Amazonia

En el 2011 viajé a la amazonia brasilera junto con la organización Vagalume, de Sao Paulo, que implanta bibliotecas en las comunidades rurales de allá. Sería una necedad decir que “conocí” la amazonia en los escasos e increíbles 10 días que duró la experiencia; apenas la vislumbré.
Había elegido un vuelo que llegaba de día, no sólo para no arribar de noche a una ciudad desconocida, sino sobre todo porque quería ver la selva desde el aire. Quería capturar con mis propios ojos la imagen de la jungla infinita. Esa visión nos acompañó durante tres horas de vuelo; un avión va a unos 900 kilómetros por hora, así que bueno, saquen cálculos. En toda esa extensión solamente hay selva. Los ríos parecen serpientes lustrosas, haciendo dibujos maravillosos en la masa verde.
En un momento apareció un destello plateado quebrando la monotonía: la mítica Manaos brillando al sol.
Cuando el avión giró para comenzar a descender, pude ver el portal que te anuncia que estás por entrar a otro mundo: el Encontro das Águas. Así le llaman a la confluencia entre el Río Negro –de aguas negras– y el Solimões –de aguas marrones–. Como cada río tiene densidades distintas, sus cursos no se funden, y se ve nítidamente la línea divisoria, como si alguien la hubiese trazado con escuadra.
Manaos no es para nada como esperaba. Es fea, sucia, huele a basura fermentada, está superpoblada, el tráfico es caótico. Los restos de la fastuosa capital del caucho de fines del siglo XIX y comienzos del XX emergen como despojos podridos en el calor insoportable. Los señoriales edificios de la “París de los Trópicos” están en ruinas, la mayoría clausurados, algunos con carteles del gobierno prometiendo su restauración. La ciudad antigua es devorada por una infinidad de puestitos de venta de artículos electrónicos, corpiños, zapatillas, juguetes libres de impuestos. Manaos, decadente tras el fin de la fiebre del caucho, fue convertida en Zona Franca en 1967.
Bajo del cole que me trajo desde el aeropuerto y camino las cuadras hasta el hostel, regenteado por un inglés que decidió irse a vivir allá. No puedo entender por qué alguien querría vivir en Manaos. Le pregunto si el calor es siempre así, y me contesta que sí, supongo que piensa que soy una idiota.
Las habitaciones del hostel varían de precio según tengan aire acondicionado o no. Por supuesto, tomo una compartida con aire. Solamente hay duchas frías, porque el agua caliente se considera innecesaria, si bien comprobaré que una ducha caliente para relajar es algo que extrañaré en el viaje.

Publicada en Pausa #165, miércoles 11 de noviembre de 2015

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