En el libro “Cómo empieza una guerra civil: y cómo evitar que ocurra”, la politóloga estadounidense Barbara F. Walter indaga sobre el estado de las democracias en la actualidad, y más que nada, si EEUU está en riesgo de caer en una guerra civil.
Son múltiples las razones que podríamos mencionar sobre el riesgo que significa Donald Trump al frente de la presidencia de los Estados Unidos. Particularmente, este año nos ha dotado de dos casos (Venezuela e Irán) que lo muestran no solamente como una amenaza doméstica, sino también extranjera. Sin embargo, hay quienes vienen alertando sobre la posibilidad de que Trump lleve a los EEUU a una situación de mayor caos social y político.
Una es la politóloga estadounidense Barbara F. Walter. Su libro Cómo empieza una guerra civil: y cómo evitar que ocurra tiene como trasfondo la preocupación sobre las democracias en la actualidad, y más precisamente, la situación de EEUU. Fue escrito en 2022 y publicado en español en 2025, por lo que muestra que su alcance sobre los acontecimientos actuales ha sido insuficiente. Pero no por ello es un libro que haya perdido su relevancia para reflexionar críticamente sobre la actualidad.
Una pregunta recorre gran parte del libro: ¿es posible que EEUU esté en riesgo de caer en una guerra civil?
¿Qué es una anocracia?
Walter se pregunta cuáles son las condiciones por las que un país deriva en una guerra civil. Muchos han sido los esfuerzos académicos por intentar construir una suerte de predicción sobre estos eventos críticos. Según Walter, uno de los factores que pueden determinar con mayor eficacia si un país experimentará una guerra civil es si se acerca o se aleja de la democracia.
Pero no necesariamente una autocracia total (entendida como el extremo opuesto a la democracia, según Walter) es el terreno fértil para las guerras civiles. Sino que el mayor riesgo reside en toda la zona intermedia entre una autocracia total y una democracia plena, algo que queda “a medio camino”. Estos regímenes llevan el nombre de anocracia.
En una anocracia los ciudadanos pueden acceder a elementos de una democracia, como el derecho al voto, pero al mismo tiempo cuentan con líderes autoritarios y pocos mecanismos de equilibrio de poderes.
Para poder realizar esta clasificación de acuerdo a estos regímenes (democracia, autocracia o anocracia), el Polity Project del Center for Systemic Peace se encarga de recopilar datos, investigar y analizar cuantitativamente a los distintos países. Para ello, se construyó el índice Polity, que establece una escala de 21 puntos que van del -10 (autocracia total) al +10 (democracia plena).
En el caso de las anocracias, los países son clasificados de este modo cuando sus puntuaciones están comprendidas entre -5 y +5. Y en este margen, el momento de máximo peligro para una guerra civil es entre -1 y +1.
Walter integró el Grupo de Trabajo sobre Inestabilidad Política, cuyo objetivo era elaborar un modelo para predecir episodios de inestabilidad política y conflictos armados. En este grupo llegaron a la conclusión de que el mejor predictor de inestabilidad no era la desigualdad económica ni la pobreza, sino este índice Polity y si el país era considerado una anocracia.
Por este motivo, es importante observar cuando los países democráticos degeneran en anocracias. Según Walter, eso ocurre mayormente cuando los líderes elegidos democráticamente empiezan a transgredir ciertos límites que protegen las democracias. Tal es el caso de EEUU, pero también nos llevaría a estar alerta respecto de nuestro propio país.
En definitiva, una preocupación central del estudio de Walter es el estado de la democracia en la actualidad y si se está deteriorando el “idilio de la democratización”.
Otras dimensiones que inciden en las causas de una guerra civil
Walter expone que un gran factor explicativo de las guerras civiles es el faccionalismo, entendido como una forma aguda de polarización política. La conflictividad se agudiza cuando los partidos políticos se organizan en base a identidades étnicas, religiosas o raciales. Tal fue el caso de la antigua Yugoslavia. Por lo tanto, si combinamos una anocracia con faccionalismo, las chances de generar una guerra civil son mayores.
El faccionalismo está signado por una retórica de singularidad del grupo comprendido, en el que se apela a lo emocional. Los líderes de estos grupos no son meramente políticos: son verdaderos emprendedores étnicos. Actualmente, en las democracias más consolidadas están emergiendo cada vez más partidos políticos y líderes basados en estos criterios de identidad.
Otro factor que influye sobre la inestabilidad política es la pérdida de estatus. Los grupos que recurren a la violencia son generalmente los que se perciben como marginados. Y muchas veces esa marginación tiene que ver con la percepción de una degradación en su estatus político, es decir, de pasar de tener poder a no tenerlo. Según Walter, se trataría tanto de una realidad psicológica como de un hecho político o demográfico.
Una dimensión que también actúa negativamente sobre los regímenes políticos es la desesperanza. El fracaso de las protestas fulmina la esperanza e incentiva la violencia, y sirve de antesala al extremismo.
Por último, para Walter la aparición de Internet, los smartphones y las redes sociales han acelerado el deterioro de las democracias. Si bien desde 2010 cada vez más países descienden en la escala democrática, de acuerdo con V-Dem, las redes sociales abiertas y descontroladas coadyuvan a las condiciones para una guerra civil.
Pero el problema en sí no son las redes sociales, sino su modelo de negocio, la información que provee un “me gusta” sobre nuestro comportamiento. Para Walter, esta información muestra que los usuarios prefieren el miedo a la tranquilidad, lo falso a lo verdadero y la indignación a la empatía. Y si bien el retroceso en la democracia no es nuevo, la diferencia es que no se da por golpes de Estado, sino por los propios votantes.
El futuro de EEUU: ¿habrá guerra civil?
La hipótesis de Walter es que desde el 6 de enero de 2021, con la toma del Capitolio, EEUU se convirtió en una anocracia. Además, se puede hallar un robustecimiento de los marcadores identitarios que se fueron politizando en el Partido Republicano: primero lo racial y después lo religioso.
En 2016, Trump alentó la división en facciones por motivos étnicos, apelando a una supuesta degradación de la antigua mayoría blanca. Además, aumentó la cantidad de estadounidenses que mostraron una mayor aceptación de la violencia como medio de conseguir objetivos políticos.
Y después del 2021, Walter considera que EEUU se convirtió en una anocracia dividida en facciones que se aproximan a la fase de insurgencia manifiesta, esto es, la violencia sostenida con ataques terroristas y con guerra de guerrillas.Esto se relaciona con la emergencia reciente de distintos grupos de derecha más radicalizados y con creciente nivel de organización en EEUU. El movimiento Boogaloo Bois, los Proud Boys, Three Percenters, Oath Keepers, entre otros.
Ante este incremento del faccionalismo, Walter imagina cómo podría ser una segunda guerra civil en EEUU y en las fases de limpieza étnica que correspondería a estos extremistas. Sobre todo, en un contexto en el que la fe en el gobierno estadounidense se derrumbó del 77% al 17% entre 1964 y 2019.
Recordemos el momento de publicación de este libro: el 2022, con la gestión del demócrata Joe Biden. En esa coyuntura, Walter pensó como formas de prevención a este panorama negativo la mejora en el sistema electoral de EEUU. También consideró la recuperación de la confianza en que los gobiernos se presenten al servicio de la población y no de grupos de presión, multimillonarios y la “población de votantes del mundo rural”. Este fortalecimiento democrático debía acompañarse de una mayor regulación de las redes sociales.
Cuatro años después, con el regreso de Donald Trump, podemos ver que no solamente no se avanzó en ninguna de estas medidas ideadas por Walter, sino que se profundizó la conflictividad política y social en EEUU.
Algunas preguntas sobre el libro
El trabajo de Barbara F. Walter es consistente y resulta de interés para pensar las posibles derivas que puede tener la evolución de las democracias que se creían consolidadas. Sin embargo, hay algunas preguntas que quedan abiertas en relación a la perspectiva que plantea la autora.
En primer lugar, probablemente el índice Polity puede resultar excesivamente simplificador. Por ejemplo, Walter afirma que EEUU en los años sesenta era un país calificado con +8, mientras las personas afroamericanas no contaban con derechos civiles. Es decir, a pesar de ser, en palabras de la autora, un “Estado de pseudoapartheid”, era una democracia “casi” plena.
En segundo lugar, el trabajo tiene una perspectiva muy centrada sobre los impactos sobre EEUU, pero no de éste sobre el resto de los países. Si bien la autora resulta muy crítica de la inestabilidad política que provocó EEUU sobre Irak, también la política internacional estadounidense está siendo (y ha sido) un gran factor de inestabilidad para países más condicionados. Al igual que en Irak, las últimas intervenciones (o invasiones) de EEUU no han generado transiciones hacia regímenes más democráticos, sino todo lo contrario.
Por último, no pareciera ser una variable a descartar completamente las condiciones económicas de las democracias más inestables o menos fortalecidas. En general, los ejemplos provistos de países que han atravesado una guerra civil no fueron precisamente en un contexto de desarrollo y crecimiento económico. Incluso, Walter afirma que la distribución de los ingresos más igualitarios puede generar más conflictos, ya que hay sectores que pueden sentir una pérdida de estatus y reaccionar negativamente.
Adicionalmente, la autora menciona el caso de Singapur como el caso de una anocracia que funciona. Es decir, Singapur es un país con una anocracia consolidada, pero con estabilidad política gracias a un gran desarrollo económico.
En definitiva, no podemos más que coincidir con Walter que para que exista una recuperación de las democracias, se debe convencer al electorado de que la democracia funciona y que los gobernantes pueden reconstituir sus controles y protecciones. Una reconstrucción que, creo, no puede cerrar con mayor desigualdad económica y desprotección estatal.








