Cuando entré, Joel ya estaba conectado. Tenía puesto un buzo de la Universidad de Connecticut y sostenía un pocillo blanco frente a su cara. Más precisamente, frente al ojo derecho, mientras cerraba y abría el izquierdo.
—¿Qué hacés? —le pregunté.
—Un ejercicio de perspectiva.
Fui hasta la cocina y volví con mi taza. Adrián apareció mientras yo me sentaba. Venía de cerrar la iglesia y todavía tenía el cuello clerical colocado. Dejó unos papeles sobre el escritorio y desapareció de la pantalla. Regresó también con una taza.
—¿Eso es café de hoy? —pregunté.
—Depende de cuándo consideres que empieza el día.
Detrás de él estaban la biblioteca de libros de teología y la impresora de matriz de puntos. Tristán fue el último. Se conectó con la notebook desde el camión, estacionado en la playa de una estación de servicio. Acababa de cargar gasoil.
—¿Qué le cargaste? —preguntó Adrián—. ¿Normal o premium?
—Normal, está caro el otro.
—Se te va a picar el tanque.
—Pero no digas pavadas, Adrián.
Levantó una bolsa de papel:
—Hoy el Dolca viene con bizcochos. Bueno, vamos, que tengo que hacer doscientos kilómetros más antes de acostarme. ¿Tiene un nuevo misterio nuestro escritor?
—Tengo —dije.
—¿Otra vez de tu cosecha? —preguntó Joel.
—Esta vez me escribió un conocido.
Augusto del Huerto era el único hijo soltero de una de las familias más acaudaladas de la ciudad. Muertos los padres, hacía un par de años se había mudado a la casona de campo que había heredado. A los ojos de cualquiera de nosotros, una mansión. En la casa había una antigua y completa biblioteca que había pertenecido al padre. Cuando se mudó, además de libros, encontró manuscritos, fotografías y cartas. Como le gustaba codearse con “gente de la cultura”, así los llamaba, cada tanto invitaba a investigadores para que revisaran el archivo.
Entre los libros conservaba una primera edición de Ficciones. La guardaba en una vitrina de roble de casi dos metros de alto, ubicada contra una pared de la biblioteca.
La vitrina tenía dos puertas vidriadas que se cerraban con llave. Abajo, un zócalo de madera maciza casi tocaba el piso. Del Huerto calculaba que el mueble pesaba cerca de doscientos kilos y decía que, desde que tenía memoria, nunca lo habían movido de ese lugar.
El domingo anterior habían ido cuatro investigadores a revisar unos documentos. Cuando llegaron se sorprendieron de que no les abriera la puerta Domínguez, el viejo mayordomo de la familia. Y de que en su lugar lo hiciera Acosta, su sucesor.
Pasaron la tarde en la biblioteca. Revisaron carpetas, cartas y fotografías. Y en un momento, uno de los investigadores preguntó por la primera edición. Del Huerto abrió la vitrina colocando la llave en la cerradura y les mostró el ejemplar.
La tapa era celeste y tenía una pequeña rotura en una de las puntas. Miraron el libro durante unos minutos y luego Del Huerto volvió a guardarlo en su lugar.
Después cerró la vitrina con dos vueltas de llave.
—¿Y qué hizo con la llave? —preguntó Adrián.
—No te pongas ansioso y dejame terminar la historia. Se la guardó en el bolsillo.
Los investigadores siguieron trabajando hasta que empezó a oscurecer. El mayordomo entró algunas veces para llevar café, retirar las tazas y abrir una ventana. Cuando terminaron, Del Huerto acompañó a los investigadores hasta la puerta y se fue con ellos a la ciudad, donde pasó la noche.
A la mañana siguiente tenía que recibir a un coleccionista interesado en conocer la biblioteca. Llegó temprano y bañado, con el tiempo justo. Se encontraron en la puerta. No alcanzó a tocar el timbre que el mayordomo ya estaba ahí esperándolos.
Del Huerto hizo pasar al coleccionista a la biblioteca. Pero cuando estuvieron frente a la vitrina...
—La primera edición del libro de Borges había desaparecido —dijo Adrián.
—Exacto.
—Un caso de habitación cerrada, pero a menor escala —dijo Tristán.
—¿La vitrina seguía efectivamente cerrada? —preguntó Joel.
—Sí.
—¿Y la cerradura había sido forzada?
—No.
—Eso no quiere decir que no la hayan abierto —dijo Adrián—. Una cerradura así se puede abrir con una ganzúa.
Del Huerto había pensado lo mismo. Después de descubrir el robo llamó a un cerrajero. El hombre revisó la cerradura y dijo que no encontraba marcas, aunque reconoció que alguien con experiencia podía haberla abierto sin dejar ninguna evidencia.
—Bueno —dijo Joel—. Misterio resuelto. Alguien entró con una ganzúa, sacó el libro y volvió a cerrar.
—Es una posibilidad. Pero no sabemos quién ni tenemos ninguna prueba de que haya ocurrido así.
Adrián preguntó entonces si existía una copia de la llave.
—Sí, pero estaba guardada en la casa de uno de sus hermanos. No se había movido de ahí.
—Entonces alguien pudo copiarla antes.
—Puede ser. Pero los dos poseedores de las llaves aseguran no haberse desprendido nunca de ellas.
Joel dejó el pocillo sobre el escritorio.
—La pregunta es si el libro estaba realmente adentro cuando Del Huerto cerró la vitrina la noche anterior.
—Él dice que sí.
—Eso es lo que recuerda...
—No empecemos con teorías sobre la memoria. Además, tiene a los investigadores como testigos.
Adrián preguntó si alguien podía haber cambiado el ejemplar de lugar. Podía, ¿pero para qué?
Tristán casi no había hablado. Terminó de tragar un bizcocho y se limpió los dedos con la bolsa de papel.
—¿Cómo es el mueble? —preguntó.
Busqué una foto que me había mandado Del Huerto y compartí la pantalla.
La vitrina era angosta. Se veían las dos puertas vidriadas, los estantes y el zócalo de madera.
—¿Está empotrada? —preguntó Tristán.
—No. Apoyada contra la pared.
—¿Tenés una foto de atrás?
—¿Cómo voy a tener una foto de atrás si está contra la pared?
—Pedísela al ricachón entonces.
Le escribí a Del Huerto.
Mientras aguardábamos, Joel preguntó qué esperaba encontrar.
—No sé —dijo Tristán—. Quiero ver cómo está cerrada.
—Tiene dos puertas adelante.
—Eso ya lo vi.
Unos minutos más tarde llegó la foto.
Del Huerto había girado el mueble lo suficiente como para meter el teléfono detrás y tomar la fotografía.
La parte posterior de la vitrina no era una sola placa de madera. Estaba cerrada con varias tablas verticales, colocadas una al lado de la otra. Dos molduras horizontales cruzaban esas tablas y las mantenían en su lugar. Cada moldura estaba fijada al marco con pequeños tornillos de bronce.
Tristán acercó la cara a la pantalla.
—Ahí está.
—¿Qué? —pregunté.
—Las molduras.
Nos contó que años atrás había transportado vitrinas antiguas para un museo. Algunas eran demasiado grandes. Los restauradores les sacaban los paneles posteriores para reducir el peso antes de moverlas.
—Esas maderas finitas no están de adorno —dijo—. Sostienen las tablas de atrás.
Señaló una de las molduras.
—Sacás esos tornillos, retirás las molduras y las tablas salen una por una.
—Pero está contra la pared —dijo Adrián.
—Por eso primero la corrés.
—Pesa casi doscientos kilos.
—No hace falta llevarla hasta la otra punta de la habitación. Con veinte centímetros es suficiente, como hizo Del Huerto para sacar la foto. La corrés un poco, sacás dos molduras, retirás una tabla, metés la mano y sacás el libro. Después ponés todo otra vez y empujás la vitrina contra la pared.
—Sin tocar la cerradura —dije.
—Sin tocar la cerradura.
Joel volvió a mirar la foto.
—Entonces la vitrina estuvo cerrada todo el tiempo.
—Las puertas estuvieron cerradas —dijo Tristán.
Durante unos segundos nadie habló.
—Cualquiera de los investigadores pudo hacerlo —dijo Joel.
Tristán negó con la cabeza.
—¿Vos vas de visita a una casa y te ponés a correr un mueble de doscientos kilos?
—Yo no.
—Y menos con el dueño al lado. Esto lo hizo alguien que podía mover cosas sin que nadie le preguntara qué estaba haciendo.
—El mayordomo —dije.
Tristán tomó un trago de café.
—Yo revisaría su habitación.
Le escribí a Del Huerto.
Mientras esperábamos su respuesta, Adrián contó que una vez habían encontrado una revista condicionada detrás del confesionario.
—De alguno de los monaguillos —acotó Joel.
—No creo —dijo Adrián—. Era de hace casi veinte años. Les sorprendería lo vestidas que salían las señoritas.
—Tal vez fuera del actual presidente comunal, entonces.
Mi teléfono vibró.
Miré el mensaje.
—Acosta no está.
Por un momento nadie dijo nada.
—¿Cómo que no está? —preguntó Adrián.
—Se fue después de que descubrieron el robo. Se llevó una valija y un bolso. Nadie sabe adónde.
Tristán apoyó el termo sobre el tablero.
Volví a mirar la foto de la vitrina. Durante más de cincuenta años había estado contra la misma pared y nadie había tenido motivos para preguntarse cómo era del otro lado. Un ejercicio de perspectiva.




