Mientras Musk promete que la IA y los robots dominarán a la humanidad en diez años y llegaremos a una “época de abundancia”, a la par se encarga de ser el portavoz de los discursos más reaccionarios en una larga entrevista que dio a The Economist.
Días atrás, el medio The Economist realizó una entrevista al empresario Elon Musk. Un tipo de conversación que no es muy frecuente, pero que tampoco es muy reveladora sobre alguien con mucha presencia pública. La editora del medio, Zanny Minton Beddoes, tomó el difícil lugar de entrevistar (y de manera prolífica) a un personaje, a mi parecer, más escalofriante que emocionante.
El eje de la conversación fue la influencia que ejerce Musk sobre dos áreas diferentes, pero no desconectadas entre sí: el futuro de la IA y la política internacional.
El resultado: un oligarca tecnológico autoconvencido de sus cualidades proféticas, y sobre las cuales no hace más que mostrar contradicciones que lo llevan a ser más reaccionario que emancipador.
En diez años, dominados por la IA y los robots
“La IA va a ser mucho mejor que la inteligencia humana”, afirma Musk en lo que cree que va a ser un dominio total de la IA y los robos sobre los humanos. Más precisamente, Musk asegura que es “improbable” que los humanos estén al mando en diez años.
Y consciente de lo tenebroso que puede sonar ese escenario de ciencia ficción, repite el guión que divulgan otros oligarcas tecnológicos: la IA nos va a llevar a una “época de abundancia”, en la que “cualquiera va a poder tener cualquier cosa”. Por eso, no queda más que sentir optimismo y emoción.
Musk concibe a la economía como dividida entre inteligencia digital e inteligencia física. Cada día que pasa, la inteligencia digital se incrementa. La siguiente etapa será la transición de esa inteligencia digital a un medio físico, por ejemplo, un robot. Entonces, con ese salto, los robots con IA desarrollarán una economía “infinita”, porque los robots proveerán cualquier bien y servicio que se necesite.
Sin embargo, esta tendencia también revela un escenario posible: el aniquilamiento de los seres humanos por parte de estos robots. Para Musk, hablar de esta posibilidad lo pone un poco jocoso. Ante este riesgo, intentó bajar la velocidad del desarrollo de la IA en 2023 por el miedo a que exista entre un “10% y 20% de probabilidad” de que los robots asesinen a los humanos. Ahora, reconoce que existe un riesgo, que las probabilidades nunca son nulas, pero filosóficamente cree que es necesario mirar el lado positivo. No hay que detenerlo, porque va a haber una “increíble abundancia para todos”.
Para contrarrestar este riesgo, Musk plantea que su principal objetivo en relación al diseño de la IA será garantizar que tenga “buenos valores”, que le “importe la humanidad” y que quiera su felicidad y prosperidad. Además, busca lograr que la IA tenga como propósito la búsqueda de la verdad y la curiosidad. (Claro, porque diseñar un régimen de verdad para la IA no será un régimen de poder).
Ante todas estas predicciones, una primera pregunta es inevitable: ¿cómo va a seguir acumulando ganancias la persona más rica del mundo en esa economía?
“¿Para qué querrías dinero?”, es la respuesta que da el oligarca tecnológico, cuya justificación está en que ese libre acceso a la abundancia generada por la economía “infinita”.
“No creo que la gente que compra tus acciones crea que el dinero no importará en 2036”, se ríe la entrevistadora.
De verdad, resulta poco creíble pensar en el carácter emancipatorio que tendría una economía “infinita” generada por la IA. Y resulta menos creíble aún que todos los oligarcas tecnológicos estén innovando en lo cotidiano con el fin último de romper con las jerarquías que generan los acceso desiguales a la riqueza en el capitalismo. Que no exista una barrera en el acceso a bienes y servicios entre Musk y alguien que te cruces a la vuelta de la esquina.
Según Musk, la IA podrá hacer mejor el trabajo que cualquier trabajador, y la destrucción del mundo laboral será compensada con un “ingreso universal alto”. Por lo tanto, el trabajo pasará a ser “opcional”.
Dejando de lado nuevamente este falso escenario emancipatorio que predice, de lo que parece ser una revolución mundial del ocio, me pregunto también cuál será el impacto, sin recaer en una romantización, de la ausencia del trabajo como parte de lo humano, de su sentido en la existencia. No creo que la transición a ese vacío sea justamente algo armonioso.
Una segunda pregunta también emerge en estas predicciones: suponiendo que este sería el resultado inevitable del desarrolla de la IA, ¿cómo nos encargaremos de controlar la prudencia en el diseño de la IA y su deriva?
Bueno, no parece ser ni un trabajo para las sociedades ni para los gobiernos, sino que Musk propone que las empresas se controlen entre sí. Es decir, entre competidores deberían controlar sus desarrollos. Repito, entre empresas que compiten por negocios multimillonarios y exorbitantes valuaciones financieras.
En fin, no podemos más que coincidir con la sensación de la entrevistadora Zanny Minton Beddoes: pareciera que las tendencias actuales muestran más un camino hacia una revolución que a un paraíso.
Pero debemos disentir en un aspecto con la entrevistadora: la decisión de darle tanta entidad profética y no caer en un cuestionamiento severo sobre su incidencia irresponsable sobre nuestro futuro. Algunas claves para pensar esta crítica las aporta el investigador bielorruso Evgeny Morozov, quien escribió un artículo muy relevante sobre el rol que ocupan estos oligarcas tecnológicos.
Los oligarcas tecnológicos hoy son quienes representan el mayor peligro no solamente para nuestras democracias, sino para nuestra humanidad, porque, según Mozorov, tienen en su poder tres herramientas letales: gravedad plutocrática (riquezas que distorsionan la física básica de la realidad), autoridad oracular (sus visiones tecnológicas se conciben como profecías inevitables) y soberanía de plataformas (son propietarios de los espacios digitales donde se desarrolla gran parte de la conversación pública).
Entonces, estos oligarcas no escriben sobre el futuro, lo instalan. Trazan un camino hacia el futuro bajo un carácter de inevitabilidad, y promueven la aceleración de los cambios. Cualquier tipo de cautela o prudencia es condenada.
Morozov sienta un interrogante correcto: ¿por qué ajustar las predicciones para que coincidan con la realidad cuando se puede manipular la realidad para validarlas?
Que lo profético no tape lo reaccionario de Musk
Y la entrevista se va poniendo cada vez más siniestra al llegar al terreno de lo político.
En primer lugar, Musk evita responder ante la insistencia de Minton Beddoes sobre si está bien su incidencia directa en conflictos bélicos. A través de Starlink, Musk participa activamente en condicionar el resultado de la guerra entre Ucrania y Rusia. ¿Es correcto que un empresario reúna tal poder como para condicionar un conflicto bélico de manera directa?
En segundo lugar, aunque resulte poco novedoso, un aspecto problemático es su participación activa en apoyar candidatos de ultraderecha marginales en diversos países. Esta es una pregunta que ofusca a Musk, porque opina que no es correcto caracterizarlos como de ultraderecha: “Es falsa, engañosa y sin sentido”.
Elon Musk asegura que su apoyo está destinado a “gente normal”, cuyos principios son “tener fronteras seguras, ciudades seguras y gasto público razonable”.
Pero “la gente normal” es más bien gente que manifiesta abiertamente expresiones racistas y xenófobas, de las que Musk no se incomoda, sino todo lo contrario.
“La guerra civil en Reino Unido es inevitable”, aseveró el oligarca tecnológico, sustentado en datos falsos y en creencias estigmatizantes asociadas a la inmigración que recibe Europa. Y la estrategia en la entrevista está clara: no importa cuántos datos aporte Zanny Minton Beddoes para demostrar que está equivocado en sus afirmaciones, lo esencial es no apartarse de la narrativa propia.
“Si tienes un crecimiento rápido de una población cuyas creencias son antitéticas de las creencias occidentales, en algún punto habrá un ajuste de cuentas”, justifica Musk su islamofobia.
Y no es un mero adherente a teorías conspirativas y discursos estigmatizantes, sino que es uno de los más importantes amplificadores. Por ejemplo, durante 48 horas permitió gratuitamente el acceso a una película restringida en algunos países por glorificar la “justicia por mano propia” y el asesinato de familias musulmanas. “Yo creo que es una película y vale la pena verla”, explicó con una sonrisa.
Aquí está el punto más álgido de la entrevista, porque Minton Beddoes coloca una pregunta que es la misma que nos surgió a muchos que escuchamos críticamente esta entrevista: ¿por qué te importa tanto esto?
¿Por qué la persona más rica del mundo, que cree que está generando una innovación tecnológica tal que revolucionará la manera en que vivimos y nos garantizará un acceso a la abundancia por igual a todas las personas, es un portavoz de la xenofobia y el racismo más recalcitrante en la actualidad? ¿Por qué se encarga activamente de amplificar discursos peligrosos para la convivencia democrática en la red social que se encarga de gestionar él mismo? ¿Por qué, como dice la entrevistadora, es “un participante activo en el peor tipo de tribalismo de las cloacas de las redes sociales”? ¿Por qué el empresario que se encarga de asegurar un futuro de dominio de IA y robots está preocupado por el progresismo, por las religiones, por las diferencias ideológicas, por el pluralismo? ¿Cómo se concilia una supuesta perspectiva emancipatoria con un repertorio reaccionario?
La respuesta de Musk es escueta, pero no explicativa: “No creo que sea inconsistente”. Y el siguiente paso no nos resultará sorpresivo: gira el foco del problema hacia los periodistas y los medios de comunicación. “Te odian a vos mucho más de lo que me odian a mí”, responde Elon Musk.
En un tono que nos resulta conocido, los comentarios a la entrevista en redes sociales repetían una frase: “No odiamos lo suficiente a los medios”.
Sin quedar en claro cuáles son las motivaciones que lo llevan a un desprecio profundo sobre amplios sectores de la sociedad, Musk cierra con la arrogancia que lo caracteriza: “Puedo ver el futuro con una mayor probabilidad de acierto que la mayoría de la gente”.
Su predicción: la revolución de la IA y los robots será en diez años. La guerra civil en Reino Unido será en 20 años. Entonces, evidentemente, o la economía “infinita” no será la panacea que nos vende, o no va a ser capaz de eliminar otro tipo de conflictos que no tienen que ver necesariamente con la escasez.








