La clave del éxito

El otro día vi un par de episodios de “Losers” (Perdedores), un programa donde se entrevista a deportistas argentinos/as famosos/as o no que han tenido éxito en sus disciplinas y también estrepitosos fracasos. La idea, entiendo yo, es relativizar el valor del ganar siempre y revalorizar los fracasos como una suerte de paso necesario y sano en el proceso de aprendizaje y perfeccionamiento. Transformado a cartel callejero con frase de autoayuda de dietética de bulevar Gálvez: lo importante no es ganar sino aprender en el camino. ¡Esa es la verdadera victoria! En otras palabras, menos mal que a Bilardo lo tienen aislado como a los del primer Gran Hermano que si no se haría el harakiri dos veces por las dudas.

Yo soy predominantemente bielsista con tendencia al bilardismo cuando me conviene; entonces, celebro este renacer de justificar el fin solo por los medios adoptados para alcanzarlo. Y perder me parece la consecuencia de múltiples factores que intervienen en un momento dado y que, a veces de manera azarosa, se conjugan para que el resultado sea uno y no el otro. O sea, a veces se gana de puro culo. Por lo tanto, puede no ganar el mejor y está bien. En este sentido, se pone en tela de juicio qué significa ser exitoso o loser. Y el veredicto es que ser loser es ser exitoso. Pero esto ya lo sabemos desde 1985 cuando vimos a Marty McFly inventando la patineta y el rock; y haciéndole comer estiércol al malo en una sola película.

Terminé de ver la serie con la sensación de que lo que se cuestiona no es la cultura del éxito, es decir el exitismo, sino quién es exitoso/a. O sea, al final siempre gana el bueno o la buena. Lo que discutimos es qué es ser bueno/a, y yo lo celebro. Pero siento que persiste ese anhelo por el éxito, sea lo que esto signifique.

Esa sensación se potenció a los pocos días, cuando vi una entrevista a Pepe Mujica y me pasó lo mismo que cuando vi la serie de lxs deportistas. En esa entrevista, el Pepe dice que “el mensaje que hay que dar a la juventud” es que no importa la cantidad de veces que uno se cae sino la cantidad de veces que uno se levanta de esas caídas. Y que no hay que dejar de intentarlo. Que eso es triunfar. Qué bien, Pepe. Hermoso. Ahora andá a decirle eso mismo a la hinchada de Talleres de Córdoba que a pesar de salir tercero en el torneo de Primera descendió a la B Nacional. Dale, decile que lo importante es que se esforzaron y dieron hasta lo que no tenían, y que se van a volver a levantar. Aprovechá que te quieren todxs: la izquierda, la derecha y Tenenbaum.

Quiero decir que lo que permanece de fondo es la idea de ganar; solo que ahora hacerlo reside en intentar, o en no bajar los brazos. En persistir y no abandonar. En esforzarse y sacrificarse. El éxito, desde esta perspectiva charrúa, residiría en intentarlo. Gana el que no abandona. Con eso es suficiente. Como dice mi tío Rogelio, el coach ontológico: “persevera y triunfarás”. Y yo con mi tío Rogelio rara vez coincido. Yo creo que ser un “loser” hoy es la otra cara del exitismo. Al fin de cuentas, ser el antihéroe es ser el héroe protagonista de una película de Pixar que va a ganar el Oscar. Y Pixar es una empresa de Disney, el lugar donde se fabrican los sueños.

Pero más allá de la discusión de quién ocupa el rol de deidad exitosa sin perturbar el ideal de éxito, y siguiendo la “oda al perseverar” que expresó el Pepe, me puse a pensar hasta cuándo y por qué hay que seguir haciéndolo. ¿Por qué estaría mal abandonar? ¿Por qué perseverar es una virtud? ¿Tengo que intentarlo, aunque eso me implique un sacrificio? Acá se podría contrargumentar que hay que intentarlo solo con aquello que nos gusta o que queremos alcanzar. Sí, es cierto. Pero que a mí me guste o desee algo, ¿significa que yo tengo que saber hacer ese algo o alcanzarlo? Que me lo proponga no significa que lo logre, y eso lo saben hasta los libertarios, aunque se hagan los giles. Si Pepe Mujica tuviera razón, entonces el pobre es pobre porque no intentó lo suficiente salir de la pobreza. ¿Con qué argumento válido e incuestionable se sostiene que no hay que retroceder nunca ni rendirse jamás? ¿Por qué es humillante e inaceptable tirar la toalla? ¿Por qué no puede haber personas que no puedan o que no quieran? ¿Por qué no puedo disfrutar abandonando algo que no me causa ningún tipo de placer? ¿Por qué le tengo que escapar al fracaso? ¿Qué tiene de malo? Y, además, ¿por qué abandonar representa un fracaso o una frustración?

Así como la imagen del/la exitoso/a permanecería en aquel/la que persevera, permanecería también la imagen del/la frustrado/a en quienes abandonan. Y los efectos en los sujetos de esta fórmula meritocrática y, valga la redundancia, perversa, pueden ser la humillación, la baja autoestima, la falta de confianza y de entusiasmo. La culpa por la falta de ganas. El padecer, en definitiva, la sensación de ser un derrotado o una derrotada. Que no es tan cool como la sensación de ser un loser.

Un solo comentario

  1. Ay! gracias por esta nota. Vi losers y está ahí, un formato divertido, sin un exceso de producción, una entrada y salida del texto que le da consistencia a la propuesta y al promisor Garabal que entre progre y pseudodepresivo torpe encarna muy bien la aggiornada del mainstream para los jóvenes que estamos hartos de suar, Tinelli y de toda la tv.
    Buena jugada pero en el fondo, la misma bosta meritocrática de siempre.

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