La próxima tormenta IV

santa barbara

Su padre era un sátrapa en todo sentido. Se llamaba Dióscoro y se tomó muy a mal que su rebelde hija rechazara el matrimonio que él había dispuesto y que eligiera a Cristo como único marido. Tanto es así que la encerró en un castillo, la torturó salvajemente y la entregó a un tribunal que la condenó a pena de muerte por decapitación. Como si lo anterior no hubiera sido suficiente, el mismo Dióscoro se ocupó personalmente de cumplir la sentencia, pero, ni bien concluyó con el asunto, un repentino y bendito rayo lo partió al medio. Por este suceso, Bárbara de Nicomedia, se transformó en santa y patrona de las tormentas.

Jaculatoria es un sustantivo infrecuente que recuerda la más antigua ligazón entre las palabras y las cosas. Sagrado corazón de Jesús en vos confío, repetía mi abuela en situaciones graves y fuera de su alcance. San Roque, San roque, que ese perro no me toque, repetía una abuela postiza, cada vez que se nos cruzaba un perro. Sana, sana, colita de rana. Abracadabra.

“Santa Bárbara bendita,/que en el cielo estás escrita/con papel y agua bendita./A los pies de la Cruz,/Padre nuestro. Amén. Jesús.”

Suerte o destino, me reencuentro con un libro del que solo recordaba la descripción de una sequía. “La señora niña” de Ángel Oyoli. Es una edición de autor. Una calle en Rafaela lleva su nombre, de eso me entero en la única mención de la novela que me muestra google. El libro está fechado en 1994 y dedicado a Ethel Benassi, una mujer muy bella que conocí. Lo leí de un tirón hace más de 20 años, en su casa de Ataliva.

La descripción sigue ahí, los viejos decían que era la más brava que habían visto, duró toda la primavera, se perdieron las cosechas, los jornaleros se quedaron sin trabajo. Al poco verde que brotó en los campos bajos se lo comieron las gatas. Los colonos iban al curandero y blasfemaban contra dios, todas las vírgenes y todos los santos. Las mujeres prendían velas, rezaban y suplicaban que lloviera al menos unas gotas. El cura organizaba procesiones alrededor de la plaza. Pero no hubo piedad, las gatas devoraron todo. Cuando se fueron, los campos se cubrieron de mariposas que revoloteaban como papelitos de colores.

Las vacas rugían de una manera que partía el corazón, se comieron las ramas de los paraísos, los yuyos secos de las cunetas y la paja brava del cañadón. Los pobres animales se mantenían vivos a costa de su propio cuero que se ponía delgado y quebradizo como si fuera a deshacerse en escamas.

Las tormentas pasaban de largo, a lo sumo caían algunas gotas que solo servían para hacer rabiar a la tierra. Estaban los campos tan pelados y polvorientos que una tarde, una manga de langostas se descolgó como una nube, pasó la noche con las tripas vacías y partió al amanecer sin desayuno.

La primavera se fue, como tantos rayos y centellas que ofrecieron vistosos festivales sin abrir los grifos del cielo. El viento seco del noroeste soplaba y gemía el dolor de sus arañazos en las espinas de las tunas y en los gajos crujientes de los aromitos. Hasta que tantos conjuros, hechicerías, rosarios y plegarias, trastocaron el orden de la naturaleza y el invierno trajo toda la postergada lluvia. Los sapos esqueléticos salieron de su letargo y croaron y croaron.

Después del Concilio Vaticano II, la iglesia eliminó a Santa Bárbara del calendario litúrgico junto a otros santos antiguos, cuyas leyendas estaban flojas de papeles. Pese a esto, su nombre sigue figurando entre Los Santos Auxiliadores, son 14 santos y santas cuya invocación se considera eficaz para distintos males, una especie de Liga de la justicia o Avengers a las órdenes de Dios.

“Acordarse de Santa Bárbara cuando truena” es un dicho añejo, menos pretencioso, pero no menos eficaz que el reciente y multiplicado “procrastinar”; aunque resuena mucho más irremediable, como el ruido que se adivina luego del relámpago, como el olor a azufre que anuncia los tornados. Demasiado tarde para la acción o el milagro.

El Bayo sale de golpe de su sopor tibio, las pulgas lo abandonaron, sacude la cabeza y levanta el hocico, siente un olor formado por muchos olores y se dispone a separarlos uno por uno. “Ese olor que era todos los olores era el olor de la tormenta que se aproximaba. Aunque el cielo siguiera impecable, sin una nube, azul como en una postal turística”, escribe Selva Almada. La tormenta que huele el Bayo es la misma que esperamos detrás del vidrio, la del viento que arrasa. Mejor no hablar de ciertas cosas.

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