Un laberinto de muchas capas: jóvenes que buscan una salida rápida de trabajo, malos salarios, vicios endurecidos por décadas, falta de correas de transmisión y de diálogo. Y armas. La policía, un problema complejo y pendiente de la política democrática.

Por Rocío Truchet (*) 

A Natalí la conocí en Alto Verde hace tres años, cuando cursaba mis últimas materias en la universidad. Me había tocado entrevistarla para un proyecto de investigación sobre la policía para el Programa Delito y Sociedad de la UNL. Era una tarde de septiembre tan cálida como la de ayer. Ella era una suboficial de policía de cabellos negros hasta la cintura. Fuimos caminando juntas hacia unas hamacas descoloridas de la plaza Eva Perón y nos sentamos ahí. Entendí su intención, pero ella luego me la explicó: el container que funcionaba como destacamento policial era demasiado reducido y sus compañeres podrían escuchar sus opiniones o relatos de vida y esa idea la avergonzaba. Le expliqué que iba a preguntarle sobre su vida y su trabajo de manera completamente anónima. Ella se encogió de hombros y me respondió tímidamente “igual me llamo Natalí, así al menos sabés cómo me llamo”.

Yo era estudiante. Natalí ya era una laburante bastante menor que yo. A sus 20 años, venía todas las semanas desde su casa en San Javier hacia Santa Fe y se instalaba a trabajar un par de días durante 24 horas diarias. Decidió esa forma porque era la única que le permitía ver con mayor frecuencia a sus dos hijes. También decidió ser policía porque, para ella, era la única posibilidad de darle estabilidad económica a su familia. Era introvertida, titubeaba permanentemente y entendía muy pocas preguntas del formulario academicista que yo le iba recitando. Había terminado el secundario y egresó como Suboficial de la Provincia en el marco de la Ley de Emergencia por Seguridad Pública, lo que, entonces, implicaba que su formación profesional en el Instituto de Seguridad Pública había sido de seis meses en lugar de los dos años estipulados. Se quejó por ello. “Faltó formación. En tiro, en el tema este de los arrestos. Después nos largaron a la calle  y tuvimos que aprender de nuestros superiores”.

La policía que tenemos

Marco a Natalí porque para ella su nombre de pila es su identidad no sólo de policía, sino, fundamentalmente como persona. Pero los fragmentos intencionados de esta anécdota son reiterativos entre las narrativas de jóvenes agentes de las fuerzas de seguridad de Santa Fe que nos ha tocado entrevistar durante años, pues son quienes componen la mayor proporción de la institución. Y por ello me atrevería a afirmar que también son relatos constitutivos de buena parte de los policías de la Provincia de Buenos Aires.

Quizá algunes que provengan de clanes policiales detenten la tan consabida vocación de servicio, sacrificio y el famoso “estado policial” (se es policía las 24 horas diarias, aún estando de franco). Pero la mayoría de les policías que integran la fuerza pertenecen a los rangos más bajos del escalafón: hablo de jóvenes nacidos en democracia, provenientes de sectores empobrecidos y que han decidido ingresar a la institución en busca de una salida laboral, con sueldo mensual y obra social. Es más, antes de iniciarme en el proceso de conocer a la policía, conocí a compañeras de estudio que terminaron en la fuerza por estos motivos que mencioné. Seis meses de instrucción y, a cambio, sueldo fijo, aportes y la posibilidad de construir una carrera hasta la jubilación. De inmediato. Se los admito, me parece tentador.

Lo que no resulta demasiado sugestivo es la cotidianidad del trabajo policial: está el problema de los salarios bajos en rangos medios e inferiores, la desprotección estatal traducida en móviles deteriorados para patrullar, condiciones infraestructurales y materiales deficientes. Falta de profesionalización durante el proceso de instrucción y con ello, miedo al arma, al afuera y a la comisión de infracciones; temores, todos, habitualmente dirimidos por un saber-hacer en “la calle”, producido bajo el tutelaje de superiores con experiencia en “combatir” el problema del delito, pero también en falsear sumarios administrativos, realizar detenciones por fuera de la norma y otro tipo de ilegalismos que aquí todes ya conocemos. Ser policía puede ser un servicio abnegado o un trabajo más, pero siempre tiene como contracara el no reconocimiento y las vejaciones. En definitiva, ser policía ha devenido en una condición indigna.

No lo neguemos. No hay nada más progresista que negar a un policía. Un oficial de la fuerza es nuestra alteridad más externa. Nos representa la encarnación de los males y las violencias que nos perjudica a nosotres, a la democracia y toda aquella institucionalidad por la que hemos luchado para alcanzar y preservar. Quien se convierte en policía inmediatamente es etiquetado y embalado como un traidor y el cuerpo de la violencia.

Dicha nulidad que reviste la condición policial, posiblemente explica la reproducción de las prácticas violentas hacia determinados sectores de la población, como así la adscripción al sentimiento de pertenencia a una institución vertical, burocrática y militarizada. Posiblemente la vocación policial atada a la negatividad se refuerza en cuanto más negamos a la policía. O quizá el origen de los males esté el cliché de la militarización en el nacimiento de la institución, con prolongación hacia el presente (¿qué diremos cuando las fuerzas estén todas compuestas por personas nacidas en democracia?). Prefiero la simpleza de Mariana Galvani cuando sostiene que “no hay nada que diferencia a los policías de otros sujetos que no lo son más allá de su trabajo”[1]. En estos tiempos de pandemia y crisis, pocas dudas quedan que la violencia nos constituye. Entonces, la policía es un efecto de la sociedad. Con sus particularidades y especificidades.

Qué policía y para qué

Lo que he procurado señalar hasta aquí es que no podemos ser capaces de asumir a les policías como una “institución total”.  No hay totalidad ni homogeneidad posible cuando se escarban en las cientos de capas y dinámicas relacionales que conforman las policías. Por ello cuesta acoger lecturas homogéneas en torno a los hechos que ocurrieron en Buenos Aires y que han tenido réplicas en nuestra propia Provincia. Me refiero a los llamados “levantamientos”, “sediciones”, “protestas” policiales.

No pongo en cuestión que las arengas hacia la organización del reclamo provienen de sectores políticos y policiales politizados en una forma de hacer policial vinculada a los gobiernos anteriores. Los cientos de policías armados y de uniforme en las residencias presidencial y del gobernador bonaerense constituyen un delito hacia la seguridad de las instituciones de la democracia. Y debemos condenarlo. Pero también debemos intentar explicar por qué se movilizó hasta los niveles más bajos en el escalafón policial. Allí las interpretaciones simplistas se escurren por todos lados.

La policía de la Provincia de Buenos Aires viene atravesando procesos de implosión tras implosión. La desaparición y hallazgo del cuerpo de Facundo Astudillo Castro puso a las prácticas de esta fuerza en el centro de la agenda mediática, social y política. Como corolario, también profundizó los malestares con su ministro de Seguridad, Sergio Berni, quien ha pretendido gobernarlos a partir de una batería simbólica compuesta por discursos militarizados, propaganda política y apariciones mediáticas que tienen poca o nula imaginación política. Conducir a “la bonaerense”, a esa “maldita policía”, es tener consciencia de que estamos frente a la policía más vieja y grande de Argentina, aquella que tiene una inmensurable cantidad de miembros distribuides en cadenas de mando laberínticas, altamente dinámicas y conflictivas. Marcelo Saín la piensa como el “Leviatán Azul”, José Garriga Zucal como un “monstruo”, Esteban Rodríguez Alzueta directamente la considera un “cachivache”. ¿Qué podemos totalizar de estas metáforas? Con esta mirada, incluso, el problema salarial es de una validez “cuestionable”. El comisariato ha acumulado grandes fortunas mientras los policías de calle, los más expuestos y sobreocupados y quienes componen la mayor parte de la fuerza (suboficiales y oficiales) sólo acumularon tensiones con sus jefes y malestares con las condiciones deficitarias de sus trabajos.

La sindicalización es un punto válido de discusión. La policía tiene sindicatos en el Norte Global sin derecho a huelga. Y otra sociedad y tradición policial. En Argentina esta forma de gremialización está prohibida desde 2017 por un fallo de la Corte Suprema que hasta les negó a les agentes la condición de trabajadores, al negarles ser alcanzades por el artículo 14 bis de la Constitución Nacional. Ubicar el debate en el sindicato policial como forma de garantizar el bienestar policial impide hacer foco en lo que deberíamos poner verdaderamente en cuestión. En lo inmediato: establecer acuerdos políticos que admitan los derechos laborales de la policía y establezcan canales de discusión plurales, por fuera de la burocratización que implica la cadena de mando. En el largo plazo: definir democráticamente qué policía queremos, para qué la queremos y cómo la queremos.

En definitiva, las discusiones que tenemos desde la década del 90 se ciernen a qué es la policía. ¿Son trabajadores, son funcionarios que prestan un servicio a la sociedad (qué servicio) o son profesionales de la seguridad? Al abrir el Leviatán Azul se yuxtaponen capas militarizadas, oficiales de vocación, tipos que han cometido decenas de faltas administrativas, que aprendieron de sus superiores lo que no le enseñaron en sus escuelas. Pibes, pibas y disidencias sin vocación, que miran con recelo a sus más altas jerarquías, pero siguen por el sueldo y la posibilidad de ascender socialmente. Particularmente, no asumo nada dado. Lo dado es este laberinto que tenemos. ¿Lo que queremos? Me gusta pensar en la policía como lo hace Esteban Rodríguez Alzueta: es un cuerpo de personas que tienen el trabajo (rentado) de cuidarnos en el ejercicio de nuestros derechos. Me gusta cuando Sabina Frederic instituye el lenguaje del cuidado no como realidad alcanzada sino como horizonte a construir. En cuanto a mí, el solo hecho de pensar en cómo definir y contornear lo policial me habla de las condiciones de nuestro presente. Ello me resulta, al menos, ingenuamente esperanzador.

 

(*) Politóloga y Comunicadora Social. Becaria doctoral del Conicet. Maestranda en Criminología, Doctoranda en Estudios Sociales e integrante del Programa Delito y Sociedad (UNL).

[1] Mariana Galvani. Cómo se construye un policía. La federal desde adentro. Buenos Aires: Siglo XXI

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