La escuela de la carne

Ilustración: Lucrecia Pelliza

Entre julio y noviembre de 2001, la revista Voces publicó cinco artículos sobre Isabel Sarli, símbolo y esencia del erotismo criollo. Aquí replicamos el cierre de aquella saga, en la pluma de Querelle Delage, editado originalmente bajo el título “Los otros”.

Por Querelle Delage (*)

Ilustración: Lucrecia Pelliza

No puedo expresar con palabras lo que sentía en aquellos momentos; lo único que sé es que me agradaba interpretar aquel papel heroico que el destino me había asignado. Comprendía que mi trabajo era una labor admirable y difícil, y que me sería muy satisfactorio poder decir, cuando llegara el momento oportuno: “Yo he triunfado allí donde otros habían fracasado”. Henry James, en Otra vuelta de tuerca.

NATURAL

Isabel Sarli es una diva al natural. Como otras no lo han sido nunca. Marlene Dietrich tenía un séquito de dibujantes profesionales que le diseñaban cada mueca (si es que alguna vez modificó su rostro imperturbable) e iluminadores full time que deshacían sus estados de ánimo a fuerza de 1000 watts por segundo. Marilyn se oxigenaba hasta los pelitos de la nariz para cumplir con su insoslayable destino de rubia suicida. Debbie Reynolds era la actriz ideal para personificar a Dumbo, pero, a lo Van Gogh, bisturí mediante echó por tierra toda posibilidad protagónica; y así como éstas, otras le han sacado punta a sus narices o trituraron sus costillas para mostrar y demostrar que sus cinturas son dignas del himenóptero con aguijón.

De secretaria a indiscutible sex symbol terrenal, la Coca jamás acudió al llamado de la madre biónica. Todo es de ella; todos son de ella. Una diva que se construye negando los favores que salamanca presta, más que una diva es una divinidad. Ella lo es.

CATCH

“Estoy escribiendo, aunque me da cierto pudor: desnudar el alma es mucho más difícil que desnudar el cuerpo”, dijo Libertad Leblanc a propósito de su autobiografía. Y así le fue…

La blonda ¿archirrival? de la Coca jamás estuvo a la altura del conflicto. Mientras la Sarli testeaba con su piel los cuatro elementos de nuestra madre naturaleza bajo el sol latinoamericano y produciendo cataclismos a mansalva, Leblanc se planchaba los pliegues de la cara con la Atma, hasta incinerarse y desaparecer…no existir.

Algunos las vieron como la versión femenina de los luchadores de catch: Teta-nes en el ring. Otros, la mayoría, sabían que la Coca apabullaba por knock-out. Desigualdad de condiciones, que le dicen.

CLON

En alguna época era casi imposible distinguir entre Elizabeth Taylor, Sofía Loren, Gina Lollobrigida e Isabel Sarli. Aunque las tres primeras nunca se enteren, son clones de la Coca en idioma extranjero. Leave me alone, leave me alone, you swine. Lasciami, lasciami, farabutto. Déjeme, déjeme, canalla.

FIEL

Entre las tantas causas de la infidelidad podríamos nombrar: desamor, venganza, curiosidad, insatisfacción, narcisismo, hastío.

La comezón del séptimo año es conocida como la etapa en que las parejas entran en crisis y demás devaneos conyugales. Hoy día podríamos afirmar que transitar esta cantidad de años junto a nuestro ser amado sería un milagro.

Desde 1957, Isabel Sarli estelarizó 30 largometrajes, 27 de ellos dirigidos y varios coprotagonizados por su padre-hermano-amante-amor eterno, “mi todo”: Armando Bó. Los otros tres restantes fueron los que hicieron de Bó un “cornudo de película”.

Con él filmó sus seis primeros films: El trueno entre las hojas, Sabaleros, India, Y el demonio creó a los hombres, Favela y La burrerita de Ypacaraí. El séptimo, realizado en 1961 de la mano de Leopoldo Torre Nilsson, se llamó Setenta veces siete basado en dos cuentos del genial Dalmiro Sáenz. La diosa popular y el cineasta intelectual. Los opuestos se atraen. Blanco y negro, mucho viento, la Coca casi muda (¿para qué hablar?), sin desnudos y un agujero en el techo. Lamentablemente el público y la crítica le dieron la espalda. Entre el pecho y la espalda… la Coca deja el alma.

La segunda infidelidad no fue tan así. ¿Por qué?: La diosa virgen, de 1974, filmada en Sudáfrica por Dirk de Villiers para la Columbia Pictures y hablada en inglés, lo tenía a su A(r)ma(n)do de coprotagonista. El dúo argentino bajo la mirada puritana de Hollywood: cine de aventuras, apta para todo público, sin tetas, ni besos. Un producto atípico para nuestra gloria criolla. Ser fiel sin mirar con quién.

Y por último, ya viuda la Coca (Armando Bó muere en 1981), después de 15 años sin filmar, es revivida por Jorge Polaco para la pantalla gigante en La dama regresa, en 1996. La crítica la destrozó y Polaco de la Coca se enamoró. Amores de fin de siglo.

Por lo visto, la infidelidad puede ser tan inexplicable como la fidelidad.

NUNCA

El erotismo encontró en la inconfundible figura de la Sarli, el vaso vacío para colmarlo, pero éste rebalsó y todavía nos empapa como nadie volverá a hacerlo. La Coca podría ser nuestra vecina, aunque nunca nos pediría una taza de azúcar, pero sí lo que nos sobró de nuestra cena: para sus perritos, que son muchos.

En los reportajes, las anécdotas son siempre las mismas. Una historia que se reinventa, una leyenda que se transforma continuamente a sí misma: cómo conoció a Armando Bó, su primer desnudo, la huelga de hambre, la cachetada al cura, las censuras…

No tiene heredera ni hacen falta. Con ella se sació la imperiosa necesidad de furias infernales. Muchas quedaron en el camino, que es largo y sinuoso, pero que la Coca recorre libre de ataduras como una mariposa en la noche.

Su cuerpo nunca estuvo de moda. Está tallado de tal manera que sus medidas son imposibles e inalcanzables; el escultor nunca contó su secreto. El cine siempre estará en deuda con Isabel Sarli. Nadie nunca podrá hacer “de ella”: más que ella misma, en una película sobre su vida. Tendrán que inventar la vida después de la muerte, pero en serio. Ni los FX del momento, ni las actrices virtuales podrán tomar cartas en el asunto.

En Tomb Raider Angelina Jolie portaba senos digitalizados. Bill Gates tendría que recibirse de auténtico cyber-genio para diseñar un programa que logre recrear la perfección (tamaño, forma, belleza, turgencia) de los de la Coca. Sería una nueva revolución tecnológica.

OTROS

El cine de Sarli-Bó es otro cine: un género único que no consigue denominaciones certeras, porque tampoco las necesita. Se hace ver, y cómo. Nunca indiferente. Los afilados censores de turno tenían las garras de Freddy Krueger preparadas antes de cada estreno del dúo dinámico. Pero en el piedra-papel-tijera siempre era piedra-tijera a favor de los inmorales amantes.

Las películas de la dupla poseen elementos que transitan un territorio diferente, casi fantástico. La sola corporalidad de Isabel Sarli, de por sí ya es sobrenatural en un contexto real, aunque plagado muchas veces de situaciones inverosímiles. Los géneros por los que se pasea el tándem son: el drama con contenido social, el melodrama erótico y la comedia picaresca.

Así que el mundo “real” se transforma en otro diferente con la sola aparición suya. La fantasía y el deseo masculino por la hembra voraz e insaciable, se concreta y perturba la realidad para deslizarla sin escalas, abruptamente, hacia otro mundo, casi irreal. Sin forcejeos pero jamás pasivos, nos adentramos con ritmo de bolero en este ecosistema simbiótico único.

Sarli-Bó rompen con el naturalismo en cada fotograma, lo afectan; aceptamos los hechos que nos presentan porque apuestan a nuestra fe bastardeada. Dispuestos a ayudarnos a reencontrarla: diferente, cambiada, desde otro ángulo, desde otra mirada. Deshaciéndose de los códigos anteriores (otras cinematografías, otros géneros ¿puros?) y así bautizándonos como díscolos guerreros del Séptimo Arte. Recuperando la fe, una nueva, otra. Mientras tanto, los aplausos no cesan.

(*) Publicado en Voces Nº19, Santa Fe, noviembre de 2001.

La “Coca”, un ícono del erotismo nacional

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