Cambio climático: nos cocinamos

Los incendios, consecuencia de la lógica extractivista, se agudizaron por la sequía y la falta de controles. Foto: Mauricio Centurión

ANUARIO 2020 | El planeta se calienta cada vez más pero el negocio se impone al cuidado del ambiente.

En nuestra propia salsa y con distintos niveles de responsabilidad, las sociedades de consumo nos estamos cocinando año a año. Y en este festín, el 2020 va camino a ser uno de los tres más calurosos de la historia.

“La temperatura media mundial para el período de enero a octubre de 2020 fue alrededor de 1,2 °C superior al valor de referencia de 1850-1900 (niveles preindustriales). Es muy probable que el año 2020 sea uno de los tres años más cálidos de los que se tiene registro a nivel mundial. Los registros modernos de la temperatura comenzaron en 1850”, dice un comunicado de la Organización Meteorológica Mundial (OMM).

Y continúa: “Pese al confinamiento por la Covid 19, las concentraciones atmosféricas de gases de efecto invernadero continuaron aumentando, condenando al planeta a un mayor calentamiento por muchas generaciones más debido a la larga permanencia del CO2 en la atmósfera”.

Era de esperar. Si bien buena parte de la población se confinó, el modelo de producción quedó intacto. Declaradas como actividades esenciales, la mayor parte de las industrias extractivas más contaminantes, como la megaminería o el agronegocio, continuaron como si nada pasara. Peor aún, los incendios y desmontes -vinculados a muchas de esas actividades- se agravaron por la falta de control y por las sequías.

Noviembre de 2020 fue el mes más cálido registrado en el mundo

Dice la OMM: “En 2020 se produjeron nuevas temperaturas extremas en la superficie terrestre, en el mar y especialmente en el Ártico. Los incendios forestales destruyeron grandes extensiones en Australia, Siberia, la costa oeste de los Estados Unidos y América del Sur. Se registró un número récord de huracanes en el Atlántico (…) Las inundaciones en algunas partes de África y del Asia sudoriental provocaron desplazamientos masivos de población y socavaron la seguridad alimentaria de millones de personas”.

Se sabe que los eventos climáticos cada vez más extremos y más frecuentes son una de las principales consecuencias del calentamiento global. Desde hace más de una década, el Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) advierte que las principales causas de este aumento de temperatura son la quema de combustibles fósiles, la deforestación y los cambios de uso del suelo (muy vinculados a la producción agroindustrial). El mismo organismo internacional alerta que no se está haciendo lo suficiente para revertir esta situación.

Lo mismo dicen en la OMM. “En 2020, la temperatura media mundial será alrededor de 1,2 °C superior a los niveles preindustriales. Hay al menos una probabilidad sobre cinco de que supere temporalmente los 1,5 °C en 2024 (límite de temperatura acordado en París en 2015 para evitar catástrofes mayores)”, dice el Secretario General de la OMM, profesor Petteri Taalas. “Este año es el quinto aniversario del Acuerdo de París sobre cambio climático. Celebramos todos los compromisos que los gobiernos han contraído recientemente para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero ya que actualmente no vamos por buen camino y debemos redoblar nuestros esfuerzos”.

Además de la pandemia y del calor, en 2020 crecieron en cantidad y variedad los grupos de activistas en todo el mundo (también en la Argentina) que denuncian las falsas soluciones al cambio climático. Manifestaciones con carteles que hablan de “ecocidio”, de “peligro de extinción” y “muerte al capitalismo” se ven cada vez con más frecuencia, sobre todo levantados por jóvenes.

Será que ya no se puede tapar el sol con la mano. Y que los burócratas que vuelan en manada de una conferencia de Naciones Unidas a la otra, siempre fresquitos con aire acondicionado, han demostrado su incapacidad para detener el cambio climático. Y esto es porque las principales “soluciones” que declaman mantienen, en realidad, los negocios que benefician a los mismos de siempre. Entonces inventan “mercados de carbono”, sistemas de “compensación de emisiones” o vehículos eléctricos con baterías de litio que, para fabricarlas, hay que sacrificar humedales de montaña y luego cargarlas con energía eléctrica que se produce con quema de combustibles fósiles. Reemplazan un negocio por otro.

Sin embargo, por fuera de los salones de convenciones con aire acondicionado, los carteles en la calle dicen otra cosa: “La vida no se negocia”. Y exigen soluciones reales.

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