milei
Javier Milei. Foto NA: DAMIÁN DOPACIO

La salud y la educación pública, la ayuda social, la seguridad y la democracia, en riesgo ante el avance libertario.

En 1989 Carlos Menem ganó las elecciones con las promesas de “revolución productiva” y “salariazo”. Diez años después, en 1999, Fernando De la Rúa fue electo presidente a partir de la consigna “convertibilidad sin corrupción”. En 2015, Mauricio Macri postuló “unir a los argentinos”, “pobreza cero” y derrotar al narcotráfico. Huelga recordar que ninguno de ellos cumplió sus promesas; todo lo contrario.

A diferencia de esos tres casos que signaron a fuego los últimos 40 años de democracia, la campaña de Javier Milei es transparente hasta la médula. El líder libertario dice lo que pretende hacer y allí radica el principal riesgo de esta elección: si Milei gana, no solo estarán en peligro la educación y la salud pública, las políticas de asistencia social, de defensa del empleo y de fomento a la producción; directamente, lo que entra en zona de derrumbe es la idea misma de democracia tal como la conocemos desde 1983.

No vamos a analizar aquí el contexto que favoreció la emergencia de una figura como Milei porque no es el tema de esta nota y porque requeriría mucho más espacio para su desarrollo. Sí podemos decir que, como ocurrió en otros países, la “insatisfacción democrática” opera como caldo de cultivo para el mesianismo, las lógicas individualistas y el desprecio por lo colectivo.

En un futuro cercano habrá tiempo para discutir los motivos que favorecieron el crecimiento de Milei y del movimiento libertario como respuesta a las deudas de la democracia. Ahora es tiempo de frenar su avance y de evitar que el poder político quede en manos del representante por excelencia del mercado, cuyo único objetivo es eliminar regulaciones y liberar la economía para su propio autogobierno. Ya sabemos cómo termina eso.

Lo público en riesgo

El programa de Milei implica correr al Estado de sus funciones esenciales y dejarlas libradas al juego libre de la oferta y la demanda.

En eso consisten los “vouchers” educativos que promueve el líder de La Libertad Avanza. Se trata de un sistema de tickets que le dan derecho a su portador a intercambiarlos por algún servicio: en este caso, el acceso a la educación. El plan de Milei: financiar la demanda (los estudiantes) en lugar de financiar la oferta (las escuelas) y poner a las instituciones educativas a competir entre sí para que sobrevivan solo aquellas donde hay alta matrícula. Si querés estudiar en tu pueblo, asegurate primero de que sea rentable.

Lo mismo ocurriría con el sistema de salud, uno de los elementos distintivos de la Argentina. El acceso libre, gratuito y universal a la salud pública están en riesgo ante la motosierra de Milei: allí también quiere aplicar el sistema de “vouchers”, algo que echaría por tierra una rica tradición de casi ocho décadas. ¿Necesitás ir al hospital? Asegurate primero vivir en una ciudad grande.

¿Y qué va a pasar con las políticas sociales en una hipotética Presidencia de Milei? Se achicarán hasta diluirse, con el riesgo que supone –en lo inmediato– en un país con 40% de pobreza y 10% de indigencia. Sin intervención del Estado, las asimetrías se multiplicarán muy rápido. Y sin ayuda social, la mera idea de una convivencia pacífica entrará en un cono de dudas. Las imágenes de 1989 y de 2001 están demasiado frescas en la memoria de las mayorías: ese destino de violencia, saqueos y muerte no es una distopía; es una posibilidad concreta.

Una salvedad importante: lo que en Argentina entendemos como funciones “esenciales” del sector público –educación, salud, seguridad– son, en realidad, una compleja y dificultosa construcción histórica que tiene sus raíces en la organización del Estado a mediados del siglo XIX y que termina de consolidarse bien entrado el siglo XX.

La salud y la educación pública y gratuita son derechos que supimos conquistar y defender los argentinos y las argentinas a pesar de los cambios políticos e institucionales, en democracia e incluso bajo regímenes de facto.

No ocurre lo mismo en todo el mundo; de hecho, la universidad pública, los hospitales y centros de salud, el acceso universal y obligatorio a la educación básica son una particularidad argentina que nos distingue de otros países de la región. En el plan de Milei hay una intención no dicha: la de igualar para abajo.

Institucionalidad en riesgo

Javier Milei lidera un partido político nuevo, lo cual no es un disvalor en sí mismo, aunque subyace como una contradicción su idea de terminar con el Estado desde el propio Estado.

La Libertad Avanza tiene solo dos diputados nacionales: Milei y su compañera de fórmula Victoria Villarruel. En estas elecciones, pase lo que pase en la categoría presidencial, los libertarios lograrán sumar fuerzas en el Congreso. De todos modos, en el próximo período no tendrán ni un solo senador propio, contarán con un puñado de no más de 30 diputados –sobre un total de 257– y tampoco controlarán ningún Estado provincial, porque la estrategia de Milei fue desentenderse de los procesos electorales locales.

Con una fuerza política tan débil, el hipotético gobierno de Milei solo podrá avanzar a fuerza de decretos, algo que, con Macri, quedó a la vista que no será tolerado por las mayorías. Sin desarrollo territorial en provincias y municipalidades, sin mayorías en las cámaras legislativas y bajo escrutinio constante de sus adversarios, es un enigma cómo hará Milei para avanzar en su plan maximalista de reducción del Estado y liberación de los resortes económicos.

Ese enigma lo empezó a responder Mauricio Macri –el líder sin cargo de Juntos por el Cambio– apenas pasaron las elecciones primarias. Aunque mantiene su apoyo testimonial hacia su candidata, Patricia Bullrich, Macri dio señales de que ve con buenos ojos una eventual gestión de Milei y en los últimos días sugirió que el bloque parlamentario de Juntos por el Cambio –mucho más potente que el escuálido bloque libertario– debería apoyar las reformas de La Libertad Avanza si resultan razonables y si coinciden con la base programática de la coalición que gobernó entre 2015 y 2019.

Una alianza parlamentaria entre Milei y Macri es posible, pero insuficiente para llevar adelante un programa de reformas tan extendido como el que propone el libertario. La Constitución, la democracia y las instituciones de la República han sido lo suficientemente previsoras como para generar un sistema de contrapesos y controles cruzados que alejan toda posibilidad de un gobierno autocrático.

Porque el de Milei, si ocurre, será un gobierno autocrático, autoritario y a puro decretazo. Algo intolerable para un país que, aun con sus limitaciones, se dio sus propias leyes, sus instituciones y su moneda. Así incluso lo hicieron saber referentes acérrimos de la oposición, entre ellos Miguel Ángel Picchetto: “No estamos de acuerdo con la dolarización. La Argentina es un país importante que, aun en un momento difícil como este, tiene que tener moneda propia, tiene que tener capacidad para decidir su destino; no es una republiqueta que puede atarse al dólar y desaparecer”. Sí: lo dijo Picchetto, el aliado de Macri.

Seguridad en riesgo

A lo largo de su campaña, y sobre todo en los debates televisivos, Javier Milei dio señales de que no sabe nada sobre seguridad pública, ni tiene un plan concreto para abordar el tema si resulta electo presidente.

Si se aplica la misma lógica que en educación y salud, las políticas de seguridad quedarían atadas al libre juego de la oferta y la demanda. No es un tema menor y fue uno de los principales problemas de las últimas dos gestiones. Mauricio Macri y Alberto Fernández dejaron en manos de las provincias la gestión integral de la seguridad –así lo establece la Constitución– y no se observó ningún plan coordinado desde la esfera federal, justo en un momento en que las economías delictivas del narcotráfico, el lavado de activos y la trata de personas acechan a las regiones más pobladas del país, con el Gran Rosario como epicentro.

Milei no tiene un proyecto de seguridad democrática, ni siquiera un proyecto autoritario. Igual que en economía, sobrevuela un lema no dicho pero implícito en cada una de sus intervenciones públicas: que cada uno se arregle por sí mismo, que cada uno se defienda como pueda. El individualismo al palo.

A falta de un programa concreto, el libertario añade un riesgo extra: la libre portación de armas de fuego. Lo deslizó en el segundo debate presidencial: “No puede ser que estén armados los delincuentes y los honestos no”. La mejor respuesta no provino de un abogado garantista, ni de algún organismo de derechos humanos; se la dio Patricia Bullrich en el mismo debate: “Si se liberan las armas, van a terminar en manos de Los Monos, van a ir a parar a las manos de los narcotraficantes”. Sí: lo dijo Bullrich, la candidata de Macri.

El “plan” de seguridad de Milei no es tan distinto a su programa económico y se puede resumir en pocos y simples términos: todos contra todos y sálvese quien pueda.

Democracia en riesgo

Milei fue el candidato más votado en las elecciones primarias y lidera las encuestas. Lo consiguió planteando en forma descarnada un programa de destrucción de lo público (lo que es de todos) y poniendo el foco sobre el mayor fetiche argentino: el dólar. Con esos dos elementos, quedó a un paso de la Presidencia.

La alternancia es saludable para cualquier sistema democrático. En cambio, la aventura de un salto al vacío, la destrucción de lo que supimos conseguir en democracia, supone un riesgo irreparable. Estamos a tiempo de evitarlo.

Dejar respuesta

Por favor, ¡ingresa tu comentario!
Por favor, ingresa tu nombre aquí