Termino de leer la última novela de Juanjo Conti. Todas sus novelas, pienso, son cortas, de estilo preciso y de estructuras móviles. Atrapan y permiten que nos identifiquemos con el personaje, que generalmente resuelve un problema humano. Narran con lenguaje preciso, y usando a favor, la fragmentación del discurso. Lector totalmente activo, sobre todo en la última, “La mujer que saltó” (7 Vidas Ediciones, 2026).
El narrador y su mujer están de viaje. Ella salta desde la baranda de una catedral en lo alto. Tiempo después de ese hecho vaciante, el narrador ve a su mujer en el vagón opuesto al ramal de tren en el que viaja y se lanza a encontrarla a partir de un cálculo matemático de probabilidades. ¿Lo salvará esa repetición? ¿Podrá conjurar esa fórmula matemática su propio vacío? ¿Saltará también para dar lugar la fuga? ¿Se quedará para resolver una vida sin ella?
La lectura y sus preguntas me llenan de una desazón que no se me retira fácil del cuerpo. Son las mismas preguntas humanas que nos perturban a diario. Justo estamos viendo en casa una serie, Materia oscura, que propone esas mismas preguntas a partir de los viajes y las vidas múltiples del yo, basada en una novela de Blake Crouch (EEUU, autor de tecno-trillers). Recordé la película “Moebius” (Argentina, Mosquera, 1996) y cuánto amé el rostro espacial de Guillermo Angellelli (el mismo de “Hombre mirando al sudeste” de Subiela, 10 años antes). La serie me inquieta porque no me divierte el infinito. Me saca del presente. Me agotan las vidas múltiples. Lo que no me agota es el rostro terrenal y sinuoso de Joel Edgerton, y toda la gama de gestos mínimos con los que construye cada yo alternativo.
Me calmo y respiro. Aparece de inmediato en mi memoria Matemática sentimental, una canción de Los besos. Gracias a ella (al disco entero, pero especialmente a esta canción) mi cuerpo-pensamiento también se calmaba durante el 2020. Me alivió todos esos meses de pandemia cruda y espesa. La escuchaba varias veces al día, repetidamente, sin parar. ¿Y cómo? ¿Y por qué esa repetición, invocada como liturgia? No tengo una respuesta importante ni pensada. Supongo que la repetición descansa. Es como leer en voz alta o como el yoga.
La vuelvo a escuchar ahora para recorrerla, como hace el personaje de la novela de Juanjo con la imagen de la mujer que saltó. Vagón por vagón, buscando. Tomo nota para entender lo que me tranquiliza: ¿el teclado que empieza in media res, envolvente y claro? ¿La voz de Paula Trama que sorprende mucho antes de los compases esperados? ¿La adjetivación blanda para una palabra que uno asocia a lo sin blandura aparente, como la matemática? Qué delicia pronunciar esa palabra, que siempre ligué únicamente a resultados, adjetivada por otra que va directo al corazón. Eso es, ahí está: el corazón es lo que me pacifica.
La voz no desarrolla una melodía completa sino que canturrea: Matemática sentimental, uuhhhh, es imposible de usar. La matemática es humana, es aliento y gesto humano. Elementos tan disímiles como lo blando entrando en lo duro (un cielo de Bagdad, un cassette de Bow Wow Wow). Las trompetas dando aire. El timbre cálido de la voz que pasea sobre el horizonte de la palabra matemática. Todo alude a suspiro humano sobre una estructura antigua. Cálculo que se abre a un error, a un escape, a una medición inútil. La novela de Juanjo Conti contiene estas ideas movientes y profundas entre las apariencias de cálculos y estructuras. Todo parece duro pero el salto (anunciado en las primeras líneas) el salto al vacío, no lo es. Tampoco la pregunta por una vida posible entre la falta. ¿Lograré vivir sin vos? Esta novela es, al fin y al cabo, una historia de amor.
Encontrada esta idea, me entiendo mejor y los restos de la desazón post lectura, se evaporan. Me pongo los auriculares, salgo al súper. Voy más lejos que de costumbre, camino más tiempo escuchando otra música que, además de la canción de Los Besos, me hable. Encuentro esta cosa hermosa, maravillosa, sublime de Los Lirios. Se llama “Salto al vacío”. Es la banda de sonido para la novela de Juanjo.




