En tres semanas Israel mató a más de 10 mil personas y perdieron la vida más niños que los que mueren anualmente por guerras a nivel mundial. El pueblo palestino y una nueva catástrofe humanitaria.

Por Melisa Trad

Un hombre busca a gritos bajo los escombros. Sus hijos han quedado atrapados, no sabe dónde están y los minutos que pasan marcan la diferencia entre la vida y la muerte. Un periodista divide a su familia en distintas ubicaciones para jugar con el destino y evitar perderlos a todos en un solo bombardeo israelí. Una mujer se niega a lavarse las manos cubiertas de sangre después de encontrar a su hijo en la morgue. Estas son algunas de las historias que llegan desde Gaza.

Hubo algo que siempre me llamó la atención cuando hablábamos en la escuela sobre eventos de otros tiempos. En ese entonces me preguntaba cómo pudo haber una dictadura en Argentina y que tantos se quedaran en el molde. Cómo es que en Srebrenica se llevaron a todos los chicos y hombres de una “zona segura” de la ONU y nadie pudo protegerlos. Cómo es que se lanzó una campaña de exterminio tan cruel hacia el pueblo judío y el mundo dejó que eso pase.

Ahora ocurre frente a nuestros ojos, ya no puedo escribir conjugando en pasado. Desde el 7 de octubre cuando la población israelí sufrió la peor de las tragedias, Israel ya asesinó a más de 10 mil palestinos y palestinas. No militantes de Hamás, no terroristas: bebés, niños, hombres y mujeres que no sueñan más que con tener la vida de cualquiera de nosotros. Pero no nacieron acá. Su documento de identidad los condenó a vivir encerrados en una jaula de 40 kilómetros por 10. Se dice que la Franja de Gaza es la mayor “cárcel a cielo abierto del mundo”, porque en esa porción de tierra viven más de 2 millones de personas en condición de hacinamiento. Sin estándares mínimos de derechos humanos, sin acceso a las condiciones más básicas para el desarrollo de una vida digna, bloqueados por una valla israelí que determina cómo se vive en ese lugar. Esa era la realidad antes del 7 de octubre, hoy es difícil ponerle nombre a la catástrofe humanitaria que se vive en ese territorio palestino.

 El día que lo cambió todo

Hace un mes, Israel sufrió una de las mayores masacres de su historia. Hamás interrumpió el Shabat, día de descanso judío, lanzando una ofensiva por aire, tierra y mar que masacró no sólo a soldados sino a la población civil que vivía en las cercanías de la Franja de Gaza. El ataque dejó alrededor de 1400 muertos, una cifra récord teniendo en cuenta que nunca se habían perdido tantas vidas israelíes en un solo día. A eso se le sumó que más de 200 personas fueron secuestradas y trasladadas a territorio gazatí.

Ante el horror, Benjamin Netanyahu, el primer ministro israelí, tuvo frente a él dos caminos. En 1992, Isaac Rabin, primer ministro de Israel de ese entonces, dijo: “me gustaría que Gaza se hundiese en el mar, pero eso no va a suceder, así que hay que encontrar una solución”. Antes de ser asesinado por un judío extremista, Rabin, hombre de carrera militar, protagonista él de muchos de los eventos más violentos en la historia que une a ambos pueblos, decidió dedicar sus últimos años a buscar la paz. De ese apretón de manos con Yasser Arafat nacieron los Acuerdos de Oslo que hace poco cumplieron 30 años. Los acuerdos no lograron la paz y hoy sus efectos son discutibles, pero se convirtieron en uno de los últimos grandes esfuerzos por encontrar un lugar común.

Benjamin Netanyahu eligió el otro camino. Eligió bombardear Gaza ininterrumpidamente. Eligió bloquear el paso de alimentos, agua, electricidad y combustibles para asfixiar a la población. Eligió que los hospitales en Gaza realicen cirugías sin anestesia, alumbrados por celulares y reemplazando desinfectante por vinagre.

“Efectos colaterales”

Mientras los militantes de Hamás aguardan en los túneles bajo Gaza el enfrentamiento cuerpo a cuerpo con las fuerzas israelíes, la gente en la superficie vive otra historia. Ya son más de 4 mil niños y niñas los que han perdido la vida en la Franja de Gaza. Según la ONG Save the Children, en tres semanas de bombardeos israelíes, el número de niños asesinados ya es mayor al número de niños que mueren en conflictos armados a nivel mundial en el transcurso de un año entero. “Gaza se está convirtiendo en un cementerio de niños”, aseguró el Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres.

¿Cómo llegamos a esas imágenes? Las y los periodistas en Gaza no tienen ni las sirenas ni los refugios de aquellos que sólo reportan desde Israel, pero son nuestros ojos y oídos en ese lugar. A ellos y a sus familias también los están matando. Las cámaras muestran en vivo como el periodista de Al Jazeera, Wael Al Dahdouh, descubre los cuerpos de su esposa, su hijo de 15 años, su hija de 7 y su nieto, que se habían refugiado en lo que Israel designó como “zona segura”. Mohamed Abu Hattab, periodista de la cadena Palestina TV, hizo su última transmisión en vivo una hora antes de que él y once miembros de su familia fueran asesinados por un bombardeo del Ejército de Israel en la ciudad de Jan Yunis. Al aire, su compañero se saca el chaleco y el casco de prensa mientras afirma: “Todos somos víctimas aquí, mártires, solo que en diferentes tiempos. Nos vamos uno tras otro, sin que nadie se preocupe por nosotros ni por la magnitud del desastre que estamos viviendo en Gaza”. Según el Comité para la Protección de Periodistas (CPJ), al menos 37 periodistas han sido asesinados desde que comenzó la guerra. Su presidenta, Jodie Ginsberg, asegura que “este es el conflicto más peligroso para los periodistas que el CPJ ha documentado en 30 años”.

La Franja de Gaza no es sólo peligrosa para ellos. La UNRWA es la Agencia de Naciones Unidas para la población refugiada de Palestina. El organismo lleva siete décadas proporcionando ayuda humanitaria a las y los refugiados de Palestina, 80% de los cuales dependen de esa ayuda de emergencia. Desde el 7 de octubre, 79 miembros de la UNRWA han sido asesinados por el ejército israelí. Las y los trabajadores que todavía resisten en Gaza alzan día a día la voz para denunciar la falta de suministros básicos para atender la catástrofe humanitaria.

¿Son todos ellos “efectos colaterales”? Cuando bombardean hogares, ambulancias, campos de refugiados, establecimientos de la ONU, las autoridades israelíes saben muy bien que están bombardeando civiles, a pesar de que el derecho internacional determina que no son blancos legítimos.

El horror en vivo

El mundo ha reclamado una tregua humanitaria. La Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó por 120 votos a favor –incluido el de Argentina- una resolución que exige se detengan las hostilidades y se permita el ingreso sostenido de ayuda humanitaria acorde a las necesidades. Por el momento se está permitiendo solamente el ingreso de unos doce camiones con ayuda humanitaria por día, cuando antes del 7 de octubre ingresaban quinientos. Israel y Estados Unidos votaron en contra de esta resolución que no es legalmente vinculante, es decir, no tiene el poder de obligar a las partes a nada.

Los líderes de ambos países han rechazado por ahora la posibilidad de un cese al fuego. Mientras tanto le piden a la población gazatí que se desplace hacia el sur para evadir los enfrentamientos en el norte. En un territorio de 40km de largo esto ya es un desafío, sin contar que, a pesar de las advertencias, Israel ha seguido bombardeando el sur. El paso de Rafah, en la frontera con Egipto, fue abierto recién hace unos días y muy pocas personas tienen derecho a transitar por él. Ya lo han dicho todas las organizaciones de derechos humanos: no hay lugar seguro en Gaza.

La Franja de Gaza es literalmente una cárcel para las y los palestinos que están siendo masacrados allí. La imagen más tangible, quizá, de que el gobierno israelí no está buscando justicia sino el castigo colectivo de todo un pueblo. ¿Cuándo será demasiado? ¿Dónde está la línea? Mientras vemos el horror en vivo, mientras millones son desplazados por segunda o tercera vez desde que comenzó la ocupación israelí del pueblo palestino, mientras las y los rehenes israelíes temen por su vida en Gaza, la paz parece estar más lejos que nunca.

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