La grasa de las capitales cubre tu corazón

El nuevo rico habla con la soltura de quien cree que sabe de lo que está hablando. Porque, como bien sabemos, no hay nadie más atrevido que un ignorante.

No hay nada más fácil de detectar que los “nuevos ricos”. Y no me refiero a aquellos que han elegido armar pequeñas parcelas de tierra en las que desplegar toda grasura, como esos que viven en Puerto Madero, en Nordelta, o en cualquiera de los emprendimientos inmobiliarios que se les parezcan. No, no me refiero a detectar a un “nuevo rico” en su hábitat natural, en los gimnasios con cuotas impagables o las escuelas privadas aspiracionales, en los hoteles all inclusive o en sus desmedidas celebraciones cuando sus hijas cumplen 15 años. Hablo de detectarlos cuando salen a la vida real, cuando se insertan en los ámbitos de los que en algún momento quisieron escaparse. Hablo de encontrarse con uno en una guardia de sanatorio, en un bar, en una cancha de fútbol 5, haciendo cola para sacar el libremulta.

El nuevo rico, a diferencia del viejo rico, no duda en explayarse acerca de los métodos y caminos que lo llevaron a conquistar su transitoria riqueza. Porque siempre, indiferentemente de cuál sea el rubro en el que se desempeña, su presente económico y su meteórico ascenso social está supeditado a una frágil red de mecanismos que parecen, en criollo, atados con alambre. Siempre vienen de hogares de extracción más bien humilde, trabajadora, de esos de los que ahora reniegan. Y siempre tienen un discurso profundamente meritocrático que jamás incluye el sacrificio que sus padres hicieron para darles una buena educación, su paso por el sistema público de enseñanza, el apoyo que los amigos o sus afectos le dieron en sus primeros momentos como “emprendedores”. O al menos eso es lo que aprendió leyendo "Padre Rico, Padre Pobre".

El nuevo rico habla con la soltura de quien cree que sabe de lo que está hablando. Porque, como bien sabemos, no hay nadie más atrevido que un ignorante. El nuevo rico está bronceado todo el año. Si usa ropa de marcas se suma a la "logomanía", esa tendencia que indica que mientras más grande el logo de la marca, mejor. Nada de andar con remeras lisas o estampados sutiles. El nuevo rico puede ser emprendedor, jugador de fútbol, streamer, trapero, y no pierde la oportunidad de sumarse a cualquier cosa que esté en tendencia, ni de enrostrarnos de que él trabaja cuando y cómo quiere. El nuevo rico no tiene recreos porque toda su vida es un gran recreo. O al menos eso es lo que nos quiere vender.

Sentada en un bar de estos que afloran por Barrio Candioti como manchas de humedad de la gentrificación, me veo obligada a escuchar la conversación de la mesa de al lado porque quien diseñó el lugar le dio más importancia a sostener la estética de restaurante para tapeo o bodegón de comida mediterránea que en hacer que el espacio sea vivible. Las mesas, apiñadas unas con otras, no permiten que la charla pueda darse en lo que una podría esperar que es, con simpleza, un poco de privacidad. Cosa que a la gente curiosa, como quien escribe, a veces nos resulta interesante: no hay nada mejor que escuchar de refilón una conversación a la que no nos han invitado. Pero en este caso, esa falta de aislamiento acústico entre comensales se traduce en que quedo como testigo y partícipe de una primera cita entre una piba y un flaco que no sabe lo que es callarse la boca.

Esto es algo que diferencia a los nuevos ricos de los viejos ricos: la estridencia. No sólo en sus formas, también en su construcción estética. Tomando a este espécimen como ejemplo, todo en él grita que por primera vez recauda cifras que superan lo que su padre jamás juntó en su vida. Su pelo cortado hace dos minutos, su barba llena de productos, su camisa semiabierta y muy apretada de una marca que fue de chetos hace un lustro y que ahora los verdaderos chetos ya no usan, su reloj y su teléfono, su jean chupín, sus zapatos de punta. El tono forzado de su voz que intenta imitar aquella forma tan propia de la gente de guita y que fuera de ese contexto su uso es totalmente hilarante. El ininterrumpido monólogo con el que intenta hacerle saber a ella que él es un tipo de “alto valor” y que todo lo que tiene lo tiene debido a su esfuerzo y que su ex no supo acompañarlo en su proceso de crecimiento. La forma en la que elige que van a comer los dos, y pide el vino más caro a pesar de que ella dice que no va a tomar alcohol.

El personaje no habla ni de amigos, ni de pasiones, ni de hobbies o pasatiempos. Se dedica a explayarse en su pitch empresarial como si ella fuera una potencial inversora, y no una mujer a la que intenta seducir. No le pregunta nada de su vida, salvo adónde trabaja. Cuando ella le explica que atiende un comercio, él ríe de manera impostada y le repregunta si no soñó con tener, alguna vez, algo propio.

Que increíble sentido de la propiedad, pienso. Me disocio por un momento, y no vuelvo más a la conversación. ¿Qué tendrá él de propio? ¿Qué habrá creado? ¿Será algo tangible, material? ¿Habrá conquistado algo en el plano de los afectos? ¿Qué resto te queda, después de invertir ganancias en construir la pantomima de la riqueza, para todo eso? Hace un tiempo irrumpió en nuestras vidas la idea de ser nuestros propios jefes, sobre la que ya he escrito. Esto, sin embargo, me parece la superación de aquella premisa que poco a poco se fue diluyendo en el mar del pluriempleo y la crisis económica.

El nuevo rico ha alcanzado la riqueza, pero quiere más. Su devenir aspiracional es como un agujero negro de conceptos difusos. El nuevo rico quiere ser lo que nunca va a ser: viejo rico. Es lo que diferencia a Milei de Macri, a Adorni de Caputo, a Petovello de Patricia Bullrich Luro Pueyrredón. El nuevo rico, el nuevo relevante, el emergente tiene todo menos una cosa: un legado. Quienes realmente tienen riqueza no precisan ostentarla visiblemente porque la llevan en el DNI. Sus apellidos, sus nombres, son el resultado de un capital acumulado que traspasa siglos y generaciones. Si le hacen honor o no, es otro tema. Si ese legado es algo celebrable, otra discusión. O para otra nota, en todo caso.

En esta, hablamos de los nuevos ricos. Esos que todo el tiempo tienen que estar justificando no ya su riqueza, sus ingresos, su capital, sino su relevancia para la sociedad. Su importancia en el gran esquema de las cosas. Esos que arman coloquios y congresos con agencias y think tanks para vendernos los grandes métodos del SXXI. Esos que propagan el discurso de “salir de la zona de confort”, pero no pueden evitar después meterse en sus caros departamentos nuevos, probablemente alquilados, y en sus clubes de membresía para jugar al paddle o a cualquier cosa que los aleje de la plebe.

Porque el nuevo rico es, ante todo, un desclasado. El nuevo rico precisa siempre de nuevos pobres. Precisa del descontento y de la urgencia, de la mano de obra barata, de alguien que le compre el cuento que el viejo rico no le compra. No importa si ese cuento viene adornado en psicología barata, marketing digital, la burbuja de las criptomonedas, una estafa piramidal o el evangelismo cool y sedoso. No importa si el relato tiene más agujeros argumentales que un colador, si el procedimiento para llegar a esa riqueza roza constantemente la estafa o la delincuencia, si las ganancias son pocas y para pocos. Importa que del otro lado hay alguien dispuesto a creer.

Importa que del otro lado de la mesa hay una chica que creyó que venía a una cita, y en realidad vino a una reunión de negocios.

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