Ni el tiro del final te va a salir

Hace un año, en la puerta de un edificio paquete de Recoleta, en Jucal y Uruguay, en una esquina repleta de gente, Fernando Sabag Montiel sacó un arma, la apuntó directamente a la cara de una señora, gatilló y la bala no salió. Intentó, pero nada pasó.

Hace un año, Fernando Sabag Montiel, de quien ahora conocemos nombre, apellido, cara y retazos de historia por haber fallado un tiro, disparó, gatilló dos veces en la cara de una señora, en una vereda repleta de militantes y nada pasó.

Hace 365 días, Fernando Sabag Montiel, de quien todavía no conocemos quienes son los padrinos políticos (y quienes los que lo foguearon para que se parara en aquella vereda, para que se plantara entre cientos de militantes en la primera noche del mes de septiembre, frente a los móviles de la televisión abierta, frente a las cámaras de los celulares) sacó un arma, la apuntó al rostro de la vicepresidenta, gatilló y nada pasó.

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Hace exactamente 12 meses, en una noche igual que esta, un pibe del que todavía no conocíamos nada pero que, después nos enteraríamos, era fiel y firme contribuyente a los móviles de Crónica TV, comulgaba con las ideas del tipo que ahora sacó la mayor cantidad de votos en la candidatura para presidente, vivía de rentas aunque su vida era entre módica y zaparrastrosa, tuvo el coraje, la voluntad, lo que él entendió como un "acto heroico" de sacar una pistola y apuntar a la máxima referente política de varias generaciones, a la mujer sobre la cual ha girado el devenir político de la Argentina desde hace dos décadas. Apuntó, jaló el gatillo y nada pasó, y poco de esto tiene que ver con la pericia o la impericia de Sabag Montiel, si no más bien con un detalle de la casualidad, con un capricho de las coincidencias, con una brisa a favor de los justos.

A partir de ahí todo lo que pasó, no pasó, puede pasar y sigue sin pasar, no dependió para nada de ese muchacho que se plantó en la vereda de Juncal y Uruguay tratando de terminar con la vida de la vicepresidenta.

Quizás él había interpretado mal la historia. Y no la historia en general, pero sí la historia del peronismo: quizás él entendió que con Cristina muerta moría esa parte de la sociedad, su legado y su pensamiento, sin haber entendido que los líderes históricos del peronismo, al menos los de público conocimiento, los populares, los que llenaron de tristeza las calles con su muerte, no hicieron otra cosa que fortalecerse una vez muertos. No sabe, Sabag Montiel, de cosas tan trascendentales como lo que generan las figuras de Eva, de Juan Domingo, de Néstor Kirchner, que tuvieron un impacto enorme en vida, pero que a partir de sus muertes, (todas trágicas, en mayor o menor medida, y todas a destiempo) se transformaron en otra cosa: se transformaron en mártires de un movimiento, se transformaron en santos de un nuevo santuario popular, se transformaron en estampitas, en tatuajes, en remeras, en banderas, todo eso que Cristina ya es, sin estar muerta.

¿Le pareció a Sabag Montiel que matando a Cristina se terminaba la épica del nuevo peronismo? ¿O le pareció a Sabag Montiel simplemente que matando a Cristina él iba a ser famoso? ¿Que iban a conocer su nombre como conocen el de ella, el de San Martín, el de Belgrano, el de otros hombres que hicieron cosas reales por gestas patrióticas, otros hombres que no fallaron el tiro cuando tuvieron que darlo, que lo dieron en favor de los grandes ideales de esta Patria, esos ideales que hoy ya están tan mancillados, tan utilizados, casi venidos a menos, como una pelota de baja calidad a la que se le caen los gajos?

Lo real y lo concreto es que hace un año Fernando Sabag Montiel agarró la pistola, enredó los dedos alrededor de la culata, jaló al gatillo y en dos ocasiones... absolutamente nada pasó. Nada pasó con su vida tampoco, que podría haber corrido peligro en esa noche y en las subsiguientes, que podría haber corrido peligro en la marea de militantes que se lo llevaron y lo retuvieron para que lo lleve la policía. Nada más que la vida inútil de la celda.

¿Qué pensaba Sabag Montiel que iba a pasar? ¿Esperaba él este escenario de completa y total apatía? ¿Esperaba él estar encerrado ahora en un cuadrado de concreto sin comunicarse, en teoría, con nadie del afuera? Sin saber que acá estamos tan embarullados en otras cosas que ni siquiera nos acordamos, hasta el día de hoy, de que él en un momento quiso matar a Cristina. ¿Sabe él que yo estoy hablando de él para no hablar de otras cosas? ¿Sabe él que él es la excusa que hoy pongo para hablar de todo lo que no pasó con él, con su causa judicial, con esa noche en la que quiso atentar contra la vicepresidenta y no lo logró? ¿Sabe que me divierto con eso, para no pensar en lo macabro? Que pienso en él en esa clave de chiste de bar, en el obvio comentario de que a un tipo no le funciona la pistola.

¿Sabrá él que cada día lamento más todo ese discurso de odio que circula alrededor de la vicepresidenta? ¿Le dio a él el coraje? ¿Le dio a él valentía, el marco teórico? ¿Le dio a él el ímpetu para intentar matarla? Y, sobre todo, ¿sabrá él que lamento que nada de todo eso nos haya conmovido al punto de buscar otras narrativas tiernas, amorosas, empáticas, que puedan reparar tanto horror?

Porque a la distancia, me duele profundamente que él disparó ese gatillo y nada pasó, pero no con él, no con la causa, entre nosotros. Sigo sintiendo la misma tristeza que sentí esa noche cuando vi por primera vez la imagen en la televisión, repetida en un loop interminable en donde a veces me daba la impresión que a lo mejor por esta cosa de la ciencia ficción y de la física cuántica de los multiversos y los universos posibles, a lo mejor en alguna de todas esas repeticiones si se iba a dar la tragedia. A lo mejor repitiendo mil veces la pixelada toma del tiro que no fue... en una, en sólo una, la bala iba a salir. Y se iba a alojar en la cabeza de Cristina, esa cabeza a la que Sabag Montiel apunta porque sabe, es el epicentro de toda jugada política que tuvo peso y validez de los últimos 20 años.

Me gustaría en esta noche, viendo que nada pasó, pedir perdón. Yo sé que me van a decir que es muy fácil echarnos la culpa entre nosotros cuando en realidad las culpas están en otro lado, pero como militante, en una noche como esta, puedo permitirme la autocrítica. Recuerdo aquella noche en que sentí la profunda soledad de estar en mi casa viendo esa imagen sin saber muy bien cuál era la que se venía, y juro que entre todos los escenarios posibles jamás imaginé esta escena tibia, esta cosa dubitativa, este estar esperando que nuestra clase política dé una declaración rimbombante que nunca va a dar porque lamentablemente esa política, creo, ya no existe. Murió antes o después de que Sabag Montiel haga su perfo. Quizás llevaba tiempo muerta, y sólo entonces sentimos su ausencia.

Sabe Sabag Montiel, y los Sabag Montiel de la vida, y los padrinos políticos, y los que se lamentaron porque el ardid no rindió frutos, y los que jamás van a decirlo pero por un segundo, cuando parpadeó la imagen en la tele, y no supimos si la bala había o no había salido... que Fernando disparó, y no pasó nada.

Y mientras que a nosotros nos inunda la incertidumbre, ellos viven (al menos) con esa certeza.

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