Gestionar Latinoamérica

La académica chilena elaboró un amplio Índice de Convivencia Intercultural que se aplica en 57 países.

Desarrollo humano, arte, cultura y crisis, en la reflexión de la gestora Paulina Soto Labbé.

El 22 de octubre fue día del gestor cultural. Una profesión nueva que de a poco va definiendo su campo de acción. De oficio, muchos gestores de la cultura hicieron crecer esta figura que ya tiene su carrera en varias universidades del país. En nuestra provincia, a partir del próximo año estará habilitada para el cursado la Licenciatura en Gestión Cultural en la Universidad Nacional de Rosario y en la vecina Universidad de Nacional Entre Ríos ya está funcionando como Tecnicatura.

Pero ¿de qué se trata gestionar la cultura? ¿Es la administración de espectáculos y actividades culturales? ¿La formulación de proyectos artísticos? ¿Es la planificación y el diseño de políticas culturales desde el Estado? ¿Son los debates sobre cuestiones como la identidad, la cultura y el desarrollo, la economía creativa, la interculturalidad? Para responder bastan dos palabras de la poeta Alejandra Pizarnik: es todo eso, y además más y otra cosa…

Pausa dialogó con la gestora cultural e investigadora chilena Paulina Soto Labbé, radicada actualmente en Ecuador, donde es vicerrectora académica de la Universidad de las Artes de ese país. Es doctora en Estudios Sociales y Políticos Latinoamericanos. Publicó libros y artículos derivados de más de 40 investigaciones académicas y aplicadas y como conferencista y docente fue invitada a más de 30 países por diversos organismos de cooperación inernacional.

“Hay muchos lugares que inician la gestión cultural partiendo directamente desde la acepción decimonónica de la gestión de bienes y servicios artísticos, que me parece que es la dominante todavía”, comienza. “Sin embargo a partir de los 70 el concepto de cultura desde una dimensión antropológica tiene el concepto ampliado de formas de ser y estar en el mudo y se ha instalado muy fuertemente al menos en los discursos y en los instrumentos jurídicos internacionales. Entonces hay una serie de instrumentos y documentos a partir del 2003 en adelante que no hablan solo del arte y el patrimonio como cultura y eso es una buena noticia”.

—En lo personal ¿qué concepto de cultura está manejando?

—Adhiero a una agenda mucho más propositiva porque estoy muy conmocionada con este período de crisis mundial caracterizada por el desastre medioambiental y por las agresiones humanas por causas religiosas, racistas, xenófobas, homofóbicas, sexistas, entre otras. La cultura debe ocupar un lugar de responsabilidad ética y no sólo estética. Hoy día estoy planteando y proponiendo un concepto de cultura como convivencia. Me parece que lo urgente es una convivencia que supere incluso la agenda intercultural. En Ecuador se esta hablando de convivencia interespecies. En diálogo del ser humano con otros seres silentes, con el entorno, a partir de Constituciones Nacionales como la de Bolivia (2009) y Ecuador (2008) que avanzaron muy fuertemente sobre los derechos del agua, la tierra y las otras especies. Cultura como convivencia: lo pluri, multi inter, trans cultural, en todos sus estadios.

—¿Cómo puede ser analizada la crisis de Chile desde el tamiz de lo cultural?

—Cuando hablaba de convivencia es porque no podemos seguir en una agenda que se desentienda de estos grandes indicadores de la crisis civilizatoria, de este modelo de desarrollo capitalista que esta dando sus últimos estertores. Y como cualquier bestia que está en peligro de muerte se pone muy agresiva y violenta. Sobre la crisis estructural del modelo de desarrollo en su versión neoliberral se suman otras crisis mas estructurales como por ejemplo el agotamiento de desarrollo cognitivo sostenido exclusivamente en la racionalidad. Entonces, hay una crisis que está en otra capa estructurante de la Modernidad que tiene que ver con el analfabetismo emocional. Muchos problemas cotidianos de convivencia e intolerancia cultural, están asociados a que no tenemos un entrenamiento o un alfabeto emocional, producto de que hemos priorizado con la racionalidad. Entonces está por un lado un conjunto de cosas derivadas de esa matriz a la que además le pones una crisis de no resolución del conflicto vigente que tiene que ver con la desigualdad. Tenemos desigualdades múltiples que están asentadas sobre la base de la desigualdad socioeconómica y otras que son las culturales: las orientaciones sexuales distintas, las discapacidades, los inmigrantes, las religiones distintas. Entonces son capas y capas de discriminaciones distintas producto de nuestro analfabetismo emocional. Todo lo que no entendemos racionalmente no sabemos como abordarlo como sociedad.

“Un gestor cultural
latinoamericano tiene
que estar del lado de
los transformadores,
es un sujeto que tiene
que estar fuera del
modelo”.

—Cultura, analfabetismo emocional, convivencia, son conceptos nuevos para explicar un estallido social…

—Cuando yo me situo desde la convivencia lo que le estoy reclamando a esta crisis es una remoción de nivel muy radical. Por supuesto eso no va a resolverse a partir de una crisis como la chilena pero ya no son estallidos puntuales y por lo tanto ya no son reducibles a una agenda donde la habilidad política de la élite de turno va a poder dar respuesta. Ya no hay vuelta atrás en esto que para mí es de matriz cultural civilizatoria, es una crisis profunda porque la cultura es magma, es invisible. Es como si hubiera estallado un volcán porque venía por lo bajo. Todas estas capas tectónicas removiéndose producto de una cosa puntual como puede ser un aumento de combustible o boleto del transporte y de pronto estalla y aparecen todas las otras capas de sufrimiento producto de la crisis del modelo de desarrollo. Entonces me afectan los muertos, me afectan ver los militares en las calles, que mi nieta y mi hija deben convivir con armas en el espacio público. No soy insensible a la coyuntura pero me tiene entusiasmada pensar que eramos muchos más los que sentimos esta desadaptación al modelo neoliberal. Es una crisis con esperanza

—Teniendo en cuenta que el gestor cultural aún está luchando para su profesionalización y reconocimiento de su trabajo en este sistema capitalista. ¿Cual sería su rol en la crisis de este modelo de desarrollo?

—En primer lugar dejar en claro que aquel que quiere hacer producción artística tiene todo el derecho hacelo y poder echar mano a cualquier empleo que le permita vivir del sector. Nunca criticaré ni a los trabajadores del marketing, ni a quienes hacen producción de espectáculos. No hay crítica moral, por el contrario. Pero sí creo que un gestor cultural latinoamericano en particular, es un gestor que tiene que estar del lado de los transformadores, es un sujeto que tiene que estar fuera del modelo. Su profundidad analítica tiene que estar alerta. Una cosa es el trabajo para sobrevivir y otra el lugar ético desde donde te sitúas como gestor cultural. No van a hacer los artistas ni los intelectuales los que van a ser capaces de hacer la mediación con la sociedad que la pasa mal. Nuestro rol es un rol que no tiene reemplazo. Somos quienes tenemos que tener la empatía y capacidad necesarias para traducir todas esas múltiples formas de discriminación que están apareciendo ahora en estas revueltas y no solo de la redistribución económica. Este sismo social nos mira a nosotros como profesionales de lo simbólico. Porque si vamos por la agenda de la redistribución económica únicamente vamos a volver a equivocarnos. Hoy los jóvenes tienen incorporadas múltiples agendas.

“Lo urgente es una
convivencia que
supere incluso la
agenda intercultural.
En Ecuador se habla
de convivencia
interespecies”.

—¿Cómo se leen, desde una perspectiva simbólica, los acontecimientos actuales?

—Para nosotros, los gestores culturales, los profesionales de la cultura, nuestro deber es tener lentes para mirar lo simbólico. Entonces tenemos que ver el ritual, las pancartas, las palabras que se repiten, los colores de pelo, las vestimentas, tenemos que ser capaces de ser los expertos del análisis de esos lenguajes. Y los artistas son más ególatras, tampoco los veo a los académicos creo que nos toca a nosotros. Los liderazgos comienzan a ser más complejos como lo ha demostrado la reciente elección de alcaldesa de Bogotá –en referencia a Claudia López, la primer mujer que gobernará Bogotá, una politóloga, investigadora social y periodista, declarada públicamente lesbiana, que viene trabajando una intensa agenda por el derecho de las mujeres y del colectivo LGTBIQ.

—Usted es una reconocida investigadora y metodóloga de la cultura. Ha impulsado la Cartografía Cultural en Chile que fue tomada por varios países. ¿Trabajó en alguna metología de base empírica para llegar a las conclusiones que arriba sobre la nueva agenda de convivencia cultural?

—Sí, esta agenda política la concluí luego de crear un índice cultural en San Pablo durante el año 2016 financiada por Observatorio Itaú Cultural. La publicación saldrá en 2020. Este “índice de convivencia intercultural” (ICI) es una herramienta que identifica y visibiliza las ideas y conductas discriminatorias o favorables al intercambio simbólico, mismas que están fuertemente arraigadas en las comunidades, impactando en la sostenibilidad del desarrollo humano, basado en capacidades grupales ciudadanas y no sólo en la sumatoria de logros individuales. Lo sorprendente fue observar, a medida que se avanzó con el trabajo, que no existían datos en los institutos nacionales de estadísticas sobre los femicidios o sobre el empelo desagregado de afrodescendientes. No existen, como discriminación por causas culturales, no están informados en el mundo. Entonces logramos hacer un ranking de convivencia de índice cultural (ICI) con 57 países y 19 indicadores para medir actores sociales en lucha (discapacidades, orientaciones sexuales disidentes, inmigrantes, niños, afrodescendientes, mujeres, ancianos, etc).

«El ICI es lo que me permite decir hoy todo lo discursivo y político», señala Labbé. «En ese trabajo yo invito al sector cultural internacional a girar nuestras políticas culturales hacia convivencia. No se trata de reemplazar otras agendas, sino de no estancarnos diez años más en discusiones sobre el lenguaje económico, por ejemplo, en el que nos instaló la economía creativa».

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