Joel apareció en la pantalla con un cupcake en una mano y el pocillo de espresso en la otra.
—Buena combinación —dijo Adrián.
—¿Qué cosa?
—El cupcake y el café.
Yo acababa de servir el mío y me senté frente a la computadora. Tristán no estaba. En su lugar había un rectángulo negro con su nombre escrito en letras blancas.
—Seguro está cargando combustible —dije.
—¿Cómo sabés? —preguntó Joel.
—Porque siempre está cargando combustible.
El rectángulo negro desapareció y vimos a Tristán sentado en la cabina del camión.
—Estaba cargando combustible —dijo—. Ustedes hablen que yo los escucho, tengo que seguir viaje.
Joel dejó el cupcake fuera de cámara.
—Les quiero mostrar algo que acabo de leer.
Compartió pantalla.
Apareció la página de un diario de Connecticut. La nota tenía una fotografía de un hombre prolijo de unos cincuenta años parado frente a una casa grande. El título decía que una pintura valuada en más de doscientos mil dólares había desaparecido durante una cena.
—¿Ahora resolvemos delitos internacionales? —preguntó Tristán.
—Está a cuarenta minutos de mi casa.
—Para nosotros sigue siendo internacional.
Joel amplió la fotografía.
El hombre era Martin Harper, profesor jubilado de Economía y coleccionista de arte. En su estudio, entre otras piezas, colgaba una pequeña pintura de un artista norteamericano de mediados del siglo veinte. La noche del sábado había invitado a cenar a seis personas. A la mañana siguiente, Harper descubrió que el cuadro había sido reemplazado por una copia.
—¿Una copia buena? —pregunté.
—Muy buena.
Siguió leyendo.
La pintura medía apenas treinta por cuarenta centímetros. Representaba dos casas junto a una ruta y un cielo casi completamente blanco. No era una obra especialmente conocida, pero había aumentado mucho de valor después de la muerte del artista.
Harper la tenía desde hacía diecisiete años.
La copia ocupaba el mismo marco y, según el artículo, reproducía incluso las pequeñas grietas de la pintura original.
—¿Y cómo se dio cuenta? —preguntó Adrián desde su oficina en la casa parroquial.
Joel desplazó la página hasta un párrafo que resaltó.
Harper decía que, apenas entró en el estudio el domingo por la mañana, sintió que algo estaba mal. Se acercó a la pintura y descubrió pequeñas diferencias en el cielo y en una de las ventanas.
Después venía una frase entre comillas. Joel la leyó en voz alta palabra por palabra:
—“Cerré los ojos y pude ver perfectamente cómo era el original. Entonces supe que lo habían cambiado”.
Se quedó mirándonos.
—¿Y? —pregunté.
—Conozco a este tipo.
—¿Al coleccionista?
—Sí.
—¿Es amigo tuyo?
—No.
—¿Enemigo?
—Tampoco.
Tristán acomodó la notebook para enfocarse mejor. Su perfil griego se recortaba en todo su esplendor mientras su camión cruzaba la noche.
—¿Entonces?
Joel dejó de compartir pantalla.
—Tiene afantasia.
Durante algunos segundos nadie dijo nada. Adrián fue el primero.
—Explicá.
Era justamente uno de los temas que Joel estudiaba en la universidad. La afantasia, nos dijo, era la incapacidad extrema para generar imágenes visuales. Si le pedíamos a alguien que cerrara los ojos e imaginara una manzana, muchas personas podían experimentar una imagen mental: el color, la forma, el brillo de la cáscara.
—Yo la veo —dije.
—Yo también —dijo Adrián.
—Ver es una palabra peligrosa —aclaró Joel—. No es que realmente la vean.
—Yo veo una manzana roja —insistí.
—Está bien.
—Con hojita.
—Felicitaciones.
Le preguntamos a Tristán.
Miró hacia la cámara de su notebook.
—Estoy manejando. Prefiero no cerrar los ojos para contribuir al experimento.
Joel continuó.
Las personas con afantasia podían reconocer objetos, recordar información visual y saber
perfectamente cómo era algo. Lo que no podían hacer era producir esa experiencia de verlo en la mente.
—¿Y Harper no puede? —preguntó Adrián.
—Nada.
Joel había participado, años atrás, de una investigación en la que Harper había sido uno de los voluntarios. No lo había entrevistado personalmente, pero recordaba su cara porque después había participado de una actividad final en la que los participantes comentaban la experiencia.
Abrió otra ventana.
—Tenemos un registro con los datos de todos los voluntarios. No debería compartirles esto, pero si me dan un minuto puedo verificar el dato.
Tipeó durante unos segundos y luego lo vimos mover los ojos de izquierda a derecha como si buscara algo.
—Acá está. Martin Harper. Puntaje mínimo en todos los cuestionarios de imágenes visuales.
—¿Querés decir que mintió al decir “pude ver perfectamente”? —pregunté.
—Exacto.
—O habló de manera figurada —dijo Adrián.
Joel frunció la nariz.
Una persona con afantasia podía decir “lo veo en mi cabeza” del mismo modo en que alguien podía decir “me suena” algo aunque no hubiera realmente ningún sonido.
—¿Entonces para qué nos contaste todo esto? —preguntó Tristán.
—Quiero saber si mintió.
Tristán preguntó por la noche de la cena.
Los seis invitados habían llegado entre las cinco y las cinco y media. Nadie había salido hasta después de las nueve.
—¿El estudio estaba cerrado con llave? —pregunté.
—La nota dice que no.
Uno de los invitados había entrado al estudio al llegar para dejar un abrigo y recordaba haber visto el cuadro.
Para retirar la pintura era necesario sacar el marco de la pared, abrir unas pestañas metálicas en la parte posterior y volver a cerrarlo con la copia adentro.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Adrián.
—La policía hizo una prueba. Entre tres y cinco minutos.
—Se puede hacer durante una cena.
—Claro.
—Entonces cualquiera podía decir que iba al baño y…
Durante unos minutos enumeramos posibilidades. Un invitado había llevado la copia escondida. Otro había preparado el cambio con anticipación. La esposa.
Joel volvió a la frase del artículo.
Cerré los ojos y pude ver perfectamente cómo era el original.
—Para mí mintió. No lo dijo en forma metafórica. La pregunta es por qué.
—Porque no quiere decir cómo supo que era una copia —dijo Tristán.
Joel dejó de mover el cursor.
—Eso.
Adrián inclinó la cabeza.
—¿Cómo más podría haberlo sabido?
—¿Una marca del lado de atrás? —dije.
—Pero según él lo supo antes de sacar el cuadro del marco.
—No —dijo Tristán.
Esperamos.
—¿Quién dice que el sábado estaba el original?
Joel volvió a la noticia.
—Harper.
—¿Nadie más?
—El invitado que dejó el abrigo.
—El invitado vio un cuadro. No sabemos si el original o la copia.
Joel se entusiasmó. Habíamos aceptado el sábado como el momento del robo porque Harper había dicho que el sábado estaba el original. Pero…
—Entonces pudo cambiarlo él mismo antes de la cena —dije.
—O hace una semana —dijo Tristán.
—O hace un mes.
—¿Pero para qué?
Tristán levantó los hombros.
—Por el seguro.
Joel reconfirmó el valor asegurado de la pintura.
Doscientos treinta mil dólares.
Nuestra teoría era sencilla. Harper había escondido el original y colocado una copia en su lugar. Después organizó una cena con suficientes personas como para fabricar un intervalo durante el cual cualquiera podía haber hecho el cambio.
A la mañana siguiente denunció el robo.
Pero necesitaba explicar cómo había descubierto una falsificación prácticamente perfecta.
Y ahí había cometido el error.
—Dijo que la veía en su mente.
Joel asintió.
—Una explicación que para casi cualquier persona sería perfectamente creíble.
—Excepto que hace unos años Harper se ofreció como voluntario para un estudio que demostró que era incapaz de hacer exactamente eso —dijo Adrián.
Joel se quedó mirando la pantalla.
—Se siente bien que lo que investigo alguna vez tenga aplicación en el mundo real.
Esa noche no pudimos avanzar mucho más.
Joel dijo que conocía a la periodista que había escrito la nota porque colaboraba ocasionalmente con la universidad. Le mandó un correo sin mencionar la base de datos de participantes. Solo le preguntó si la policía había considerado que el cuadro podía haber sido sustituido antes de la cena.
Dos semanas después Joel volvió a compartir pantalla.
La misma periodista había publicado una actualización del caso.
La compañía de seguros había descubierto que, tres meses antes del supuesto robo, Harper había enviado una caja de seguridad a un depósito privado en Auburn, Massachusetts. Una orden judicial permitió abrirla.
Adentro estaba la pintura.
—¿La original? —pregunté.
—La original. cuadro
—¿Y la copia? cuadro
—La había encargado a un restaurador diciendo que quería usarla para una exhibición educativa.
Tristán levantó la taza en la que tomaba café. Estaba con el camión detenido al costado de la ruta.
—¿Lo metieron preso? —preguntó. cuadro
—No. Quedó en libertad pero tuvo que pagar una fianza bastante elevada.
—Estos ricachones… —bufó—. Siempre caen bien parados.




