En primavera no me salgo del ritual común, el de todos: pienso en florecer. Algo que se ramifica, que crece, que se abre, que se entrelaza y se multiplica. Hildegarda de Bingen, la mística alemana del siglo XII que escribió una lengua propia, un libro de medicina natural y recetarios con las galletitas de la alegría, tenía en su diccionario personal la palabra viriditas. Verdor, brote, floración.
Las personas no esperamos a la primavera para florecer. Hay personas que me han reverdecido, contadas con los dedos, entre ellas sin dudas mi hijo, mi abuelo Negro y algunas amigas. Dos amores, uno presente, otro ausente. Hay libros de infinito florecer en mí, que los pienso y de sólo pensarlos, me abren imágenes. Elijo algunos: Alicia en el país de las maravillas, La Ilíada, El Quijote. La saga de los confines. El Popol Vuh.
En música, las canciones que aparecen en esta columna. Escribir bajo el influjo benefactor de la música es un ejercicio que aprendí en un taller con Iosi Havilio. De ese influjo musical (no sé por qué no lo hago más seguido) nacieron mis últimos cuentos, muchos relacionados con los sueños. Los sueños que soñamos cuando dormimos son materia invisible bastante inestable pero esa inestabilidad nos deja en estado florido, tanto si son apacibles como si son pesadillas. Toda imagen que florece tiene la posibilidad de un desborde también.
En esta primavera en la que necesito pensar que todo puede ser posible, pienso en canciones. Pienso en ellas como si fueran mis amigas, las pongo sentadas en el pasto de un picnic primaveral. Sobre el mantel abierto relucen al sol platos de épocas doradas. Huevos rellenos y sangría dulce, por ejemplo. Hay cartas y diarios personales abiertos, y libros de poemas y guitarras que tocan canciones que son tocadas por adolescentes de pelos revueltos, melancólicos o energéticos que quieren parecerse a Kurt Cobain pero no lo saben. Visten pantalones rotos, usan gorros de lana aunque ya hace un poco de calor y se pintan una uña de negro. Llevan collares tejidos.
Estamos en un parque, afuera, lo más lejos posible de las instituciones y las estudiantinas, sin obligación de entretener ni de proteger ni de cuidar de nadie. Sólo salir afuera y holgarse, desbordarse, entrelazar, multiplicar, porque sí, porque la naturaleza recibe y baña, porque todo florece y es real. Los veo. No revientan los lapachos todavía, somos jóvenes y tenemos tiempo. Temblamos, frágiles, en la multitud.




