La vida en un barril

El otro día hablando con amigos, barril mediante, se planteó un caso hipotético. Antes de proseguir, quiero aclarar que estos amigos de los que voy a hablar son una gran usina de ideas para las estupideces que escribo. Desde luego, no lo son tanto como Barba y Weinbaum, pero por ahí andan. Continúo con lo importante.

Decía que se planteó una hipotética situación. Supongamos que te vas con tu hijo o hija de unos 12 años aproximadamente un fin de semana a la isla. En la lancha van vos, él o ella, la carpa y un barril de 50 litros (si tengo que aclarar que de cerveza, deje de leer en este momento, en serio. Tenga un cachito de amor propio) y la correspondiente chopera. Ni vos ni tu hijo/a saben nadar y ni en pedo que llevás salvavidas. Tu pibe/a pesa más o menos lo mismo que el barril. De pronto, la lancha se empieza a hundir en el medio del río. No hay nadie alrededor que los socorra y con el peso que llevan no llegan a la orilla. Tenés que tirar algo al río y sacrificarlo. Además de la carpa, obvio que ya voló antes de que la lancha empiece a hundirse. ¿Qué tirarías: el barril o a tu hijo/a?

Hubo un mínimo silencio previo a las respuestas que indicaban que los presentes estaban tomando cerveza y tal vez pensando qué decir. Comenzaron las discusiones, se hicieron varios grupitos de debate. Yo no me acuerdo en cuál estaba. Como a mí la discusión me parecía una idiotez porque no entiendo por qué yo iría a pasar dos noches durmiendo en el piso, oliendo a repelente como a lo mejor que podés llegar a apestar, rodeado de yayarás, comportándome como un cazador y encima sin wifi, seguí tomando cerveza mientras sacaba material para mis columnas sin pedir permiso ni autorización para publicar. Además, yo ya sabía qué era lo que había que hacer.

«Me tiro yo», dije. Me miraron y parecieron no entenderme. “Y sí, es obvio. Me tiro yo”, tuve que insistir. Y continué: «Si tiro el barril -que sería lo más lógico-, no podría vivir mirando a mi hijo/a a la cara sin culparlo por haber tenido que tirar un barril de 50 al río sin pinchar. Además, voy a cargar con otra culpa: la de haber contaminado el medio ambiente y volver alcohólicas a vaya uno a saber cuántas especies acuáticas y autóctonas. No solo voy a mirar con odio a mi retoño/a de por vida, sino que también voy a tener que soportar los permanentes reproches de la comunidad hippie de Rincón y Arroyo Leyes. No es mi obligación aclarar qué es peor.

Si lo tiro a mi hijo/a, voy a tener que inventar algo creíble para que, a la vuelta, no me acusen de haber preferido la cerveza y que, quizás, me metan preso por abandono de persona. Y ni así, porque seguro que cuando cuente qué pasó me pongo nervioso, se nota que miento, empiezo a contradecirme e inventar algo con algún mapache y termino en cana por estúpido. En la cárcel seguro toman Quilmes y eso yo no lo soportaría. ¿El pro? Nada que conlleve el “pro” puede ser bueno, así que pasemos a otra cosa.

Entonces, ¿qué es lo más fácil? Tirarme yo, y que el problema lo tengan los/as otros/as. Pero antes de tirarme, pincho rápido el barril, me tomo un par de lisos y le digo esto a mi crío/a: «Mirá, a tu edad, tus abuelos me mandaron a la calle a que me tomara un colectivo urbano solo y nunca me dijeron dónde iba. El mundo es duro pero vas a sobrevivir. Seguro en la isla hay wifi. Y hacé que mi sacrificio valga la pena. Tomate ese barril -en tono imperativo y señalándoselo seriamente- antes que se terminen los rolitos de la chopera».

Concluí mi exposición. Algunos asintieron con la cabeza, o estaban cabeceando del sueño porque ya habían tomado bastante. Uno, conmovido ante mi sacrificio, me palmó la espalda y le dije por lo bajo: “Es lo más digno que, creo, puedo hacer frente a la muerte cuando hay un/a hijo/a y un barril en juego. Y que dios y la historia me juzguen”.

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