Desvío a la Raíz-Agricultura Ancestral: cultivar en los patios, en familia y sin agrotóxicos.

El sol refleja manchones blancos sobre el pavimento de la ruta 11, camino a Desvío Arijón. Las casitas bajas de colores claros, al otro lado de la vía que corre paralela al asfalto, parecen esconder secretos de otras épocas. A 40 kilómetros al sur de Santa Fe, un cielo azul de agosto se recorta entre los árboles. El verde de las plantas desdibuja la certeza del invierno. Jeremías Chauque nos recibe en su casa con su familia. Un cartelito en la entrada: “Desvío a la Raíz. Agricultura Ancestral”.

“Somos parte de los pueblos fumigados. Organizarnos era un objetivo urgente, plantearnos como familias agricultoras: rebrotar el campo, lo que implica la palabra campo, donde no solamente es hablar de producción, sino de cultura, de identidad, de memoria” dice Jeremías. Hace 13 años, él y su familia comenzaron con el proyecto Desvío a la Raíz – Agricultura Ancestral en Desvío Arijón. Hoy son 30 familias que producen de manera comunitaria, en sus casas y sin las sustancias extorsivas del agronegocio.

“Agricultura es la palabra que nos permite reconectarnos con abuelos sabios, campesinos, abuelas que todavía viven en nuestro pueblo. La ancestralidad es la base desde donde nos propusimos trabajar. Es un viaje a la memoria. Labrar respuestas antiguas para estos tiempos nuevos. Así nos encontramos con historias con un poder germinativo fundamental. Hablamos de ancestralidad porque nos permite regresar, marcar hacia dónde nosotros pretendemos ir” afirma Jeremías. 

El poder de las palabras

No se puede hablar de agricultura sin hablar de cultura, de palabras, de identidad: “La agroecología en nuestro proceso local no es una palabra que nos represente. Porque si un abuelo campesino no sabe lo que es la palabra agroecología, estamos dejando afuera la memoria. Hay que replantearse si los que tienen que aprender son ellos, a ver qué significa la agroecología, o si realmente como nuevas generaciones tenemos que respetar el legado antiguo, el legado ancestral”. 

“El mercado lo tiene más claro. Sabe el poder político, social, cultural de una palabra. Entonces nos roban los conceptos. Resulta que el agronegocio es la agricultura, y que ellos son el campo. Si el agronegocio transgénico, saqueador, de monocultivo, enfermador de pueblos es el campo, qué somos las familias campesinas. La pelea es conceptual. Comprendimos que teníamos que recuperar esa palabra maravillosa que es agricultura” explica. 

Jeremías nos presenta a Ángel, vecino de Desvío Arijón, que tiene 80 años y hace poco se animó a armar su propia huerta. Los brotes de lechuga buscan la luz del sol, verdes, pequeños, brillantes: “Monsanto, ¿cómo le dicen?, no funciona, te mata las plantas”, dice Ángel, y nos muestra orgulloso su siembra.

Ángel, vecino de Desvío Arijón, en su huerta. Foto: Mauricio Centurión.

Olores y sabores subversivos

“En temporada de frutilla el pueblo se inundaba de olor a frutilla”, dicen los que recuerdan el pueblo viejo, las épocas de las farras y de los buenos pagos. Frutillas rebosantes de sabor que anunciaban la fiesta colectiva de la cosecha. Historias, personajes que ya no están pero que vuelven en un perfume.

“Hoy eso no existe más. Hay cuatro o cinco variedades de frutillas nativas que desaparecieron. El agronegocio tiene claro el poder de la memoria, porque ese olor a frutilla es la posibilidad para que viajes hacia atrás, hacia un momento en donde compartías con tu familia, con tus abuelos. El sabor a frutilla nativa, para este modelo del agronegocio, es subversivo. Necesitamos volver a ese momento mágico en donde ese olor a frutilla invadía nuestros pueblos” advierte Jeremías.

Su compañera, Aluminé Martínez, mate en mano, nos trae el pasado: “Culturalmente este es un pueblo frutillero. Antes iba todo el mundo, era común ver a los guachines de ocho o diez años juntando frutilla. Como es algo cultural, no se veía mal que vaya la familia entera a trabajar.  Porque era todo un acontecimiento. Ahora ya es otra cosa, están todo el tiempo fumigando. Ahora es terrible. Por la forma, y por lo poco que se les paga”. “Este modelo productivo se basa en talarnos la memoria. El éxito se basa en enfermar los suelos, en enfermar nuestro alimento, en enfermar nuestras familias”, agrega Jeremías.

Jeremías, Aluminé y su familia. Foto: Mauricio Centurión.

“Remedios”

Los actuales recolectores, los verdaderos trabajadores de la frutilla, dicen que esas sustancias que le ponen a la planta son “remedios”. Eso les explicaron los patrones. Cuentan que sólo en barrio Papeleras, donde viven Jeremías y Aluminé, y donde hay 15 o 20 casas, hay cuatro casos de cáncer, dos de leucemia, abortos espontáneos, eclampsia. 

“Y es difícil hacerles entender: ‘por qué, si toda la vida, mi papá, mi abuelo, todos juntamos frutilla y nunca nos pasó nada, por qué ahora sí nos va a pasar. Si lo que le estamos echando es un remedio’ cuenta Aluminé. “Hay generaciones de pibas que vieron a su mamá, a su papá, marchar a estos campos de concentración de frutilla. Son generaciones que no conciben otro campo, porque se pierde la noción de la relación con la tierra, con tu alimento, con tu entorno, con tu vecino. Se pierde la relación del campo con la ciudad, porque mientras en la ciudad se plantea no comer carne, la gente que produce la comida para la gente de la ciudad, no come verduras. Come arroz, fideos. La gente de acá está empobrecida. No puede comer carne porque no puede acceder” comparan. 

“Es muy efectiva esta invasión. Para nosotros es la Campaña del Desierto. Son los mismos apellidos, la misma forma de avance sobre los territorios. Nos fumigaron la cultura, la memoria, la identidad. Un pueblo sin eso es un pueblo de rodillas. Sos una maleza más, como lo llaman ellos”. Las palabras de Jeremías reivindican su identidad mapuche.

Junto a la misma ruta que nos vio llegar, Marilin con su hijo Brandon en brazos nos muestra los cultivos que tiene en la banquina. Rabanitos, lechuga, acelga, cebolla. Todo crece perfectamente ordenado en los surcos que hicieron ella y su esposo. Nada saben esas plantas de los productos que vende Monsanto con la excusa de garantizar la producción, la fertilidad de la tierra, la protección ante los bichos. 

Marilin y Brandon, a la vera de la ruta 11. Foto: Mauricio Centurión

Conectar

A cada recolector y recolectora de frutilla  las empresas frutilleras hoy les pagan dos pesos con cincuenta, a lo sumo tres, por cada kilo. “Hay sectores que somos compañeros, que están planteando la cuestión de la fumigación y de los agrotóxicos desde la ciudad y con una cabeza urbana. Plantean fumigación cero en los pueblos, con lo cual estamos de acuerdo y estamos trabajando. Pero qué pasa cuando no hay conexión con el campo. No nos sirve que este frutillero que explota, que humilla, haga una ecoexplotación agroecológica. Tenemos un desafío grande, que es recuperar el campo, rebrotarlo. Que nuestros compañeros vuelvan a ser protagonistas”.

Desvío a la Raíz-Agricultura Ancestral vende lo que los vecinos producen en las ferias campesinas. Todas las semanas venden frutas, verduras, semillas, miel, huevos, en el local de la CTA. “No somos una verdulería orgánica, no nos interesa tener clientes: queremos recuperar el campo”, aclara Jeremías.

La rebelión contra el agronegocio se hace volviendo atrás, reconectando “con lo que pasa en la Patagonia, con la sangre de Rafael Nahuel, de Santiago Maldonado. Tenemos una raíz adonde aferrarnos. Es esa identidad de arcilla, esa sangre de savia que permitió a los antiguos comprender la naturaleza”. “Por qué nuestras cabezas colonizadas, por qué nuestros días en carabelas. Cómo hacemos para reconectar con ese saber que nos están desmontando” se pregunta Jeremías.

Entre los eucaliptus, Jeremías toma un poco de tierra. La memoria es una decisión política que fluye por donde pisamos. “Un suelo fértil nos permite pensarnos como sociedad: más sanos, más fraternos. Planteamos modelos productivos soberanos para nuestros pueblos. También nos vamos replanteando qué lugar queremos ocupar dentro de esos modelos. Y para eso la memoria es la herramienta”.

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