Soda Cirque: crónica de un show esperado, con resultados confusos.

La expectativa empezó hace dos años, cuando la compañía canadiense Cirque du Soleil anunció que estaba preparando un show inspirado en la música de Soda Stereo. Dos años haciendo leudar las ansias de miles, millones de fanáticos, soñando con el sueño imposible de volver a ver a Cerati, Bossio y Alberti sonando en un estadio.

Y si a esa ansiedad de fanáticos, se le sumaba el chusmear los otros espectáculos homenaje a bandas o solistas que el Cirque du Soleil tiene (Love, de The Beatles, y One, de Michael Jackson), la adrenalina se podía multiplicar por mil. Son impresionantes, los pueden buscar en Youtube.

Pero las grandes expectativas y la sobreventa mediática previa a veces conspiran y pueden ser demasiado.

Una vuelta por el universo

Sép7imo Día-No descansaré es el nombre del show y la narrativa comienza a vislumbrarse desde ahí: a lo largo de los 90 minutos las referencias al universo, el cosmos y la creación, van guiando al espectador.

El escenario –una innovación en el Cirque– es una semi esfera, una media luna, un medio mundo, por donde 35 acróbatas, bailarines, cantantes y payasos van a subir, bajar, saltar y volar, con una destreza espectacular.

La forma del escenario no es la única novedad que presentan los canadienses. Sép7imo Día, además, tiene campo. En la búsqueda de emular ese sector de los recitales que es el que agita y poguea, también por primera vez el público tiene un rol más activo. Allí suceden gran cantidad números, incluyendo la apertura y el cierre.

Y así arranca: en una oscuridad total, una voz en off narra la sociedad de los Soda –el “triángulo al que nunca dejaron entrar a nadie”, pero al que hoy dejan entrar al público–, y las voces de los tres aparecen, iluminando el techo del Luna, como estrellas allá arriba. Ahí aparece por primera vez la voz de Gustavo, y un poquito se eriza la piel.

Y ahí aparece también el personaje, con un look bastante Cerati, que será el que lleve la narrativa, poco clara por momentos, del show. Es un joven atrapado en una jaula, que logra liberarse cuando el riff de “En el séptimo día” le llega mediante unos auriculares que le caen del cielo. El personaje se eleva para comenzar una aventura llena de música y fantasía.

Según había explicado el autor y codirector Michel Laprise en la previa, el joven liberado se llama L’Assoiffé (el Sediento) y la jaula en la que está atrapado podría ser una metáfora de la opresión.

L’Assoiffé permanece unos segundos suspendido sobre los espectadores del campo, mientras comienzan a circular entre el público unas gigantes ruedas luminosas con pantallas LED que proyectan imágenes de la niñez del trío homenajeado, develando que el viaje a otros mundos será una de las claves del show.

Todo suena un poco flashero –lo es– y aunque los conocedores del Cirque dicen que el número de apertura es el que se prepara con más detalle y cuidado, la primera impresión de Sép7imo Día no es de lo más potente.

Zoom

Hay números extraños durante todo el espectáculo. “Cuando pase el temblor” es sólo una pantalla proyectando imágenes de recitales de Soda, un mapa de Latinoamérica y una integrante del staff del circo agitando al público a que cante y aplauda. Son casi tres minutos de sólo eso.

El show fluctúa así entre momentos emotivos, profundos y bien logrados, con otros en los cuales la música está casi de fondo y lo que se despliega, de manera incuestionable, es el talento de los artistas en escena: una contorsionista que hace cosas imposibles dentro de una símil Floralis Genérica –esa flor de metal gigante que está al lado de la Facultad de Derecho de la UBA– mientras suena “En remolinos”; tres musculosos acróbatas que saltan, se cuelgan y caen al ritmo de “La ciudad de la furia”, o el personaje protagónico haciendo malabares con el diábolo en “Persiana Americana”. Eso es puramente circo.

Los puntos más altos del show se dan cuando el talento de esos artistas se fusiona a la perfección con la música, que no sólo acompaña sino que es parte necesaria, y la tecnología. Uno de esos puntos es “Sobredosis de TV”, donde el clown argentino Toto Castiñeiras protagoniza a un hombre sumido en la vorágine de la televisión. Interactuando con gran histrionismo con los recursos tecnológicos, el resultado –la proyección del cuadro en el telón de fondo del escenario– es impecable.

En ese mismo sentido transita el número donde una artista dibuja con arena y proyecta la acción en la pantalla, al son de “Un millón de años luz”, mientras uno de sus compañeros da vueltas por el escenario, entrando y saliendo de entre la arena. Difícil de explicar, increíble de ver.

Otro momento emotivo se da con “Té para tres”, cantada y tocada en vivo entre el público; o con “Hombre al agua”, donde una sirena baila alrededor de un guitarrista, ambos dentro de una pecera gigante.

Para el cierre, mientras los últimos hits se despliegan en el escenario, sobre el sector del campo comienza a armarse una larga pasarela, el mástil de una gran guitarra sobre la cual se desarrollará el número final con, claro, “De música ligera”.

Antes de que los acordes comiencen a sonar, vuelve la voz de Gustavo a pedir al público que ilumine el estadio. No es un golpe bajo, como podría haber sido un holograma del vocalista, pero su voz pone un poco la piel de gallina.

Sin mucha espectacularidad, aunque no por eso con menos talento, los 35 artistas se reúnen para realizar las últimas acrobacias, saltar con el público, hacer las reverencias y agradecimientos de rigor antes de que el Luna vuelva a oscurecerse dejando sólo iluminado el telón de fondo con un, claro, gracias totales sobre la imagen de Cerati, Charly y Zeta.

Había una vez un circo

Quien va a ver Sép7imo Día-No descansaré buscando la energía de un recital de Soda Stereo, o de cualquier banda de rock, seguramente saldrá con un sabor agridulce. Hay música, hay rock, pero no está la potencia de una banda en vivo, lo cual quizás hubiera hecho ganar algunos puntos más a la propuesta del Cirque.

Quien va buscando la espectacularidad de otras puestas en escena del Cirque du Soleil, también se verá desconcertado. Sép7imo Día es más un show teatral con elementos circenses, intimista por momentos, que un show circense, y rockero, en este caso.

Los fanáticos de la banda aportan mucho al espectáculo, porque aunque lo que vean no les vuele la cabeza, la música, la voz de Cerati, siempre los transportan y el “agite” le termina dando un poco más de sabor y color.

Justamente por esto es difícil imaginar la aceptación que Sép7imo Día pueda tener fuera de las fronteras de América Latina, si es que llega a salir. Difícil imaginar a un yanqui, un sueco o un japonés tarareando “La ciudad de la furia” o emocionándose con “Cae el sol”, quedando lejos, muy lejos, de la identificación rompefronteras y rompelenguas de The Beatles. Y esa misma e inevitable extrañeza sobre una de las bandas más importantes de nuestro rock es la que parece subyacer a las interpretaciones, un tanto confusas, que la producción, lejana geográfica y culturalmente, hizo a la hora de crear este espectáculo.

Hay algo de la mística de Soda que no termina de plasmarse en el show del Cirque du Soleil y eso hace que el resultado sea raro. Está la música, pero no está Soda ahí, no es eso este Sép7imo Día y por eso es poco claro qué es finalmente. Quizás el error es de los fanáticos, que van buscando, soñando un sueño que ya no puede ser realidad.

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