Empezó el éxodo de estudiantes secundarios a Bariloche, un ritual que cada año moviliza a más de 150 mil jóvenes de todo el país. Entre compras superfluas y consumismo, una madre reflexiona sobre el miedo a dejar partir.
Por Leticia Chirinos
Una camiseta de la Selección Argentina, entallada y corta por encima del ombligo, las llama desde la vidriera. Aprovechen, digo. Después seguimos a otro local en busca de musculosas blancas. No quieren ninguna de las que les ofrecen, tienen puestos los ojos en una que no existe, una que solo vieron en la pantalla del celular. Ropa térmica es lo siguiente en la lista. Camino a la tienda me avisan que debo que cruzar media ciudad para comprar aerosoles, témperas, pegamento para gomaespuma. Y todavía falta una minifalda de jean y dos pares de botas.
Usan un tono imperativo que me altera, la bronca me baja y se desparrama por la vereda sobre Aristóbulo del Valle. Quedo inmóvil tratando de contener las lágrimas y la dignidad.
Es todo una pelotudez. Grito. No voy a seguir con esto, me estoy gastando el aguinaldo en disfraces que van a usar una sola vez en la vida. Mis hijas miran para otro lado. Camino rápido al auto, ellas detrás. Está mal. Les sigo picando el coco hasta que llegamos a casa. Que hay compañeros que no tienen un mango, que es puro consumismo, que esto, que lo otro, que lo de más allá. Soy tan pesada que cuando bajo del auto me arrastro hasta la cocina.
Estoy indignada y el mundo debe saberlo ¿Cuándo dejamos que un viaje de egresados se transforme en este tour de boliches, de fiestas temáticas, de disfraces hechos por modistas, gastos absolutamente superfluos, adolescentes envueltas en menos de un metro de tela? Nosotros, los padres que nos creemos progres, pagamos esta pavada, las madres feministas que llevamos a nuestras hijas a las marchas, ahora les sacamos fotos vestidas de heroínas en taparrabos.
Algo me da vuelta, en la cabeza y el estómago, una línea recta de dolor va de ojo a ojo. Está mal, me repito.
Retomo el sermón en el almuerzo, un poco más sacada que a la mañana. Con mucha delicadeza, una de mis hijas me manda a terapia. Tiene razón. Después dice que van a las marchas para ir vestidas en tanga, es su derecho. Vuelve a tener razón. La otra agrega que ahora, subraya ahora, el tema es pertenecer. Por eso hacen todas las cosas que hacen, por ser parte de algo. Algo como la Promo 2026.
Me doy un baño para sacarme la bronca. Un baño de inmersión que tape todos los ruidos de la casa y los de mi cabeza. El dolor detrás de los ojos bajó a la boca del estómago y amenaza con quedarse todo el fin de semana.
Como si fuera una media sucia que un lavado le quita las manchas, el agua me da claridad. Esto que siento no tiene que ver con una traición a mis banderas, ni con que mis hijas elijan disfraces sexis por default.
Es miedo.
Pánico a esos nueve días de descontrol total, a esas ocho fiestas temáticas, esos hoteles con chips de seguimiento, esos tragos que van a tomar en las habitaciones. Miedo por mis chiquitas, muy lejos de la distancia de rescate.
Me tiro en la cama y vuelvo a ser esa ballena varada que fui hace 17 años, esperando a que pasen las semanas, que mis mellis aguanten para nacer, que no suba la bilirrubina más de lo normal. Pido lo mismo que pedía entonces: que se queden un rato más.
Me seco las lágrimas y vuelvo a los disfraces que me esperan sobre el piano hace una semana. Termino los dobladillos, paso el elástico. Doblo los castísimos piyamas de Bananín y Bananón que eligieron para la tercera noche. Bordé B1 y B2 en los cuellos. La primera que baje a comer va a ser B1, la otra B2.
Más tarde preparo las bolsas con ropa que jamás van a volver a usar. La pupera de la Selección llena de brillos. Los ochos disfraces. Las botas nuevas que por una vez no les toca compartir. Escondo también una nota con un chocolate:
¡Buen viaje, bananines!





