Más santafesino que el sábalo

Hay tres cosas que diferencian a Santa Fe del resto del mundo. Tres cosas que no pueden faltar para seguir siendo Santa Fe. Tres cosas con la que nuestra cultura setubalera nos bautiza al nacer: el liso, El Quilla y La suavecita. El resto, sobra. El pasado domingo 8, y después de discutir que si al lado del Puente Colgante sí o no, en la Costanera hubieron dos de esas cosas festejando los 45 años de Los Palmeras junto a la Filarmónica: cumbia y porrón.

Según Luis Mino, quien condujo el evento en dueto con Gisela Vallone, las más de 90.000 personas que se hicieron presentes comenzaron a llegar a la Costanera alrededor de las 15, en familia y provistos de sillas y conservadoras llenas de nuestro más representativo elixir. Y algún jugo para los niños y niñas, claro. Desde el escenario, los anfitriones aseguraban poder observar unas nueve cuadras de la costa repletas.

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“Che, capaz que no conozco todos los temas”, le escribí al director del periódico que me encomendó esta crónica. “No te preocupes. Los conocés a todos”, calmó mi neurosis de manera tajante. Llegué, entonces, un ratito antes de las 19, hora a la que estaba anunciado el show que arrancó pasadas las 19: 30 y que fue introducido con un video donde se repasó la “vida y obra” de nuestros Rolling Stones. La historia arrancó en el ’72, con Yuli, el de los girasoles, en la voz. Deicas, el emblema,  llegó a nuestras vidas el mismo año que yo llegué a Santa Fe y la Copa del Mundo a la Argentina: 1978. “Un domingo estuvimos viendo a la Filarmónica con Los Palmeras”, dijo Mino y repasó a las autoridades políticas que se encontraban detrás del escenario. Al lado mío una señora preguntó retóricamente “¿y el intendente?”. Los silbidos para Corral lo hicieron presente. Mientras tanto, los 44 músicos y los 12 coreutas se iban acomodando en sus asientos. Vallone leyó una definición bastante enciclopédica de la cumbia que el primer acorde del acordeón de Camino destruyó: la cumbia se siente, no es un concepto.

La “Obertura” sonó bajo la puntillosa y festiva dirección de Rubén Carughi. Fue un mix de casi todos los 20 clásicos que compusieron el repertorio de la nochecita santafesina. Una vez terminado, todos ansiosos esperando que la cosa arranque en serio. Como para ponerle más suspenso al asunto, a Mino se le ocurrió rememorar sus viejas épocas de conductor de micros televisivos y estirar el comienzo de la fiesta. “¡Dale Mino! ¿Te pintó el Para conocernos ahora?”, gritó otra señora que tenía cerca. A las 19:40 se comenzó a delinear la raya del antes y el después en la historia de nuestra cultura popular: empezó a sonar La cola, con Deicas contando hasta 9 en inglés… salteándose el 8.

“Hasta Maradona cantó y bailó este tema en Dubai y lo hizo viral en un video por las redes”, fue la intro a Perra. Afortunadamente, esta crónica no la tengo que presentar en manuscrito. Tras que tengo una letra jeroglífica, imagínense lo que es intentar anotar algo mientras a uno las caderas se le mueven inevitablemente sin saber muy bien porqué. Bah, sí lo sé: soy santafesino; y un santafesino que no toma porrón o no baila cumbia tiene muchas posibilidades de morir virgen. Es como un mecanismo de defensa o de supervivencia que a uno se le menee la pelvis a un ritmo tropical sin darse cuenta.

Siguió Por primera vez y Tiempo de bailar para que el público quedara “con la cabeza alborotada, medio loco”. Hay que decirlo: con Los Palmeras, todo tiempo es tiempo de bailar. Diferencias bajó un poco la excitación. Pero duró poco. Lo que muchos (y me hago cargo) en su momento repudiamos llegó al escenario y partió en 800 mis prejuicios. La bestia pop en versión cumbiarmónica nos pone delante de una realidad contundente: Los Palmeras son los Redonditos de Ricota de la cultura popular… y con mucho menos ego, claro.

Los primeros acordes de El bombón hicieron que el público pase del grito al baile. Y del baile a postear en Instagram, en vivo, el último gran hit de la banda. Olvídala y Aprenderás a llorar, las dos miradas del desamor: la del abandonado y la del que abandona… o la que abandona. “Un himno de fiesta las palmeras cantaban”, hicieron sonar en una Cumbiamba sobre la laguna que, para mí, fue el mejor sonido de la noche. Bueno, es que es mi canción favorita de ellos. Asesina, Embrujo y Muchacha triste, completaron el tándem más encendido del repertorio que logró que hasta Mino se tirara unos pasos arriba del escenario. Para mi suerte, baila peor que yo. A esta altura, y cuando todavía faltaba lo mejor, ya estábamos conscientes de que arriba del escenario había una orquesta transgénero; músicos que trascendían su propia disciplina y que hacían circular la cultura por diferentes canales y en varias direcciones. Ahí había artistas. La “simbiosis”, como la definió Luisito (que, nobleza obliga, era el conductor indicado, a falta del Pipi o Carlitos), funcionó con fluidez para que las culturas se amalgamen y, a través de la cumbia, todos seamos uno. Todos seamos Santa Fe.

“Vamos llegando al final”, dijo Vallone cuando estaba por anunciar la canción número quince… Inmediatamente, Mino empezó a nombrar algunos símbolos de Santa Fe: el liso, el Puente y el alfajor, entre otros. “Y un himno”, y ya todos sabíamos de lo que estaba hablando. La suavecita, nuestro grupo sanguíneo. La niña bonita. Y cuando arrancó, con furia, ustedes lectores disculpen pero tuve que guardar el anotador y agarrarle las manos a una chica para moverme sueltecito y abriendo los brazos. No me contuve. Yo soy el típico vago que toda su vida se presentó como el que “escucha cumbia solo en las fiestas”, pero cuando suena La suavecita algo en mi motricidad se va a la mierda. La Filarmónica demostró que sabe cómo se baila cumbia también. Se pusieron de pie para tocar el himno, claro. La alta cultura rindiéndole pleitesía a lo popular, en un acto de admiración y respeto a la trayectoria y a nuestro ser mismo. Y como nada es casualidad, nuestro himno se grabó el mismo año que se compuso un nuevo himno nacional: el gol de Maradona a los ingleses. Sí, en el ’86.

Todos sabíamos que iba a haber bises. Además, los conductores anticiparon que iban a ser 20 temas y faltaban cinco. Se hizo escuchar Títere, seguido de esa canción que es la pregunta que solo Los Palmeras pueden responder: ¿Qué quiere la Chola? El más popular y Doble vida sonaron antes de que Marcos Camino le agradeciera a Lifschitz por ser “el único gobernador que le dio un espacio a la cumbia”, dándole pie para que subiera al escenario y, exultante, declarara que Santa Fe tiene música popular de primera para toda la Argentina: “Tenemos que llevarla al Obelisco para que todos sepan qué es lo que mueve a los santafesinos”. El público respondió con aplausos. No así la intervención del candidato a concejal por el Frente Progresista, Emilio Jatón, que fue bienvenido con indiferencia y algunos pocos silbidos y aplausos.

Mientras Camino destacaba, y celebraba, el buen comportamiento de todos los presentes, entre la muchedumbre no había mucha duda sobre qué tema quedaba para el cierre. No iba a ser necesaria la intro de Mino para empezar a gozar, desde antes del primer acorde, lo que casi todos ahí querían ser: negros y parranderos. A esta altura, la impecable dirección de Carughi –sin el cual esto tampoco hubiese sido posible– ya era más una arenga que otra cosa… y está muy bien que así haya sido: para entonces, hasta el más solemne de los músicos “por un rato de parranda se moría”. En el duelo de coros, el “ae ea, yo soy parrandero” del escenario se confundía con el “ae ea, yo soy sabalero” de la multitud. Los tatengues ofrecieron, con respeto, la mejor de sus sonrisas. Es que aunque primos, ahí había una sola familia: la cumbiera.

A las 21:25, cuando todo parecía acabado, volvió a tomar la palabra Marcos Camino para anunciar un nuevo bis. Y sí, cuál más sino. El himno de la cumbia “que es más santafesino que el sábalo”, dijo el maestro. “La cumbia está inserta en toda la sociedad, ya no es periférica”, concluyó antes de calzarse de nuevo el acordeón. Rubén Carughi se sacó el sombrero ante ellos… a Carughi lo conozco hace unos 10 años, más o menos y es la primera vez que lo veo sin sombrero. Esa es la dimensión de su gesto; eso es lo que son Los Palmeras para toda nuestra cultura. Para las 21:40 La suavecita había dejado de sonar otra vez.

“Sólo me tendrás en tu recuerdo”, dice la canción. El recital terminó. Por suerte, nosotros tenemos Palmeras para rato y tendremos el recuerdo de esta noche que, sin dudas, será única. Fin del recital y el director tenía razón: me conocía todos los temas.

Algunos se habrán ido a seguirla a Villa Dora. Yo no. A mí me quedaba un porrón con la chica a la que saqué a bailar. Y es que uno nunca puede escaparse de su historia. Y la mía, como la de los que ahí estuvimos, está escrita con cerveza y Los Palmeras. Baila, baila; total qué más da si soy feliz.

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