La obsesión creciente por registrar y catalogar todo nos impide vivir el presente, porque para recordar, primero hay que haber vivido. ¿Qué hay detrás de nuestra obsesión por el recuerdo sino una fobia al olvido?
“Recordar no es lo opuesto a olvidar, sino más bien su revestimiento. No recordamos. Reescribimos la memoria, tal como se reescribe la historia. ¿Cómo se puede recordar la sed?”. Sans Soleil (1983).
El siglo XXI vio cómo algunos términos mutaban de significado hasta pasar a significar lo contrario. Esto sucedió, por ejemplo, con la palabra “experiencia”, que desde su apropiación por el mundo corporativo pasó a asociarse a la idea de “simulacro”, que es casi el antónimo de la experiencia. Cuando se nos invita a vivir la experiencia de tal o cual cosa, se nos invita, en realidad, a vivir una versión degradada de la cosa: una mera imitación, o, lo que es lo mismo, una farsa.
Algo similar ha sucedido con el concepto de recuerdo. Un recuerdo es una sensación que está guardada en el cerebro, esperando la oportunidad para ser traída a la superficie. “Imagen del pasado que se tiene en la memoria”, dice el diccionario; un recuerdo es, por definición, algo que está adentro de la cabeza, y, por lo tanto, que nadie te puede quitar.
Sin embargo, hoy el acto de recordar se está transformando. Cada vez más, el recuerdo parece designar otra cosa, más parecida a la segunda definición que ofrece el diccionario: “Lo que sirve para recordar algo o a alguien”. Un recuerdo ya no es algo intangible almacenado en la memoria, sino más bien un medio, un objeto a través del cual el acto de recordar se vuelve posible. Para poder recordar es necesaria hoy una operación previa: registrar.
Hace un par de meses, la cantante estadounidense Phoebe Bridgers anunció una gira libre de teléfonos –algo que ya hacen artistas como Bob Dylan, Tool o Jack White-, lo que despertó una catarata de críticas en Twitter. Parte de su público –yanqui, obvio- desenfundó cientos de excusas para no admitir su adicción al celular: la criticaron por no tener en cuenta a “enfermos crónicos”, “personas que necesitan monitorear su salud” o “extranjeros que necesitan estar en contacto con sus padres”, la acusaron de clasista y hasta expresaron su preocupación por no poder comunicarse en caso de ocurrir un tiroteo.
Es evidente, aunque muy pocas de estas personas lo admitirían, que uno de los principales motivos por los que quieren filmar el recital es para luego poder compartir un video en Instagram y que los demás se enteren de que estuvieron allí. Pero el celular cumple hoy otra función que a nadie le cuesta reconocer: es un ayudamemoria. De hecho, el argumento más común para criticar a Phoebe era: “Voy a pagar 40 euros y nunca voy a poder revivir la experiencia de nuevo”.
En la misma línea, una swiftie argentina se lamentaba en un tuit con más de 30 mil likes por haberles hecho caso “a esos pelotudos que dicen que los conciertos no hay que grabarlos sino disfrutarlos en vivo", porque “ahora no tengo ni recuerdos ni videos de la mitad del Eras Tour”. “No tenés recuerdos de nada porque intermediás la realidad con la pantalla del celular amiga, no es culpa de ningún pelotudo”, le contestó otro usuario.
a esos pelotudos que dicen que los conciertos no hay que grabarlos sino disfrutarlos en vivo los quiero MUERTOS porque como una estupida les hice caso y ahora no tengo ni recuerdos ni videos de la mitad del eras tour me quiero matar
— cande 🇦🇷☀️ (@tayskarma_) August 1, 2024
Razón no le falta: sobra evidencia científica que asocia el uso del celular como herramienta para atesorar recuerdos con posteriores lagunas en la memoria. En 2014, la psicóloga Linda Henkel publicó un estudio que demostró que las personas que fotografiaban un objeto con el celular recordaban menos que aquellas que lo habían visto solo con sus propios ojos. La explicación es bastante sencilla: al usar un celular para registrar lo que vemos, estamos delegando en él la capacidad de recordarlo. “Cuando dependemos de una ayuda externa para la memoria, mentalmente confiamos en que la cámara lo recuerde por nosotros", señaló Henkel.
Los artefactos tecnológicos tienen cualidades vampíricas: se inspiran en funciones humanas y, en el afán de potenciarlas, terminan por atrofiarlas. Marshall McLuhan hablaba de “autoamputación”: las tecnologías funcionan como prótesis, y exigen a cambio el adormecimiento de esas mismas facultades humanas a las que imitaron. La memoria ha sido sometida por la tarjeta de memoria: si no hay un registro externo, ya no podemos recordar.
Junto con esta pérdida –o quizás, justamente, debido a ella- hay una creciente obsesión por recordar, que, paradójicamente, nos impide vivir el presente. Para recordar, primero hay que haber vivido. Detrás de cada celular que filma una canción, hay una persona prestando menos atención al momento, entregando un porcentaje menor de su alma y de su cuerpo a la experiencia.
Pero esto no sucede solo en eventos masivos. Cada instante debe ser retratado. No se puede dejar escapar ni una pizca de presente: toda actividad debe ser sometida a una incesante maquinaria de registro, catalogación y clasificación. ¿Qué hay detrás de esta manía por filmar cada recital al que vamos, por fotografiar cada encuentro social del que participamos y cada plato que comemos, por calificar cada película que vemos, sino un enorme miedo a olvidar?
Detrás de nuestra obsesión por el recuerdo hay una fobia al olvido. Lo curioso es que, en esta paranoia colectiva, obviamos que el olvido es parte esencial y elemental del recuerdo. La memoria es, o debería ser, un coqueteo constante con el olvido; una cornisa por la que zigzagueamos, y a veces caemos. ¿Cuántas canciones hermosas hemos olvidado? ¿Cuántas canciones que una vez cantamos se nos escurrieron de entre los dedos y cayeron para siempre en las inexorables aguas del olvido? ¿Y cuántas veces tuvimos una canción en la punta de la lengua y la rescatamos en plena caída? Sin la posibilidad del olvido, no existiría la magia del recuerdo.
En 1837, el matemático británico Charles Babbage, uno de los pioneros de la informática, postuló la idea –inchequable, como todas las buenas ideas- de que el aire “es una vasta biblioteca, en cuyas páginas están escritos para siempre todo lo que el hombre ha dicho o la mujer ha susurrado”. “La tierra, el aire y el océano son los testigos eternos de los actos que hemos realizado”, dice Babbage. Si esto fuera cierto, entonces olvidar sería un error únicamente humano; el planeta no olvidaría nunca.
Pero podemos ir más allá y preguntarnos: ¿es posible realmente olvidar? Que alguien te olvide significa que dejás de aparecértele en su pensamiento cotidiano y vas pasando de a poco a la parte de atrás de su memoria hasta convertirte en recuerdo; ergo, que te olviden es que te recuerden. Para recordar no solo hay que haber vivido: también hace falta haber olvidado. Podemos concluir, entonces, que el olvido es lo único que nos salva del olvido.




