la segunda fila, casi enfrente de Ledesma.

Tristán apoyó la taza.

—Leyó el cuento en la ventana —dijo por fin.

Joel le preguntó a qué se refería.

—La pantalla de la notebook se reflejaba en el vidrio —dijo Tristán—. ¿Ledesma era chicato?

—No lo sé.

—Dijiste que usaba lentes.

—Sí…

Durante unos segundos nadie habló.

Tristán explicó que, de noche, un vidrio con oscuridad del otro lado funcionaba como un espejo. En la ruta le pasaba con el parabrisas. Si dejaba encendida la luz de la cabina, veía reflejado todo lo que tuviera sobre el tablero.

El ventanal estaba detrás de Marcos Ledesma. La pantalla de la notebook quedaba orientada hacia el vidrio. Desde la segunda fila, el hombre podía ver el texto reflejado sobre el patio oscuro.

—Pero lo habría visto al revés —dijo Joel.

—Sí.

—No es fácil leer un texto al revés.

—No tenía que leer todo el cuento —dijo Tristán—. Solo la última línea.

Mientras Ledesma avanzaba, desplazaba el texto hacia arriba. Antes de hacer la pausa final, la oración ya debía estar visible en la parte inferior de la pantalla. El hombre la leyó en el reflejo y la dijo antes que el autor para impresionar a la chica.

—¿Y por qué nadie más la vio? —preguntó Adrián.

—Por el ángulo. O porque los demás estaban atentos a escuchar el relato.

Recordé que, desde mi asiento, el ventanal devolvía algunas cabezas del público. No había prestado atención a la computadora. El hombre, en cambio, había permanecido inmóvil durante toda la lectura. Tal vez no miraba a Ledesma: miraba detrás de él. Lector

Después de darle un aplauso virtual a Tristán por la ocurrencia, pasamos a otros temas que nos atañaban.

Al día siguiente le escribí a Marcos Ledesma. Ya que él era habitué de la librería, le pregunté si podía hacer una prueba: pasarse por allí cerca del horario de cierre, ubicar su notebook sobre la misma mesa que en la presentación, apagar las luces del patio y sentarse donde había estado la segunda fila, al centro.

Me mandó una foto. En el vidrio se veía el documento abierto. Las letras eran grandes como él las había configurado para la lectura. Y, aunque espejada, una línea era perfectamente legible.

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