El sociólogo y antropólogo Pablo Semán analiza la evolución del apoyo a la gestión de Javier Milei y el anclaje de las ideas de extrema derecha en los sectores populares.
La creciente separación entre la sociedad y el Estado, agravada por la inflación, la inseguridad y el descontento con la política tradicional, fue el caldo de cultivo que hizo posible la irrupción de Javier Milei en una Argentina harta de las promesas que terminaron una y otra vez en fracasos y decepción.
Así lo entiende el sociólogo, antropólogo e investigador Pablo Semán, especializado en el estudio de las culturas populares, los vínculos entre religiosidad y poder y las transformaciones de las sensibilidades políticas, en busca de entender no solo qué votan las personas, sino por qué determinadas opciones se vuelven atractivas o plausibles –entre ellas, Milei.
Pablo Semán estuvo en Santa Fe junto a la historiadora Camila Perochena, convocados por la agrupación Salvador Allende de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la UNL, para participar junto a estudiantes y militantes del panel-debate “Mirar el pasado para entender el presente: el uso del pasado para entender las nuevas derechas en América Latina”.
Antes de esa actividad, Semán dialogó con Pausa sobre la actualidad política, las perspectivas de cara a las elecciones 2027 y la penetración de las ideas neoliberales –y ahora las libertarias– en las clases populares argentinas.
—¿Qué cambios sociales y culturales explican la irrupción de Milei?
—Para responder esa pregunta, yo prefiero quedarme en un plano más macro sociológico que permite entenderlo mejor. Uno lo puede explicar por los partidos, por lo que pasó el año pasado, por lo que pasó en 2021 y en parte eso es verdad. Pero hay un dato anterior en el tiempo y más importante en el orden de los factores que es la separación entre la sociedad y el Estado: la separación creciente entre la sociedad política y la sociedad civil, incluyendo el Estado. Hay un fenómeno de larguísimo plazo que es la inflación, uno de los principales síntomas de desagregación de la sociedad del Estado, que es que la sociedad no le cree al Estado el valor de la moneda.
Venían algunas otras cosas antes, por ejemplo, la puesta en duda permanente de las distintas historias oficiales, no solamente la de los últimos años, sino la de los 90. Eso también habla de la separación entre la sociedad y el Estado. Y finalmente, uno podría decir “lo que pasó en la pandemia”, que también habla de la descreencia, la distancia y la autonomía de la sociedad y sus fragmentos frente al Estado.

Ese es el contexto. Y el agravamiento de esa distancia es lo que permite el triunfo de propuestas que dicen “al Estado no le pido nada, salvo que no me joda”, que es lo que dice el presidente. Milei es en gran parte un síntoma de esa situación que se fue agudizando históricamente.
Ahora, yendo a lo más propiamente político-electoral, ahí están las deudas de la democracia en general, sobre todo las deudas de los 90, sobre las cuales el kirchnerismo hizo cuidados paliativos. No soluciones definitivas ni sólidas, quizás porque no podía hacer otra cosa, y eso también hay que reconocerlo.
—Con esas deudas, ¿se refiere a cuestiones de economía, de distribución del ingreso o de bienestar en general?
—De economía, pero también de educación, de salud y de bienestar en general. A eso se suma el recrudecimiento del proceso inflacionario, la corrupción y la inseguridad. En el tema de inseguridad hay que observar algo que es muy importante: América Latina entera tiene parte de su economía manejada por estructuras informales vinculadas a la delincuencia. Ya no es un problema de una anomalía llamada delito, sino que es parte de la organización social.
Entonces, ese funcionamiento social con una pata importante por fuera de la legalidad, también agudiza la distancia del Estado, porque tenés modos de producción y personas ligadas a esos modos de producción que están al margen y en contra del Estado. Y eso a su vez produce un reblandecimiento, una crisis de la posibilidad ya no de cumplir con los derechos sociales o con los derechos políticos, sino con los meros derechos civiles.
Si uno se fija en la tasa de muertos cada 100 mil habitantes, en Argentina no aumenta tanto. Algunos pueden decir “bueno, no estamos tan mal”. Pero el problema es que la gente no puede salir a la calle, en algunos barrios, porque tiene miedo de que le roben el celular. Vos no podés caminar libremente, comerciar libremente: derecho civil puro. Todo eso influye en el descontento de los ciudadanos con el Estado y con los partidos que van quedando al mando del Estado en sucesivas elecciones.
Eso también explica el triunfo de Milei, que dice “yo vengo a romper con todo esto”: con el Estado, con la política que vive del Estado y con la economía regulada.
—¿A Milei se lo puede entender como un fenómeno popular?
—Masivo es. Y si por popular entendemos que tiene arraigo en los sectores populares, yo diría que sí lo tuvo y que lo tiene. Hay una parte de las nuevas generaciones que lo siguió más que las anteriores generaciones, no es que todos los jóvenes votaron a Milei, pero muchos lo votaron. Y yo diría que parte de ese componente de sectores populares que tuvo Milei se mantiene.
Había otra crítica de los propios sectores populares a los gobiernos anteriores que era el tema del orden en las calles. Para muchas personas de las clases trabajadoras, formales e informales, el orden en la calle de la condición de vida para llegar al trabajo, cobrar el presentismo, poder salir a vender. Ese arraigo popular, que nunca fue mayoritario, pero que fue importante en el mundo popular, no es tan importante ahora, pero es importante.
Además, hubo una transformación de la estructura social. Las clases medias vienen perdiendo niveles de vida y poder adquisitivo, yo diría, desde 2008 en adelante, después de una recuperación en los primeros años del kirchnerismo. Hubo un proceso de nivelación hacia abajo, de expulsión de las camadas superiores de las clases medias hacia abajo, que hace que hoy algunas personas se llamen a sí mismas de “clase media bajadora”, que también está en el centro del descontento con la política tradicional y con el apoyo a Milei y esa clase media que adquirió movilidad social descendente, en parte se superpone con los sectores populares. Hay una parte de las clases bajas superiores y de las clases medias inferiores que empiezan a tocarse, a superponerse en empleos, en necesidades, en consumos.
La masividad y el arraigo del fenómeno de Milei, por otro lado, y esto es importante, es que Milei perdió apoyo social. En parte lo recompuso, pero con matices. Pero no es exactamente el voto del PRO.
—Aquella base que tuvo Milei en 2023, ¿cómo sigue ahora?
—Yo hice una comparación muy específica entre jóvenes que tenían entre 18 y 22 años cuando ganó Milei y jóvenes que tienen entre 18 y 22 años ahora, tres años después. No los mismos jóvenes, sino el mismo tramo etario. Lo que se ve comparativamente en esos dos momentos, para el mismo tramo de edad, es que antes había mucha más esperanza. A esos pibes casi no era necesario proponerles hacer una entrevista, ellos solos empezaban a hablar de política. Ahora no.

Segundo, esos pibes tenían tracción hacia arriba en el voto. Es decir, convencían a la familia. Hoy ya no convencen a la familia, en todo caso simulan ante la familia que no votan a Milei, pero después van y lo votan. A mí me pasó varias veces en las entrevistas del año pasado que había gente que defendía su voto a Milei, pero críticamente, ya no como antes. Es otra relación con el voto a Milei y otra eficacia en lo que yo llamo la tracción hacia arriba.
Y la tercera cuestión, que para mí es muy importante, es que ciertas categorías del relacionamiento mileísta, que en aquella época eran indiscutibles, hoy son discutibles.
—¿Cuáles?
—Una es “está difícil emprender”. Antes el emprendimiento era la solución de todo y ahora te dicen “no, emprender está difícil”. Y paralelamente, esos mismos jóvenes que antes creían que reivindicar un ingreso fijo era un acto de parasitismo, de falta de valentía, de no saber jugársela, esos pibes ahora te empiezan a decir, conscientes de que están cambiando de posición, de que podría ser polémico en su contexto, que “no está mal tener un ingreso fijo”.
Eso cambió, más allá de que la aprobación en general es menor. Pero vociferar contra el gobierno no es necesariamente votar contra el gobierno.
—En los últimos meses la caída de la imagen de Milei es sostenida y a la vez aumenta su imagen negativa. ¿Qué piensa que puede pasar en las elecciones?
—Lo primero a tener en cuenta es que Milei tiene fluctuaciones en su imagen, no es lineal. A fin de cuentas, en el serrucho baja, pero tiene subidas y bajadas. Yo que vengo siguiendo esto desde hace tres años no me quedo con el dato del último mes ni con el acumulado de los últimos 12 meses. Hay veces que sube.
Segundo, está muy fragmentado. Si vos ves los datos desagregados, te das cuenta de que, si bien en el total general baja, en algunos lugares sube.
—¿En qué lugares?
—En Neuquén, en Rosario a veces, en Santa Fe. Lugares que tienen economías un poco más sólidas o estables, economías exportadoras con muchos dólares, donde a veces hay derrame de empleo. Informal, transitorio, poco duradero, de poca calidad, mal pago, pero hay empleo. No es lo mismo que en el Gran Buenos Aires o en algunos conurbanos. Rosario tiene las dos dinámicas: tiene la dinámica de la mejora para algunos, muy marcada, y el empeoramiento para otros, también muy marcado. Teniendo en cuenta esto, yo diría que baja su imagen, pero no es lineal.
Segundo, hay que tener en cuenta que el gobierno mejora sus números cerca de la elección, porque la gente le tiene miedo a la oposición. No digo que esto vaya a pasar: esto pasó, que no es lo mismo. Yo creo que el triunfo de Milei el año pasado en la provincia de Buenos Aires, después de haber perdido (en las elecciones provinciales), fue en parte por miedo al peronismo.
El deterioro económico va a persistir y los efectos de la recesión se van a ir acumulando negativamente para el gobierno. Pese a las fluctuaciones, yo creo que va a acumular negatividad.
—La del año que viene, ¿va a ser una elección entre dos miedos o entre dos esperanzas?
—Más que entre dos esperanzas, va a ser entre dos miedos: el antimileísmo y el miedo a la oposición. Si es que la oposición no logra conjurar ese miedo. Yo no sé si lo va a hacer o no. A mí me gustaría que lo haga, pero no sé si lo va a poder hacer.
La discusión de la elección va a estar alrededor de cómo interpretar la situación económica, que tiene muchos datos malos para la mayor parte de los habitantes. Porque si uno ve los datos socioeconómicos, para la mayoría todo está peor.
—¿Qué piensa que va a primar al momento de votar? ¿La economía o lo que el gobierno llama “batalla cultural”?
—Yo creo que, centralmente, la economía. En todo caso, la economía tiene una dimensión de batalla cultural o, como prefiero decir, de disputa hegemónica. El gobierno se monta sobre una creencia, que además apuntala, que es “arreglate vos solo”. Esa es la principal victoria hegemónica del gobierno. No es sobre la discusión de la memoria ni sobre los temas de agenda cultural.
Me parece que la principal victoria cultural del gobierno está articulada a la cuestión económica y por eso pienso que la discusión de la elección va a ser la interpretación de lo económico. Y parte de la interpretación de lo económico es “¿me la tengo que arreglar yo o hay redistribución, provisión, intervención del Estado?”.
Esa discusión se va a dar y que el gobierno está interesado en darla porque cree que gana con eso. Yo no sé si gana con eso, pero en todo caso creo que eso piensa el gobierno.
—A la vez, hay sectores de la oposición que reivindican determinadas cuestiones del trazo grueso de la economía de Milei, como el equilibrio fiscal.
—Sí. Yo creo que la oposición reacciona así por una concesión a su propio miedo de quedar mal con la opinión pública, porque tiene formuladores que dicen algo cercano, próximo, alrededor esa idea que es “¿cómo se configura el equilibrio fiscal?”, que no es lo mismo que aprobar esta política fiscal. Sí, el equilibrio fiscal es importante, además de largo plazo, por la sostenibilidad que implica la posibilidad de tomar de deuda.
Pero, ¿cómo se configura ese equilibrio fiscal, con qué medidas? ¿Con más impuestos, con menos gasto? ¿A quién cargas con impuestos y a quién no? Hablar solo de equilibrio fiscal sin pensar en cómo se configura, es un problema, es un error que comete la oposición y un triunfo que le da el gobierno.
El gobierno mete sus términos en la discusión y obliga a la oposición a discutir el equilibrio fiscal. Y la oposición tendría que salir de esa trampa.
—Los partidos tradicionales, que alguna vez fueron mayoritarios, ¿dejaron de interpretar a la los deseos y las necesidades de las mayorías populares?
—Sí, porque estaban articulados en una determinada configuración de un Estado que se fue separando de la sociedad y además porque la continuidad democrática hiper profesionalizó la política. La política siempre se compone de vivir de y vivir para la política. Pero la gente que vivía de y para la política, tenía objetivos políticos y daba peleas políticas en función de sus banderas, con miles de negociaciones, con miles de concesiones en las necesidades de reproducir el aparato partidario. Ahora, a mí me parece que la política contemporáneamente no es eso. Cambió. Muchas veces parece ser la pata secundaria de un negocio que está por fuera de la política y del Estado. Algunos diputados que están al servicio de una sanción de una determinada coma del RIGI. Y el dueño de eso está en otro lado. El político era el jefe y ahora es el político es el subordinado de un negocio.
Eso también les pasó o les pasa a los grandes partidos mayoritarios. Incluso, aunque no haya una perversión de la idea representativa, creo que los partidos se quedaron encerrados en sus burbujas culturales. Le pasa al peronismo. El radicalismo ya no tiene burbuja. Para mí, es más un canal partidario que permite la articulación de la –por ahora– mayoría oficialista. Pero el peronismo se quedó atrapado en su relato de sí mismo y discute permanentemente su relato de sí mismo y no puede salir de esa discusión.
Por otro lado, el sentido común neoliberal hoy está mucho más difundido. La radicalidad de Milei, además de que no es tan única, tiene que ver con un piso alto de neoliberalismo en la sociedad argentina.
—Y estas ideas de extrema derecha, libertarias, ¿tienen arraigo o tienen futuro en los sectores populares a largo plazo?
—No lo sé. Si Milei logra atravesar un largo período sin entrar en una crisis macro con devaluación, con hiperinflación, con desempleo y logra gestionar el desempleo como culpa de los desempleados, puede que logre tener sedimentación en los sectores populares. De todas maneras, esas ideas neoliberales de Milei, o esas ideas libertarias, incluso proseguirían en algún grado estando presentes, aunque Milei pierda.
Yo decía que vociferar contra el gobierno no es lo mismo que votar contra el gobierno. Todas esas personas que ahora empiezan a revalorizar categorías que el mileísmo no valorizaba, como el empleo fijo, el ingreso, la crítica del emprendimiento, etcétera, esas personas tienen seis o siete grados, o posibilidades crecientes, en las cuales tomar distancia del gobierno y decir “a mí no me gusta que todavía no se me recompuso el poder adquisitivo, no me gusta la corrupción, no me gustan las formas, no me gusta que no haya trabajo” y siempre hay un pero... No digo que eso sea mayoritario o que le permita retener el caudal total de 2023, pero sí retener una parte del caudal.









