Julián Martínez: “Abrí la ventana y parecía Venecia, pero era mi casa en el FONAVI”

Julián Martínez

Concejal por la UCR, Julián Martínez es uno de los dirigentes más jóvenes de Santa Fe. En 2003 fue uno de los afectados directos de la inundación, lo que lo llevó a participar en política. En este mano a mano rememoró la tragedia y repasó su trayectoria.

Por Juan Pablo Gauna.

Julián Martínez es técnico químico egresado de la Escuela Pizarro y uno de los dirigentes más jóvenes de Santa Fe. Desde 2023 es concejal por la Unión Cívica Radical. En 2003 fue uno de los afectados directos de la inundación que asoló a la capital, cuestión que lo llevó a participar en política. En este mano a mano rememoró la tragedia y repasó su trayectoria.

—¿Cómo fue tu infancia?

—Me gusta recordar esa etapa de la vida. El FONAVI (Fondo Nacional de Vivienda) San Jerónimo, en barrio Centenario, es el rincón donde conservo los mejores recuerdos de la infancia y de mi familia. Soy el menor de cinco hermanos, y mis viejos se fueron a vivir al FONAVI cuando apenas se inauguraron, a principios de la década de 1980, y les entregaron su casa en el monoblock número 11. Centenario es un barrio hermoso, donde conocí a los amigos más íntimos, los de la infancia, que son los más genuinos.

—¿Cómo fue tu trayecto educativo?

—Hice todo el recorrido educativo inicial en el barrio. Fui al Jardín de Infantes n° 73, con la señorita Perla, y después fui a la Escuela n° 1258 Simón Bolívar. Siempre recito los nombres de mis maestras de memoria: la señorita Norma, Vilma, Noemí, Esther, Ivana y Ana María. Esas fueron mis maestras, y en años difíciles fueron muy importantes. La década del 90 fue un punto de inflexión en muchas familias argentinas. La mía no estuvo exenta de eso, y uno veía que las maestras contenían mucho en sus espacios, además de realizar su tarea educativa formal.

—Sos hincha de Unión, así que las vivencias relacionadas con el fútbol te habrán obligado a incorporar desde chico el diálogo y la cuestión del pluralismo.

—Está bueno eso, porque somos varios hinchas de Unión en Centenario, identificados y caracterizados, y sí, eso siempre te exponía a un señalamiento, donde decían “aquel es tatengue”. Por supuesto, siempre estaba la gastada con mis amigos. Las maestras trabajaban mucho en ese momento con la convivencia, con un montón de situaciones que empezaban a verse, de desigualdad y de cosas feas que emergían. Tengo el mejor de los recuerdos de mi escuela, se hacía un trabajo enorme, un esfuerzo con los alumnos y con las familias por generar espacios de convivencia y de respeto. Se buscaba generar en la escuela un ámbito donde encontrar contención o respuestas a los problemas de las familias. Evidentemente eso ha dejado una huella en mí, porque algunos de los proyectos que vengo trabajando desde el Concejo tienen que ver con esto. Ahora trabajamos en la convivencia, con una campaña que se llama “Bancando los tratos”, donde vamos a los clubes a hablar sobre la importancia de tratarse bien.

La inundación como bisagra

—¿Cómo era tu vida en el barrio antes del 29 de abril de 2003 y cómo fue luego?

—La verdad es que fue un antes y después. Hasta el 28 de abril yo era una persona y el 29 de abril empecé a ser otra. A todos nos pasan situaciones personales que marcan algún punto de inflexión que tiene que ver con pérdidas, con algún dolor; pero cuando es a partir de una instancia que es colectiva, que la padece un grupo más amplio, es muy loco lo que ocurre. Nosotros ya veníamos de la crisis del 2001, que pegó de lleno en la gran mayoría de las familias, y la verdad que al poco tiempo nos encontramos con ese mazazo de agua totalmente inesperado. Fueron años muy difíciles. En la inundación la ausencia del Estado fue suplantada por el amor de nuestros vecinos, de nuestros compatriotas, de gente que vino a dar una mano sin preguntar quién eras.

—¿Cómo fue ese día?

—Lo recuerdo de memoria. El 28 de abril es el cumpleaños de uno de mis hermanos, habíamos cenado y estábamos celebrando que había nacido mi primera sobrina, entonces había una alegría familiar. Nos fuimos a dormir y al otro día fui a la escuela Pizarro. Al ratito que llegamos nos dijeron que nos volviéramos a nuestras casas o que nos vengan a buscar. Me fui pensando que había zafado de las clases, me tomé el 8 y ya cuando iba en el colectivo empecé a ver que algo estaba pasando. Me acuerdo de llegar a Boulevard Pellegrini y en San Jerónimo había un montón de gente perdida, deambulando. Llegué a mi casa, estábamos con mi hermano Julio y dijimos “vamos a tomar unos mates”, eran las 10 de la mañana, y ahí se corta la luz. Nunca más volvió. Llegó mi madre, que trabajaba como hasta el día de hoy cosiendo a máquina, muy nerviosa, porque venía escuchando la radio. Tengo familiares en diferentes barrios del oeste y del norte, entonces sabíamos lo que iba pasando por ellos. Llega muy nerviosa porque le dijeron que se estaba inundando Centenario, ve que no había agua y se tranquiliza un poco. Al tiempo escuchamos en la radio aquella famosa conferencia de prensa donde el intendente Marcelo Álvarez dijo "todo el barrio Centenario, la Villa del Centenario, Chalet, San Lorenzo, El Arenal, todo esto no van a tener ningún tipo de inconveniente”. Eso generó cierta tranquilidad en mi mamá.

—¿En qué piso vivían ustedes?

—Nosotros estábamos en el primer piso. En ese momento empecé a ver familiares de mis amigos, que vivían en Santa Rosa, San Lorenzo, que empezaron a venir. Venían con bolsos, tenían la misma característica de la gente que ví mientras volvía a mi barrio, y decían “está todo inundado”. Mis hermanos decían que la gente estaba poniendo bolsas de arena en la avenida J. J. Paso y fuimos a dar una mano. Veía movimientos, pero no era consciente de lo que pasaba, veía gente haciendo cosas, corriendo desesperada, hablando, llevando los televisores, la heladera, cosas así. Era como en las películas yanquis, la previa al apocalipsis. Cuando llegamos a la rotonda de J. J. Paso la imagen que encontré no la vi ni en la mejor película de Steven Spielberg. Miré para el lado de Chalet y estaba todo inundado, porque ahí la calle hace una bajada muy pronunciada. Se veía gente arriba de los techos de las casas, porque el agua las tapó. En un momento empieza a brotar el agua a espaldas nuestras por las bocas de tormenta. O sea, no tenía ningún sentido colocar bolsas de arena.

—¿Se veía alguna autoridad oficial en la zona?

—Tengo el recuerdo de ver algunos policías. Después, los otros días, ya estaba el Ejército. Era mucha la gente haciendo cosas y gente que yo no conocía. Eso me impactó mucho, pensaba “¿de dónde salió esta gente?”. Entonces empezó a brotar el agua atrás nuestro y ahí mi hermano Julio dice “che, tenemos que volver a casa”. Desde ahí hasta casa son por lo menos 600 metros, y empezó a brotar el agua, era una catarata de agua impresionante, con una fuerza tremenda. Nosotros salimos corriendo de ahí. Yo no sé nadar, y fue una situación muy desesperante.

—¿Cómo enfrentaron la inundación en tu casa?

—Estábamos en la escalinata del FONAVI y vimos cómo el agua empezó a subir. En la esquina había un puesto de diarios y la fuerza del agua lo arrancó, se lo llevó como si fuera un barquito de papel en una corriente de agua. Fue tremendo. En el medio de eso Maxi, un amigo de la manzana 2, empezó a traer cosas a mi casa. Mi mamá le dice a Alicia, la vecina de abajo, que suba, y ella contesta "no, el agua va a llegar a la calle, como siempre”. Pero mi mamá le dijo a sus chicos “sáquenla, vamos a subir las cosas”. Ya era de noche así que hicimos ranchada y éramos un montón. Hicimos un guisito.

—¿Qué hicieron cuando el nivel de agua empezó a subir?

—Mi hermano se quedó toda la noche sentado en el balcón viendo cómo el agua subía y no paraba de subir. En un momento viene y dice “hay que seguir subiendo porque está por entrar el agua a casa”. El agua entraba por los inodoros, por los desagües, y seguía subiendo. La casa de Alicia ya no existía. Amaneció y llegaron las canoas, las lanchas. Vino mi viejo a traer una garrafa, yo abrí la ventana de mi pieza y parecía que estábamos en Venecia, pero era mi casa. Centenario estaba con las carpas arriba de los techos. Mi viejo quería que me vaya a su casa, yo me quería quedar con mis hermanos, pero mi mamá me convenció. Mi hermano más grande vivía en Candioti y me fui ahí. Saliendo con la lancha llegamos a la esquina de Saavedra y J. J. Paso, que era la bajada de lanchas que se había improvisado. Fue impactante.

—¿Hasta qué nivel llegó el agua?

—En casa entró muy poco, hasta el primer piso llegó, de ahí para abajo estaba todo bajo agua. Me acuerdo de la famosa detonación a la altura de Puerto Piojo que permitió que drene el agua que había inundado el Parque del Sur, porque ya estaba llegando al centro. Siempre tuve la sensación que si el agua no llegaba a la Casa de Gobierno, se hubiese actuado con menor rapidez.

—¿Cuánto tiempo estuvo inundado Centenario?

—No sé precisamente, pero el FONAVI probablemente un día, y bajó el agua una vez que detonaron la Circunvalación. El Centenario tuvo más tiempo el agua porque está más abajo que el FONAVI. Ahí demoró un poco más en bajar, pero los otros barrios seguían teniendo agua.

Crónica de la inundación de Santa Fe del 2003

Las secuelas y la memoria

—¿Te quedó alguna marca de esas vivencias?

—Después empezó todo el proceso de vuelta a casa. La gente sacaba los muebles dañados y veía todo lo que perdió. El olor no me lo olvido más. Obviamente no tuvimos clases durante todo ese tiempo. En medio de la inundación la primera persona que vino a ayudar fue mi preceptor. El mismo que me tomó asistencia el día anterior apareció en la canoa y me preguntó “¿qué necesitás?”. Eso fue muy fuerte, porque si bien el Estado nos dejó solos en muchos sentidos, el preceptor vino desde la escuela, y la escuela es el Estado también. El Estado está presente en muchas partes de nuestra vida. Por eso cuando se retomaron las clases con un grupo de amigos dijimos, “che, no hay centro de estudiantes en la escuela, ¿por qué no armamos uno?”. Yo estaba muy influenciado por lo que había visto en la inundación, y tenía toda la tristeza que me había generado esa situación.

—Y canalizaste todo eso en la participación política.

—Después de eso participé de la marcha por el boleto estudiantil. Tuve que conversar en terapia todo lo que fue la inundación y las historias que conocí. Hubo un vecino del barrio que se quedó colgado del ventilador de techo, un bebé que se le escapó a una chica y que la corriente lo arrastró en Colón. Todo lo que vino después fue mucho, hasta hubo un toque de queda. Por ahí iba a lo de algún vecino y volvíamos temprano y el helicóptero ya estaba sobrevolando y te alumbraba. Dejó muchas huellas todo eso, pero fundamentalmente se probó que a un montón de gente le importaba el otro, sin conocerse. Evidentemente ahí hay algo, y hay que trabajar para dar una mano. Después entré en la política y en la militancia partidaria y encontré personas con las que empecé a construir un camino político. Sin ese evento, tal vez no hubiese tomado esa decisión.

La militancia radical y la gestión en el Concejo

—¿Cómo fueron tus primeros pasos en la Unión Cívica Radical?

Mi papá -Esteban "Pepo" Martínez- es radical, entonces tenía vínculos con dirigentes de la UCR, y me empezó a invitar a reuniones. Empecé a participar repartiendo los votos, fiscalizando y conociendo gente. Eso fue terminando la secundaria, en el 2006. Ahí conocí a un grupo de chicos que en ese momento estaban en la Juventud Radical, La Karakachoff, muchos dirigentes con los cuales sigo compartiendo lugares importantes, como es el caso del actual presidente de Concejo Sergio "Checho" Basile. Se generó un movimiento interesante posterior a la inundación. Creo que la radiografía política de la ciudad cambió a partir de eso. La militancia fue aumentando en intensidad y así llegamos hasta estos días, donde en 2023 tuve la posibilidad de ser candidato y hoy estar en el Concejo representando a los vecinos en una banca.

—¿Qué cosas estás transfiriendo a tu quehacer político?

—Algunos proyectos que venimos trabajando vinculados a escuelas y a clubes. Por supuesto que lo primero fue conocer la ciudad, la militancia me permitió eso, recorrer casi todos los barrios, conocer muchos militantes y vecinos, instituciones que hacen un laburo hermoso y con un esfuerzo muy grande en situaciones muy difíciles, y entender que la política necesita vivir la ciudad como lo vive la mayoría de los santafesinos. Yo ando en colectivo, sigo yendo a la cancha, sigo compartiendo, tomando liso y eso me gusta. Por eso presenté muchas iniciativas vinculadas al tema del transporte.

—La “memoria hídrica” es central para vos.

—Obviamente, con el tema de inundación siempre trato de armar alguna actividad, algún medio me convoca para testimoniar y para seguir reflexionando. Es un tema que no hay que dejarlo en el olvido, la inundación tiene que ser una especie de "Nunca más", no tiene que quedar en la efeméride. Por una cuestión geográfica vamos a convivir con los ríos toda la vida y eso demanda una conciencia ciudadana con la que hay que trabajar para que los riesgos disminuyan. Si bien yo pude convertir a la inundación en una influencia positiva para mi vida, para un montón de gente no fue así. Hoy todavía muchos ciudadanos al hablar de eso se largan a llorar, un montón de personas entró en depresión o se quitó la vida, perdió cosas valiosísimas. Hay que hacer mucho esfuerzo para que no se pierda toda esa memoria.

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—¿Qué cosas tiene que hacer el Estado en relación a la ciudad?

—La gestión de lo hídrico tiene que ser una prioridad en cualquier gestión, una política de Estado permanente. Y más allá de eso, la presencia del Estado en la comunidad tiene que ser efectiva y con humildad. Cuando la maestra de mi barrio contenía a las familias era una faceta humana del Estado, cuando mi preceptor vino a asistirme era una faceta humana, y hay mucha gente en el Estado que tiene esa filosofía, pero creo que hay mucho por hacer.
No es fácil, sobre todo teniendo en cuenta que muchas veces eso implica trabajar para cosas que no vas a ver, de las cuales no vas a tener un usufructo político.

—¿Cómo es tu día a día?

—Convivo con la responsabilidad de estar en un cargo de concejal. Siempre digo que todas las conductas que uno tiene en la vida sirven de ejemplo. Me parece que, sobre todo en la política, hay que entender que hay que servir, y no servirse.

—¿En qué proyectos estás trabajando?

—El del transporte es un tema que siempre discutimos. Ahí hago visible mi experiencia como usuario del colectivo. Cualquier discusión va a estar atravesada por la desigualdad crónica que tenemos en el país, donde los recursos se concentran en el Área Metropolitana de Buenos Aires y no vienen a Santa Fe. El tema educativo siempre está muy presente en mis proyectos. Creo que hay un déficit en materia de espacios públicos, y estamos trabajando en detectar potenciales espacios públicos en muchos barrios. Luego está el momento de las discusiones, la oposición tiene sus argumentos también, soy radical, soy alfonsinista, la democracia es eso.

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—¿Qué cosas faltan realizarse de las banderas políticas de la UCR?

—Todavía estamos en una construcción de la democracia. Cuando Alfonsín hablaba de que con la democracia “se come, se educa y se cura” era un proyecto de futuro. A la democracia le falta poder encontrar respuestas, y creo que el radicalismo tiene mucho para dar. Hay muchos jóvenes radicales, por ejemplo, el actual presidente de la UCR Leonel Chiarella, que es el intendente de Venado Tuerto y tiene niveles de gestión y de aprobación excelentes. Hay que separar las emergencias de lo emergente y de las cosas que son más a largo plazo. A la emergencia hay que atenderla y asistir; lo emergente hay que detectarlo, intervenirlo y abordarlo; y a largo plazo hay que seguir proyectando. Las soluciones no se van a encontrar solo a través de un liderazgo, si bien hay personas que tienen el carisma y la capacidad de movilizar los cambios; lo que se traduce más a largo plazo es cuando se van generando lazos más abajo, y en eso el radicalismo ha sido pionero. Hay una semilla en muchos dirigentes jóvenes que asumen responsabilidades en sus localidades. Creo que hay un mandato en un servidor público. Hoy, que parece que hubiera una especie de esquizofrenia moral, Leandro Alem acotaría que “no corresponde hacer lo que se quiere, no corresponde hacer que se puede, corresponde hacer lo que se debe”. Eso es honestidad actitudinal, política e intelectuall: hay que hacer lo que se debe, ni más ni menos.

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