Es el que reconstituye la realidad esfumada, la retorna al plano del tiempo y el espacio, pero se trata ahora de un espacio que ya nunca será lo que fue, una playa que volverá a recomponerse y a imaginarse incontables veces, como un territorio pleno de liberación. Es un instante, una escena que dibuja en esa arena un nuevo signo.
El gordito de gafas simplemente está ahí. Su mera y necesaria presencia configura un puro y contundente indicio, que, durante muchos años, al igual que él, casi nadie quiso o pudo ver.
Antes de la playa, el amor prohibido y el consecuente miedo, relatado por una mujer en versos que resuenan acorde y parejamente a los que escribió otra una mujer hace 2500 años, la que por primera vez en la historia imaginó al amor como algo que nacía de adentro y no que atravesaba de afuera como flecha. El mismo miedo, las mismas metáforas, el mismo pudor.
El amor es una semilla que germina en los amaneceres de la playa, la playa todavía es la de antes, la de siempre. Sin que ella pueda darse cuenta, muy dentro suyo, oculta, crece la planta prohibida. La naturaleza desconoce toda ley. La naturaleza no sabe de obediencia.
Casi todas las canciones de amor hablan de la mirada, lo propio sucede en la literatura amorosa desde la antigüedad, cambia la forma, el efecto, la concepción, pero ahí está desde siempre.
Safo no mira directamente a su amada, mira al hombre que está junto a ella, le parece igual a un dios, solo porque está sentado a su lado.
La mujer de la playa tampoco mira de frente, no se anima a hablar, solo espera, aunque sabemos que nada puede evitar que la planta ya se abra en ramas desesperadas de luz. Es la mirada de la amada, todavía separada de ella que, independiente como un pájaro o una centella, se clava en la suya. Entonces por fin la planta se asoma en sonrisa y el universo se esfuma por una ventana, que inmediatamente desaparece también. La planta también se esfuma, porque ya no es planta sino cuerpo y deseo.
“Tu mano húmeda sobre la mía” así de sencillo y discreto, quizás sea el verso más perfectamente erótico y ardiente del cancionero popular argentino.
Vuelve la luz, las sorprende, las confirma, las delata, pero ellas ya no son ellas. Por eso no les importa ir descaradamente a la playa, que también ya es otra playa.
La canción nació en plena dictadura, igual que el amor que narra, como semilla de una planta prohibida que tardará y tardará en ver la luz. Luego, no habrá gafas, ni lentes que puedan desfigurarla nunca más.
Fabián Casas cuenta que tardó en comprender que se trataba de una historia entre mujeres. Lo hace en un relato sobre un amigo suyo que cambiaba sin querer las letras de casi todas las canciones. En el final de su texto, recuerda que una vez le pasó a él lo mismo que a su amigo, y fue, justamente, con Puerto Pollensa. Mientras cantaba: “alucinando al gordito de gafas, que fue corriendo a ponerse los lentes”, Fogwill, que escuchaba al lado, fumando, le hizo notar que si el gordito tenía gafas no tenía sentido que fuera a ponerse los lentes. Inquieto y confundido, Casas buscó la canción y confirmó su error, su relato termina así: “era cambiarse, no ponerse. Fogwill tenía razón”.
El verso, en efecto, estaba alterado, pero, en cualquier caso, el gordito de gafas no busca algo para ver mejor, sino para no ver lo que vio, para no ser testigo, corre a buscar algo que reacomode el mundo, que le borre la pesadilla y que le oculte todo aquello que no pueda nombrar. Prefiero pensar, entonces, que, en definitiva, aquel notable lapsus de Casas tenía igual o más verdad que la consecuente objeción de Fogwill.




